Viajeros de Mundo Conocido


Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Relato nº 43 Un reino sin viento


Alietne despertó sobresaltada por la terrorífica calma que lo envolvía todo. No se escuchaba nada en su habitación. Silencio era lo único que captaban sus oídos. Se levantó de un salto y corrió hacia la ventana, abriéndola de par en par. Al asomar la cabeza, una sensación de abandono absoluto la dominó. ¿Quizás había perdido la capacidad de oir lo que ocurría a su alrededor? ¿Una enfermedad súbita había taponado sus oídos dejándola sumida en la soledad del silencio?
    Mientras esos oscuros pensamientos se adueñaban de su cabeza, más ventanas se abrieron en las casas colindantes. No era la única que lo había percibido. Las caras de sus vecinos mostraban la misma perplejidad que su rostro desvelaba. Alietne se colocó unas sencillas zapatillas de piel de oveja y una capa y bajó las escaleras lo más rápido que sus debilitadas piernas le permitieron.
    Abrió la puerta esperando que todo hubiera sido una horrible pesadilla. En sus casi cinco décadas de vida nunca había sentido nada parecido. El viento siempre la había acompañado, convirtiéndose en la melodía que guiaba su caminar por los senderos de la existencia. Era el amo y señor de Sylvilia por encima de hombres, animales y otros fenómenos de la naturaleza.  En las mejores estaciones del año, soplaba suavemente, guiado por los espíritus que lo crean y que hacen que suene como una nana que alegra el alma. En el ciclo solar inferior se transformaba en un ruido atronador que les obligaba a utilizar tapones para no volverse locos.
    Jamás el viento había dejado de soplar en el reino. Al menos, no desde el Segundo Comienzo, desde que escribas y aedos recopilaban en sus libros y canciones cada segundo de lo acontecido en Sylvilia.
    Los vecinos iban formando corrillos en torno a Alietne. Nadie sabía qué ocurría. No eran capaces de entender cómo el aire había detenido su eterno deambular. En lo que sí coincidían era en que aquello no podía ser bueno.
    -¿Cómo funcionarán los molinos que nos permiten tener harina para hacer pan y otros alimentos?-, preguntaba una anciana.
    -¿Cómo secaremos nuestras ropas y viajaremos de un lugar a otro sin su fuerza?, dijo por respuesta un joven con el que solía coincidir en el mercado.
    -¿Cómo moveremos el agua para que llegue a nuestras casas?-, inquirió una chica de rubias trenzas.
    La desesperación comenzó a hacer mella en los lugareños. Eran gentes acostumbradas a vivir con el viento como aliado desde que nacían. Era el aire el que movía sus cunas y el que, mediante unos complicados utensilios creados generaciones atrás, se ocupaba de avivar el fuego y mantenerlos calientes cuando las llamas amenazaban con extinguirse. En su infancia, los pequeños tornados marcaban sus juegos, meciendo los asientos colgantes que sus padres les construían en los árboles y empujándoles por sinuosos toboganes. Y ya de adultos, era el viento el que movía sus medios de transporte y cada una de las maquinarias que habían ideado para hacer más sencillas sus vidas.
    Sin embargo, esa noche del año 532 del Segundo Comienzo, los señores del viento habían ordenado que dejara de soplar.
    Como si todos se hubieran puesto de acuerdo sin mediar ni una palabra, se dirigieron al castillo donde esperaban que el rey les diera alguna explicación. Si alguien sabía qué estaba ocurriendo debía ser, sin lugar a dudas, el monarca de Sylvilia.
    Conforme se acercaban a los muros de la fortificación se les unieron decenas de aldeanos de las casas más cercanas. A lo lejos, desde las montañas, se iban sumando los vecinos de los pueblos situados en las laderas. Lo que en un principio era un grupo de sylvilianos atemorizados se  fue convirtiéndose en una marabunta de personas deseosas de respuestas.
    Nadie se atrevía a tocar las aldabas del castillo. No estaban autorizados a atravesar sus muros. Los soldados que protegían al rey podrían atacarles si les confundían con enemigos. Pero no fue así. Cuando el más atrevido de los aldeanos se acercó a la puerta comprobó que no había nadie junto a ella y que, con un leve empujón, se abría de par en par.


