Viajeros de Mundo Conocido


Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 7 de octubre de 2013

Relato nº 34 El viejo pescador


Dos chicos cruzaron a la carrera el destartalado puente construido hacía cientos de años por nuestros antepasados sobre las aguas del Salartón. Uno de ellos pidió al amigo que acelerara o no llegarían a tiempo de ver al viejo Dúrdol realizar su célebre ritual de pesca. Pronto arribaron a la orilla del torrente y se unieron a otro numeroso grupo de niños que había allí sentados, observando entusiasmados una silueta que se hallaba en medio del cauce del río con el agua cubriéndole hasta la cintura.
            El viejo Dúrdol acudía cada mañana a pescar en aquel lugar, donde la corriente frena su agitada marcha y la profundidad no es tan considerable como en otros tramos. Cuando llegaba se anudaba su larga barba del color de las nubes de lluvia y se introducía en medio del río. Una vez allí cerraba los ojos y levantaba los brazos hacia el cielo como si esperara que del propio Dalurne le llegara la inspiración necesaria para conseguir una buena captura. Entonces abría los párpados y recitaba en alta voz algún tipo de estrofa en un lenguaje extraño, posiblemente inventado, mientras giraba sobre sí mismo, primero en una dirección y más tarde en la contraria. En el momento en que la insólita danza terminaba, desenfundaba su afilado cuchillo y miraba imperturbable las claras aguas del Salartón. No solía transcurrir mucho tiempo hasta que de un movimiento rápido, impropio y excepcional para alguien de su edad, hundía su brazo en el río y lo elevaba con un gran pescado clavado en él. Cuando ese momento llegaba, todos los niños apostados en la orilla comenzaban a gritar y a aplaudir frenéticos e ilusionados por los poderes asombrosos del anciano pescador. 


           

        Contemplé la escena desde lo alto del muro de contención junto al puente. Ver a aquellos muchachos vitorear las hazañas de Dúrdol me hizo recordar mi infancia. No habían pasado muchos años desde que yo también corría río abajo en busca de aquel extravagante pescador, que ya entonces era viejo. Junto con mis amigos saltábamos de júbilo con cada pez que su cuchillo atravesaba. Luego aguardábamos en la ribera el momento en que Dúrdol salía del agua y se sentaba con nosotros. Entonces nos contaba historias de monstruos que surcaban las aguas profundas del Mar de Myrthya y dragones que asolaban campos y poblados. Todos atendíamos embriagados aquellos cuentos y nos imaginábamos defendiendo nuestras casas, convertidos en poderosos guerreros. Casi siempre los relatos se prolongaban hasta la noche y era frecuente ver como los guardias del castillo recorrían la orilla del río buscándome.



            Es placentero poder regresar a ese pasado inocente y olvidarme por un instante que soy un príncipe de Myrthya del que todos demandan éxito en mi misión. Las miradas de los habitantes del reino del arco iris se clavan en mi rostro como dagas puntiagudas allá por donde camino. Mi padre me ordena que traiga la gloria a Myrthelaya y mis amigos me estimulan para que afronte aventuras que harían estremecerse al guerrero más audaz.
            Y yo… Yo solo quiero volver a ser aquel niño que corría inocente en busca de Dúrdol,  sin preocupaciones, sin inquietudes, sin imposiciones, capaz de sonreír porque un viejo pescador de larga barba levantaba los brazos al cielo y danzaba en el interior del rio antes de capturar un hermoso pez.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Relato nº 33 Cadena de tempestades



El resplandor iluminó el más gris de todos los amaneceres anunciando la catástrofe que estaba por llegar. Dos pescadores observaban los relámpagos en el horizonte marino mientras trabajaban junto al embarcadero deshaciendo los nudos de sus viejas redes y comentando que si la tempestad llegaba a tierra no podrían salir a faenar. Antes de que los gallos entonaran sus cánticos al alba comenzaron a caer los primeros rayos sobre las aguas que empezaban a removerse. Las olas fueron poblando un mar que había despertado en calma, empujadas por el viento que aproximaba la tormenta a gran velocidad hacia la costa. El sonido de los truenos desgarró los sueños de los habitantes de las aldeas próximas al litoral haciéndolos despertar inmersos en la más horrible de las pesadillas. Una madre corrió a abrazar a sus dos pequeños que lloraban asustados por el ruido de los rayos al tocar la húmeda arena de la playa.




