Viajeros de Mundo Conocido


Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 8 de abril de 2013

Relato nº 8 La impostora



Al anochecer, Nóyil finalizó un duro día de trabajo y se dispuso a volver a su confortable hogar, donde su mujer lo esperaba con un plato de comida caliente y los arrumacos que sólo una complaciente esposa es capaz de dispensar. Dejó su barcaza amarrada en el tronco de un enorme árbol a orillas del río Urafga y se despidió de los compañeros, que permanecerían allí toda la noche por si llegaba algún viajero rezagado queriendo cruzar a la otra orilla. El barquero se llevó consigo el largo palo hecho de madera de roble que utilizaba para impulsar su nave de un lado a otro del río. Era el mismo que habían usado su padre y su abuelo antes que él. Demasiado valor sentimental como para dejarlo a merced de quien quisiera romperlo para avivar una hoguera en la plenitud de la fría noche. 

Camino de su hogar, Nóyil repasaba lo que la jornada había dado de sí. Sin duda fue la compañía de aquellos tres jóvenes, dos hombres y una mujer, lo que más llamó su atención. Al barquero le parecieron gente muy extraña. Uno de los hombres aparentaba ser un hechicero, o al menos la túnica con la que vestía afianzaba esa posibilidad. Además estaba lo de las hierbas aromáticas de las que tanto le costó desprenderse. No dejaba de decir que tenían poderes mágicos de curación. La mujer parecía sacada de las leyendas de los grandes guerreros. Su silueta y su belleza contrastaban con la frialdad del acero de las dos espadas que portaba en su espalda, y el tercero de ellos, bueno, Nóyil quedó bastante impresionado por el carisma que desprendía. Sus palabras eran propias de quien regenta autoridad, pero al mismo tiempo había humildad en su trato, hecho que no solían dispensar los que ostentaban poder alguno.
Mientras cavilaba en tan dispares personajes, el fornido barquero llegó a su casa, una pequeña cabaña situada en lo alto de una colina cubierta de cientos de flores de diferentes colores desde la que se podía observar durante el día la confluencia de los ríos Urafga y Kivolea. Sin duda, un bello y hermoso paraje para habitar una joven pareja de myrthyanos sin compromisos. El destino había querido que Nóyil y su esposa Aelizza aún no tuvieran descendencia, así que vivían felices cuidando el uno del otro.
Al abrir la puerta y entrar en la casa encontró a su mujer sentada junto a un caldero hirviente. 
Ya estoy en casa saludó el batelero.
Aelizza lo miró pero no correspondió el saludo. 
           — No te vas a creer lo que te traigo continuó Nóyil. Unos extraños peregrinos me han dado unas pocas hierbas aromáticas como pago por cruzarles el río. Al parecer, tienen poderes de hechicería. Son imposibles de conseguir en toda Myrthya y…
¿Las tienes? lo interrumpió la mujer con un tono seco y cortante.
Sí, claro respondió titubeante y extrañado Nóyil. ¿Estás bien? ¿Ocurre algo?
¡Dámelas! volvió a pedir Aelizza de manera exigente y grosera.
El barquero tendió su mano y se dispuso a acercar una pequeña bolsita de cuero hacia su esposa. Cuando ésta levantó la mirada, Nóyil comprobó con horror que aquellos ojos situados en el rostro de su mujer no eran los de Aelizza. Tiró las hierbas y dio un paso atrás tropezando y cayendo sobre una pila de leña. Varios troncos rodaron cubriendo el suelo de la cabaña y un brazo de piel blanquecina asomó por debajo de las maderas apiladas. El barquero comenzó a quitar el resto de troncos con desesperación para comprobar que el cuerpo que había allí escondido era el de Aelizza.
¿Pero? ¿Entonces, quién eres…?
Nóyil no pudo decir más ya que sintió como una especie de humo envolvía su cabeza dejándolo sin fuerzas y obligándolo a caer de nuevo contra los troncos, junto al cuerpo de su esposa. Incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo, poco a poco fue perdiendo la conciencia. Antes de quedar completamente sumido en el mundo de la imaginación, pudo escuchar distorsionados retazos de una conversación:
¿Las tenía?
Sí, sin duda son las que portaba Melandrón. Prepararé el conjuro y sabremos en el punto exacto en el que se encuentran en estos momentos.
Bien, apresúrate. Debemos impedir que Asúrim llegue a Kalandrya.
Descuida, una vez conozcamos dónde descansarán mañana, no me resultará difícil hacer que beba el brebaje que voy a preparar. Al fin y al cabo puedo ser quien quieras que sea. Cuando la blanca luna gobierne los cielos dentro de dos noches, ya no habrá que preocuparse más del príncipe de Myrthya

