Viajeros de Mundo Conocido


Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 6 de octubre de 2014

Relato nº 81 Una espera envenenada



Relato escrito por una seguidora de la saga El Heredero de los Seis Reinos.
 

Las mujeres de Vharane son libres como las arenas que gobiernan vuestras tierras… y libres son de buscar en otro jergón el calor y los hijos que no consiguen en el suyo.
            Las palabras de Gendyra martilleaban insistentemente la cabeza de Angerb desde hacía dos días, cuando la bruja había escupido sobre los huesos sagrados para a continuación espetarle, en pleno trance, dicha sentencia.

            Son sólo palabras, son sólo palabras… Pero no podía dejar de pensar en ellas. Sobre todo cuando uno de sus compañeros, Marten, le repitió las que a él le habían correspondido:
            Una buena mujer no buscará a su vecino, ya que avergonzaría a su hombre, sino que encontrará el amor que le falta en un extraño que no exija más compromisos que los que ella desee.

            Recuerda entonces el momento en el que Hiznia, su joven esposa, lo eligió en el rito de la pluma. 


En Vharane era común que las adolescentes gozaran de libertad total antes de elegir a su compañero definitivo, disfrutando con naturalidad de sus ansias y deseos con quien más les apeteciese en cada momento. En teoría, era el gran sol con su poder el que seleccionaba con el vuelo de una pluma a su compañero ideal, pero no había mujer que no fijase como día de su rito aquel en el que soplase el viento adecuado para que la pluma que lanzaba al aire cayera en la puerta adecuada.

            Ese día, la joven colocaba un ramo de yentibera con su nombre en el centro de la plaza de la aldea, siempre circular; y esa noche, todos los mozos interesados en su amor se colocaban en las puertas numeradas, por orden de edad y posición social.

            Rememoró como si lo estuviese viviendo la espera emocionada de la llegada de la pluma, pues sabía que la cálida brisa le era favorable. Y recordó con una sonrisa cómo la pluma salía de la mano de Hiznia, volaba ligera hacia el chico que ocupaba la puerta de su derecha, y cómo ella salía disparada con cara de picardía, recogía la pluma al vuelo y decía que se le había escapado, entre las carcajadas de sus amigas.

            Cuando en el segundo intento cayó a sus pies, fue incapaz de mover un solo músculo. Levantó la mirada y vio a Hiznia, erguida como una diosa, mirándolo anhelante con expresión de interrogación. Y sin pensarlo, se agachó lentamente, recogió la pluma y avanzó hacia ella, colocándola dulcemente en su pelo. Hiznia lo tomó de la mano y se alejaron juntos de la plaza arropados por los aplausos y risas de sus vecinos.

            Angerb no podía soñar nada mejor. Sus anhelos de juventud se habían limitado a ser el mejor soldado, el más atento a sus superiores, el más hábil con la espada y el arco, el más capacitado para luchar sobre un camello incluso en medio de la mas fuerte tormenta de arena. Y, sin embargo, Hiznia lo había elegido; sólo ella era capaz de distraerlo en su propósito de servir en el destacamento del puente que custodiaba el acceso al Palacio de la Laguna, hogar del Suliadán de Mundo Conocido. Una unidad a la que sólo los más selectos guerreros tenían acceso.  


            Lo habían destinado a la guardia del puente apenas unas semanas después de comprometerse con ella, cumpliendo así sus sueños.

            Hiznia, que cada noche lo reclamaba por muy cansado que llegase, sin hablar, pidiendo y exigiendo sólo con su mirada; ahora no lo tenía para atenderla desde hacía ya demasiado tiempo. En su casa, sólo había un frío jergón, y en la mente de Angerb resonaban las palabras de Gendyra, la vidente utsuriana trashumante que se había detenido hacía un tiempo a orillas de la gran laguna y se había ganado la confianza de los seis soldados con su dulce voz.

            La tristeza flotaba en el otrora alegre campamento del puente vharanés. Cada uno sumido en sus sombríos pensamientos, habían dejado de hablar. Ya no había risas ni entrenamientos durante las interminables e inactivas horas del día. Sólo anhelaban que la noche llegase para acercarse a la carreta de Gendyra y escuchar unos vaticinios que se habían hecho indispensables, aunque lo único que de ellos obtenían era infelicidad, desasosiego y tristeza.

            Todos echaban de menos a sus esposas, a sus hijos, a sus familias… Y en cada uno de ellos, la ponzoñosa voz de la bruja injertó el odio a unos imaginarios extranjeros que visitarían sus tierras y acabarían robando cuanto ellos amaban.

            Por eso, cuando una tarde se oyó el galopar de varios caballos y tres jóvenes se acercaron en su montura a la orilla de la laguna, los seis guardianes sólo pensaron en detenerlos, detenerlos a toda costa para que jamás pudiesen poner en peligro lo único que tenían… dándoles muerte incluso si resultaba inevitable.





lunes, 29 de septiembre de 2014

Relato nº 80 Canción fúnebre


Si me muero en la Tierra...
¡Echad mi cuerpo al mar!
Y no sufráis pena,
pues entre hermosas sirenas
mis restos descansarán.

