Al anochecer, Nóyil finalizó un duro día de trabajo y
se dispuso a volver a su confortable hogar, donde su mujer lo esperaba con un
plato de comida caliente y los arrumacos que sólo una complaciente esposa es
capaz de dispensar. Dejó su barcaza amarrada en el tronco de un enorme árbol a
orillas del río Urafga y se despidió
de los compañeros, que permanecerían allí toda la noche por si llegaba algún viajero
rezagado queriendo cruzar a la otra orilla. El barquero se llevó consigo el largo
palo hecho de madera de roble que utilizaba para impulsar su nave de un lado a
otro del río. Era el mismo que
habían usado su padre y su abuelo antes que él. Demasiado valor sentimental
como para dejarlo a merced de quien quisiera romperlo para avivar una hoguera
en la plenitud de la fría noche.
Camino de su hogar, Nóyil repasaba lo que la jornada había dado de sí. Sin duda fue la compañía de aquellos tres jóvenes, dos hombres y una mujer, lo que más llamó su atención. Al barquero le parecieron gente muy extraña. Uno de los hombres aparentaba ser un hechicero, o al menos la túnica con la que vestía afianzaba esa posibilidad. Además estaba lo de las hierbas aromáticas de las que tanto le costó desprenderse. No dejaba de decir que tenían poderes mágicos de curación. La mujer parecía sacada de las leyendas de los grandes guerreros. Su silueta y su belleza contrastaban con la frialdad del acero de las dos espadas que portaba en su espalda, y el tercero de ellos, bueno, Nóyil quedó bastante impresionado por el carisma que desprendía. Sus palabras eran propias de quien regenta autoridad, pero al mismo tiempo había humildad en su trato, hecho que no solían dispensar los que ostentaban poder alguno.
Mientras
cavilaba en tan dispares personajes, el fornido barquero llegó a su casa, una
pequeña cabaña situada en lo alto de una colina cubierta de cientos de flores
de diferentes colores desde la que se podía observar durante el día la
confluencia de los ríos Urafga y Kivolea. Sin duda, un bello y hermoso
paraje para habitar una joven pareja de myrthyanos sin compromisos. El destino
había querido que Nóyil y su esposa Aelizza aún no tuvieran descendencia,
así que vivían felices cuidando el uno del otro.
Al abrir la
puerta y entrar en la casa encontró a su mujer sentada junto a un caldero
hirviente.
— Ya estoy en
casa —saludó el batelero.
Aelizza lo miró pero no correspondió el
saludo.
— No te vas a creer lo que te traigo —continuó Nóyil. — Unos extraños peregrinos me han dado unas pocas hierbas aromáticas como pago por cruzarles el río. Al parecer, tienen poderes de hechicería. Son imposibles de conseguir en toda Myrthya y…
— No te vas a creer lo que te traigo —continuó Nóyil. — Unos extraños peregrinos me han dado unas pocas hierbas aromáticas como pago por cruzarles el río. Al parecer, tienen poderes de hechicería. Son imposibles de conseguir en toda Myrthya y…
— ¿Las
tienes? —lo interrumpió la mujer con un tono seco y cortante.
— Sí, claro —respondió titubeante y extrañado Nóyil. — ¿Estás bien? ¿Ocurre algo?
— ¡Dámelas! —volvió a pedir Aelizza de manera
exigente y grosera.
El barquero
tendió su mano y se dispuso a acercar una pequeña bolsita de cuero hacia su
esposa. Cuando ésta levantó la mirada, Nóyil
comprobó con horror que aquellos ojos situados en el rostro de su mujer no
eran los de Aelizza. Tiró las hierbas
y dio un paso atrás tropezando y cayendo sobre una pila de leña. Varios troncos
rodaron cubriendo el suelo de la cabaña y un brazo de piel blanquecina asomó
por debajo de las maderas apiladas. El barquero comenzó a quitar el resto de
troncos con desesperación para comprobar que el cuerpo que había allí escondido
era el de Aelizza.
— ¿Pero?
¿Entonces, quién eres…?
Nóyil no pudo decir más ya que sintió
como una especie de humo envolvía su cabeza dejándolo sin fuerzas y obligándolo
a caer de nuevo contra los troncos, junto al cuerpo de su esposa. Incapaz de mover
un solo músculo de su cuerpo, poco a poco fue perdiendo la
conciencia. Antes de quedar completamente sumido en el mundo de la imaginación,
pudo escuchar distorsionados retazos de una conversación:
— ¿Las tenía?
— Sí, sin duda
son las que portaba Melandrón.
Prepararé el conjuro y sabremos en el punto exacto en el que se encuentran en
estos momentos.
— Bien,
apresúrate. Debemos impedir que Asúrim
llegue a Kalandrya.
— Descuida, una
vez conozcamos dónde descansarán mañana, no me resultará difícil hacer que beba
el brebaje que voy a preparar. Al fin y al cabo puedo ser quien quieras que
sea. Cuando la blanca luna gobierne los cielos dentro de dos noches, ya no
habrá que preocuparse más del príncipe de Myrthya…