     Animado por la marabunta que había a su espalda, el osado joven se vio obligado a atravesar el portalón, seguido por Alietne. Lo que había tras los muros les dejó boquiabiertos. Decenas de cadáveres poblaban el patio central del castillo. Era imposible distinguir a sirvientes de soldados y de señores. Todos estaban bañados en un mar de sangre y, sobre ellos, se alzaba la figura del monarca, empalado en una gran estaca. 
    Alietne se quedó mirando aterrada a su rey. Sin pensarlo un segundo, pidió la ayuda de sus compañeros y entre todos lo bajaron de aquella burlona sepultura. Le rodearon con la banderola con el escudo de Sylvilia, que arrancaron de la entrada, y le dotaron de la dignidad que los asaltantes le habían robado.
    En ese instante se escuchó el llanto de un niño bajo la montaña de cadáveres. Todos los aldeanos se pusieron a trabajar sin descanso hasta que encontraron, oculto bajo las faldas de la reina, al hijo menor del monarca, su heredero.
    Entonces, como si los espíritus hubieran logrado su objetivo, el viento volvió a soplar furioso, clamando venganza.


               
                Episodio perteneciente a la cronología del reino de Sylvilia acontecido en el año 532 del Segundo Comienzo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Relato nº 42 Caprichos del destino



La noche es calurosa. Una leve brisa sopla llegada desde lo alto de las Montañas Saladas aportando algo de frescor a un ambiente tórrido. Camino cabizbajo hacia el puesto de vigilancia situado en la atalaya al pie de las montañas. No dejo de repetirme una y otra vez que la mala suerte me persigue. Hoy no me tocaba hacer guardia. Disfrutaba de mi día libre cuando un emisario llegado desde el castillo me trajo un mensaje del capitán avisándome de que debía incorporarme de inmediato a cubrir a un compañero que había caído enfermo por fiebres.
            Mentira. Posiblemente esté ahora en brazos de una ramera gastándose el jornal que nos pagaron ayer, disfrutando y gozando mientras yo paso la noche a la intemperie con la única compañía de Dalurne alumbrando mi desesperación. Y tenía que ser justo hoy, el día que había decidido pedir matrimonio a la mujer con la que llevo años compartiendo mi vida. He ahorrado durante dos ciclos para poder pagar al orfebre una sortija con brillantes incrustados que no voy a poder regalar porque un compañero ha decidido irse de putas la noche más importante de mi vida. 


            En fin, habrá que esperar unos días para poder prepararlo todo tal y como lo había hecho. Una mesa apartada en la taberna a la luz de dos velas, un bardo entonando baladas e impregnando el ambiente de un romanticismo palpable y una suculenta cena preparada para la ocasión.
            Me detengo en mitad del camino. Una espesa niebla ha aparecido de la nada ocultando el sendero y los árboles que lo delimitan. No puedo divisar la atalaya a pesar de su altura. La temperatura ha subido como si el sol hubiera decidido salir a pasear por nuestro reino. Me cuesta respirar y mi cuerpo empieza a sentirse agotado. He oído algo  unos pasos a mi derecha. Es una especie de siseo. Podría ser el viento, pero también ha desaparecido como por arte de magia. Vuelvo a escucharlo con más nitidez. Es un susurro que suena ahora a mis espaldas. Mis piernas empiezan a temblar hasta hacerme caer de rodillas. Desenfundo mi espada e intento darme la vuelta, pero mi cuerpo no responde. Apenas puedo reunir fuerzas suficientes para mantener firme el acero en mi mano. Y entonces lo oigo de nuevo. Está situado detrás de mí. Puedo sentir su respiración sobre mi cabeza. El hedor es nauseabundo. El olor de la muerte se introduce por mi nariz y hace llorar mis ojos. Una mano fría como el hielo roza uno de mis hombros. De inmediato mi espalda se sacude como si mil latigazos hubieran impactado a la vez haciendo que todas las terminaciones nerviosas se estremecieran. La visión se me nubla por las lágrimas de sangre que empiezan a brotar de mis ojos y caigo al suelo apoyado sobre mis manos. Mi respiración se convierte en un jadeo, luchando por atrapar la última bocanada de aire.