            -Tranquilos, hijos míos. No es más que una tormenta que pasará rápido-, les decía la mujer mientras observaba asustada desde su ventana como las olas comenzaban a coger altura y sobrepasar los diques del embarcadero.
            Cuando el temporal tocó tierra ya era demasiado tarde. El mar avanzó sin hallar resistencia hasta arrasar la costa norte del reino de Myrthya. Las casas de madera con techos de paja y caña fueron engullidas por las aguas que se abrían paso como el más poderoso de los ejércitos, capitaneadas por un viento despiadado. La naturaleza había congregado a sus fuerzas rodeando el reino del arco iris y lanzaba un ataque planeado al detalle.
            Los habitantes de los pueblos que lindaban con el mar corrían desesperados a refugiarse en las tierras del interior. Los hombres tiraban de sus mujeres, que arrastraban a sus hijos entre las aguas que llegaban de todas direcciones. Los ancianos fueron abandonados a la espera de la muerte más agónica y los animales se ahogaban lentamente cuando las aguas inundaban los establos. Muchas aldeas desaparecieron bajo el empuje del oleaje convirtiendo en lagos salados lo que antes eran fértiles campos.




            Los más rápidos fueron dejando el mar a sus espaldas, pero cuando parecía que la carrera por salvar la vida alcanzaba la meta un nuevo y atronador rugido llegado del cielo fracturó las esperanzas de los moradores de los pueblos y ciudades más alejados de la costa. Dos nuevas tormentas llegaban desde el sur y el este. Con la velocidad con la que cazan las águilas, el reino de Myrthya quedó cubierto por un manto de oscuridad y desolación. Los rayos caían por cientos atacando los bosques y asesinando a los asustadizos aldeanos que allí se escondían. El viento destrozaba las almenas y muros de los castillos demostrando que no hay enemigo más cruel que la propia naturaleza. Los ríos se desbordaron arrasando las plantaciones y el granizo destrozó las cosechas que debían alimentar a los myrthyanos durante el ciclo solar siguiente. Nada escapó a aquel cataclismo de devastación.
            Durante tres días Myrthya fue asolada por una cadena de tormentas que giraban en todos los sentidos descargando su furia despiadada. Cuando el sol consiguió al fin abrirse paso entre nubes de angustia, alumbró la más siniestra de todas las calamidades. El reino había desaparecido bajo el barro. Las aguas del mar y de los ríos regresaban a sus emplazamientos naturales dejando asomar cientos de cadáveres. Hombres, mujeres, niños… Los cuerpos de dos pescadores aparecieron ahogados en una de las playas cercanas de lo que un día fue la aldea de Balyeza. Parecía que la tormenta los hubiera sorprendido arreglando los nudos de una vieja red antes de salir a faenar…



Episodio correspondiente a la cronología de Myrthya y que aconteció en el año 322 del Segundo Comienzo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Relato nº 32 El mendigo