lunes, 1 de abril de 2013

Relato nº 7 El secuestro


El sol, coqueto y presumido, había decidido mostrarse en todo su esplendor y relucía majestuoso como hacía semanas que no ocurría. La mañana invitaba a salir a divertirse a los jardines de la fortaleza de Kur-Lantadia, pero el pequeño Abeshú prefirió quedarse en sus aposentos jugando con su inseparable institutriz.
       ¡Juguemos al juego de esconderse! ¿Vale? suplicó el muchacho con unos ojos impregnados de inocente dulzura. 
        — De acuerdo contestó la hermosa joven que llevaba al cuidado de Abeshú desde que nació, seis años atrás.
La niñera se giró, apoyó la cara sobre una de las columnas de la estancia y empezó a contar en voz alta. El niño deambuló nervioso de un lado a otro de la habitación sin saber muy bien dónde esconderse. Finalmente optó por meterse bajo la cama y guardar el más absoluto silencio agarrado a un pequeño osito hecho con trapos y retales que encontró bajo el camastro. En ese momento oyó decir:
¡Ya está! ¡Voy a buscarte!... ¿Dónde estás? ¿Es posible que estés dentro del armario? Voy a mirar…
        Abeshú podía ver los pies descalzos de su cuidadora desde su escondite. El niño aguantaba la respiración para no hacer el más mínimo ruido. Temía que de un momento a otro la joven se arrodillaría junto a la cama y diría aquella frase que tantas veces había repetido: ¡Te encontré!
Pero, por el contrario, lo que escuchó fue un gran golpe y ruido de cristales cayendo. A continuación, voces de desconocidos dentro de la habitación y un apenas perceptible grito de su institutriz. Abeshú contempló como las rodillas de su niñera aparecieron de repente pegadas al suelo, junto a la cama. En ese momento se tranquilizó y pensó que todo era una broma porque lo había descubierto. Poco a poco las piernas se fueron doblando hasta dejar caer lentamente y sin hacer el menor ruido el resto del cuerpo de la joven. Los ojos de la muchacha parecían distintos, pero miraban fijamente al pequeño Abeshú. Del cuello de la institutriz salía gran cantidad de sangre. Hasta un niño de seis años comprendió que estaba muerta.


El pequeño quedó paralizado por el terror. No pudo gritar porque alguien tiró desde sus piés sacándolo con brusquedad de debajo de la cama. Lo engancharon por la cintura, le vendaron los ojos, le amordazaron la boca y lo enrollaron en una de las sábanas que cubrían su lecho. Abeshú sólo pudo llegar a ver a tres hombres muy fuertes antes de que todo quedara en la más absoluta oscuridad. Luego todo fueron gritos, saltos, golpes, caídas y carreras. Los extraños se lo iban pasando de uno a otro. Abeshú lloraba e intentaba gritar, pero nadie lo oía, estaba solo.
De repente las carreras cesaron y el niño pudo escuchar como varios hombres hablaban entre sí. Lo dejaron caer al suelo y le quitaron la venda de los ojos. Entonces Abeshú comprobó que había cinco hombres, kurlinos al igual que él, lo que lo confundió aún más. Estaban en una especie de patio en lo que parecía una vieja casa en ruinas. Uno de los extraños, el más fornido, subió a Abeshú a lo alto de un pozo y lo ató a la cuerda del cubo. Luego, impasible ante los sollozos y gimoteos del niño, lo fue deslizando lentamente hasta dejarlo suspendido a pocos dedos del agua. El pozo era muy profundo y la oscuridad en su interior era completa. El pequeño miraba hacia arriba y apenas podía distinguir la claridad de la luz entrando por la abertura del agujero. Intentó trepar por las paredes pero la piedra húmeda y lisa no permitía agarrarse a unas enjutas manos arañadas y doloridas.
El miedo dio paso al pánico y éste al más absoluto de los terrores. El niño estaba empapado, se había orinado encima y no dejaba de llamar a su papá. El recuerdo de la institutriz sobre el suelo, en aquel charco de sangre, atormentaba todavía más su espanto.
Cuando el pequeño notaba como las fuerzas empezaban a abandonarlo, en la superficie, escuchó gritos y sonidos de pelea. Agudizó lo que pudo sus temblorosos sentidos y, efectivamente, confirmó que allá arriba alguien estaba combatiendo. Entones escuchó una voz:
¡Corta la cuerda!
Acto seguido, el Abeshú cayó al agua de cabeza. Peleó para darse la vuelta en aquella estrecha y profunda poza. Intentaba mantenerse a flote moviendo sus pequeñas manos y sus congelados pies. No dejaba de mirar hacia arriba con la esperanza de que alguien escuchara sus imperceptibles gemidos, pero no había nadie… seguía solo.
Los sonidos de la pelea habían cesado, pero Abeshú empezaba a perder la conciencia. Echó un último vistazo hacia la claridad de la salvación e imaginó una silueta que desde arriba se asomaba a la oscuridad del pozo… Y una voz.
¡Abeshú! ¿Estás ahí? ¡No te preocupes, voy a bajar a buscarte!
El pequeño no estaba seguro de haber escuchado aquellas palabras. Aún así, esbozó una tenue sonrisa y se hundió sin conocimiento en las frías aguas de aquel pozo de desesperación…