         En este momento soy consciente de que voy a morir. Un último pensamiento para recordar que la mala suerte me persigue. Yo no debería estar aquí hoy. ¿Quién le dará ahora a mi prometida su sortija?... ¿Quién?

lunes, 2 de diciembre de 2013

Relato nº 41 La última ola



Traull seguía mirando cómo rompían las olas. El joven sylviliano, de 21 años, podía permanecer durante días sentado en la playa observando los movimientos del mar. Desde pequeño se sintió embaucado por el gran azul. Siempre soñó poder cabalgar sobre el oleaje, dominando su fuerza y dirigiendo su rumbo.
            Traull era querido por todos. Siempre dispuesto a echar una mano allí donde hiciera falta. Por muy nublada que amaneciera la mañana, en su rostro aparecía dibujada una sonrisa capaz de alegrar las tristezas más amargas. No sólo derrochaba entusiasmo y ganas de vivir, sino que contagiaba ese júbilo por disfrutar cada instante que nos regala la vida.
            Un caluroso día, cuando el alba aún no había decidido mostrarse al mundo, Traull permanecía sentado sobre la arena con la única compañía de su inseparable tabla. La cogía con mimo, con suavidad, como una madre mece a su recién nacido. Dos ciclos solares atrás, había tenido la que, sin lugar a dudas, sería la mejor idea de su vida. Después de años de contemplar las olas, llegó a la conclusión de que para cabalgar sobre ellas necesitaría algo que flotara y que le permitiera ponerse en pie. Así que, sin pensárselo dos veces, corrió hasta su casa y entró en una habitación que utilizaban para almacenar muebles y enseres inservibles. Allí, en una esquina, soportando el peso de una tejedora y varios capazos de herramientas oxidadas, había una mesa alargada de pequeñas dimensiones. Traull apartó todo lo que se apilaba sobre ella y le quitó las cuatro patas. Luego salió con la madera pasando por delante de sus padres, que lo miraron con extrañeza, y se dirigió a la playa. Con ayuda de una sierra y piedras afiladas que le servían para lijar, fue cortando y raspando el tablón hasta darle en sus extremos la curvatura deseada. Después de tantos años analizando los movimientos del mar sabía perfectamente qué forma debía tener aquella tabla para lograr su cometido. Una vez la hubo terminado, la echó al mar para comprobar con satisfacción que flotaba y soportaba el envite de las olas. Entonces, con la valentía que su juventud le aportaba, se recostó sobre el tablero y comenzó a nadar mar adentro desafiando las imponentes olas del Mar de Sylvilia. El reino del viento poseía las mareas más vivas de todo Mundo Conocido. Ondas marinas capaces de hacer temblar al más experto pescador, pero que no evitaron que Traull sonriera envalentonado sobre su tabla. Luego, sólo tuvo que dejarse llevar y esperar a que el oleaje hiciera el resto.
            Desde ese día no faltó nunca a su cita matinal. Sus familiares, amigos y vecinos se agolpaban a menudo en la playa para ver al joven desafiar al mar más enfurecido. Una y otra vez, Traull surcaba las olas más temibles a lomos de su tabla, erigiéndose señor de un mundo de diversión y deleite. Cuando caía, se levantaba y buscaba de nuevo el empuje del agua para poder volver a ponerse en pie. Nunca desistía. Siempre incansable, con valor, tesón, coraje. Orgulloso de lo que hacía y sabedor de que no hay nada más gratificante en la vida que hacer realidad los sueños.
            Pero el destino no siempre depara alegrías…
            Hace unos días, el joven Traull hizo frente a su última batalla. Sin miedo y con la valentía que siempre albergó su maltrecho corazón, se despidió de sus padres, de sus familiares y de sus amigos, para acometer una peligrosa aventura que no tuvo el final esperado. En nuestro recuerdo quedará por siempre su sonrisa, su amabilidad, su disposición…
            Dicen los pescadores que faenan las aguas de Mundo Conocido, que en el cielo ha aparecido una estrella que brilla más que Dalurne y que ilumina la superficie del mar cada noche, mostrando la silueta de una tabla que flota a la deriva esperando que Traull regrese para así, juntos de nuevo, cabalgar una vez más sobre las olas…





En memoria de Raúl Martínez-Illescas Ramos
¡Hasta siempre, joven guerrero!