Dos días a la semana la plaza central de Aunzalia se convertía en un gran mercado. Comerciantes venidos de todos los rincones del reino montaban unos destartalados puestos hechos de cuerda, madera y lonas donde exponían sus mercaderías. Frutas, verduras, telas, orfebrería, carnes y pescados se podían encontrar en aquella feria ambulante que originaba en la aldea un clamor y una algarabía capaces de hacer escuchar a un sordo. Los mercaderes gritaban a los cuatro vientos las ventajas de sus productos sobre los del resto de vendedores, mientras que las aguadoras ofertaban agua, zumos de frutas y otros brebajes transportados en grandes barreños apoyados en sus caderas.
Diulmo, que paseaba de la mano de su padre, observó divertido como un pescadero afónico lanzaba una trucha a la cabeza del frutero de un tenderete próximo porque su voz sonaba con más fuerza y no le permitía anunciar las cualidades de sus peces. Una manzana lanzada con extrema dureza y que fue a impactar al estómago del vendedor de pescado fue la respuesta por parte del mercader de frutas y verduras. A Diulmo le encantaba deambular por aquella plaza. Su padre, un terrateniente presuntuoso y adinerado, lo llevaba frecuentemente a pesar de que nunca compraban nada allí.
-Son vendedores pordioseros con mercancías podridas para pobres-, solía responder su progenitor cuando Diulmo le preguntaba por qué no adquirían ninguno de los productos allí vociferados.
Si había un puesto que encandilaba al muchacho era sin duda el del alfarero. Diulmo podía pasar toda la mañana viendo como sus manos arrugadas y castigadas por la edad y la dureza del oficio moldeaban vasijas y tinajas. La arcilla mojada resbalaba por el torno y unos recipientes del color del barro emergían de la nada convertidos en envases de formas y diseños diferentes. El joven había comentado a su padre en varias ocasiones que quería aprender a realizar aquellos objetos obteniendo siempre la misma respuesta:
- ¡Jamás!
Una de las figuras que siempre atraían estas concentraciones de mercaderes era la de los mendigos. Pestilentes y necesitados recorrían la plaza solicitando de los compradores y vendedores algo para echarse a la boca. Diulmo siempre sintió compasión por estos pobres, aunque nunca consiguió que su engreído padre les obsequiara con algo de comida o bebida que les permitiera alimentarse. El muchacho solía imaginar que detrás de aquellos menesterosos había unos hijos esperando hambrientos en una ponzoñosa chabola el regreso de aquellos menesterosos con algo de alimento.



Aquel día Diulmo tampoco consiguió nada que ofrecerles. Al contrario, su insistencia encolerizó a su progenitor que tirando fuerte de su brazo lo sacó de aquel mercado poniendo rumbo hacia su casa, situada a las afueras de Aunzalia.
-Mañana iremos a Myrthelaya y allí podremos comprar productos de calidad-, anunció el acomodado hacendado.
Cuando salieron del pueblo tomaron un sendero que los introducía en una pequeña arboleda. Aunque el sol estaba en la plenitud de su viajar diario, las sombras de las ramas aportaban a la vereda  una luz más propia del atardecer que del mediodía. Justo delante de ellos, a poca distancia y en su misma dirección, caminaba uno de los mendigos que instantes atrás habían repudiado. El hombre llevaba una vara larga de madera que utilizaba a modo de bastón y una capucha que cubría su cabeza. Al llegar a su altura, el padre de Diulmo lo apremió para que acelerara el paso y adelantaran cuanto antes a aquel despreciable y apestoso indigente. Luego prosiguieron su camino sin sospechar lo que estaba a punto de ocurrir.



 Poco antes de salir de aquel pequeño bosque, dos extraños surgieron de entre los árboles y armados con cuchillos obligaron al acaudalado cacique a entregarles la bolsa de las monedas. Ante la negativa del hombre, lo tiraron al suelo y comenzaron a propinarle patadas y puñetazos. El joven Diulmo intentó sin éxito ayudar a su maltrecho padre pero uno de los asaltantes lo empujó lanzándolo a una zanja junto al camino. Entonces, una vara de madera arqueada impactó con violencia en la cabeza de uno de los bandidos que cayó conmocionado sobre un lecho de hojas secas. Al levantarse, Diulmo pudo ver cómo  el mendigo se abalanzaba sobre el segundo forajido y de un golpe en el estómago lo derribaba haciéndolo también caer para luego levantarse y emprender la huida tan rápido como sus piernas le permitían. Entre Diulmo y el indigente, ayudaron a levantarse al dolorido terrateniente que quiso entregar a su salvador parte de las monedas que llevaba. El mendigo rechazó el ofrecimiento diciendo:
-Si me presentara ante un mercader con un buen puñado de monedas, éste pensaría que las he robado y avisaría a las autoridades para que me capturaran, en cambio, si usted me acompañara y me comprara algo de fruta y carne que poder llevar a mi casa, mi familia podría subsistir por una temporada.
Diulmo miraba con admiración a aquel hombre. La lección que acababa de dar a su soberbio padre no la olvidaría jamás. Una vez más, cogió la mano de su progenitor y juntos acompañaron a aquel mendigo de regreso a la plaza central de Auzanlia.