Que mi único equipaje
sean los recuerdos que me llevo,
mis días de glorioso servicio
a mis gentes y a mi reino.

Que las aguas y el cielo,
se fundan en uno,
para acogerme en su seno
como quien fui,
¡Un valiente guerrero!

 











Que las mujeres cesen el duelo
para verme partir.
Los señores del viento me aguardan
y entre ellos, de mis cenizas,
mi cuerpo renacerá

Mirando a Sylvilia quiero estar
y a ello dedicaré la eternidad.
La amaré desde el otro mundo,
para sentirla en lo más profundo
y velarla con solemnidad.

Y ahora dormiré.
Ha llegado el momento.
Parto sin rencor en mi pecho
Aguardaré tranquilo al silencio
y esperaré paciente mi regreso.

¡Hasta siempre Sylvilia!
Me voy sin escuchar  lamentos.
Siempre serás el más grande.
El mejor, de entre todos los reinos.



Cántico melódico que se escucha en los funerales del reino del viento desde tiempos inmemoriales.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Relato nº 79 En busca de su destino



El vakhali de Rívul avanzaba tan veloz que sus pezuñas apenas rozaban la nieve. El guardia del témpano tenía prisa; deseaba alcanzar cuanto antes a sus hermanos de armas para luchar contra los utsurianos. Acompañar a Melandrón había llevado más tiempo del esperado, pero mereció la pena. Aquellos myrthyanos se habían ganado su respeto y, con el paso de los días, su admiración. Eran fuertes, a pesar de su apariencia indisciplinada, y honorables, pero sobre todo eran leales, una cualidad que apreciaba sobre todas las demás.
            Miró atrás, orgulloso de su fiel montura. Su velocidad y su ligereza eran tales que el vakhali no dejaba huellas tras sus pasos, por lo que era imposible que ningún enemigo lo siguiera. Hasta ahora jamás habían tenido que preocuparse por aquellas cuestiones, pero corrían tiempos difíciles. Brujas trashumantes vagaban por los campos kalandryanos, los utsurianos amenazaban en las fronteras y había cambios de reyes inesperados en los reinos vecinos… Todo era posible, así que prefería proteger su retaguardia.


            La noche se le echaba encima, pero estaba decidido a continuar su marcha en la oscuridad. Deseaba volar hasta alcanzar su formación. No tenía familia que lo aguardara, sus padres murieron siendo él un niño aquejados por unas extrañas fiebres y la fortuna no le otorgó el privilegio de contar con hermanos que lo acompañaran en su deambular por la vida.
Se incorporó a la Guardia del Témpano cuando apenas acababa de abandonar la infancia. Rívul tuvo una juventud más bien agria. Sin padres que lo controlaran y sin hermanos que lo frenaran, fue un joven soberbio, engreído y peleón. Se sentía superior a todos y sólo se sometía a las órdenes del capitán, siempre y cuando las considerara correctas. La disciplina no era su fuerte, hasta que un día se negó a obedecer una directriz de Hárendal, empeñado en que conocía mejor que nadie las sendas, y cayó por un precipicio. Durante unos breves instantes lo dio todo por perdido, pero el heredero kalandryano no lo dudó y se lanzó al vacío tras él. Sus compañeros lo imitaron logrando entre todos hacer una cadena humana que evitó que terminara sus días con los huesos y la cabeza rotos por las duras rocas del acantilado nevado. Entonces comprendió que se debía a aquellos hombres.
Su carácter no se endulzó por arte de magia ni la disciplina se le inculcó en apenas un instante. Tardó tiempo en aceptar todas las órdenes y en comprender que sólo tenía una vida, y que debía afrontarla con valentía y alegría, como sus hermanos.
Por eso se sentía como un traidor al estar tan lejos de ellos en un momento tan crucial. Le habían contado la espectacular marcha de la Ciudad de los Espejos y se odió por no haber participado en ella, pero debía obedecer órdenes. Además, gracias a él la comitiva myrthyana seguía sana y salva, como Bágrok deseaba.


            Pero ahora debía avanzar rápido para alcanzar su destino, que estaba en aquellas montañas, luchando por su reino y por sus hermanos de armas.
            Las últimas luces del día se despidieron con un abanico de magníficos colores que se reflejaban en el hielo para dejar paso a la más absoluta oscuridad. Ni siquiera eso lo detuvo. Avanzó esquivando ramas caídas y montículos de nieve. Sólo frenó el paso cuando el hielo se adueñó del camino. Su vakhali compartía su ansia por llegar con la Guardia del Témpano y se inquietaba cada vez que Rívul trataba de retenerle porque intuía algún peligro.

            Comieron mientras cabalgaban y bebieron el agua de la lluvia. No se detuvieron hasta que contemplaron a lo lejos la impresionante formación de la Guardia del Témpano. Los dorados y plateados de sus corazas refulgían como si de estrellas se tratase. Rívul sonrió satisfecho. Estaba donde deseaba estar, aunque el camino que seguía lo guiara hasta la muerte.