Viajeros de Mundo Conocido


Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 11 de marzo de 2013

Relato nº 4 El terror de Jazzaet


Adhaer cogió las riendas del caballo y tiró de ellas con fuerza intentando sacar cuanto antes de allí al aterrorizado animal. Tras ellos, en el patio de armas, los gritos de dolor y rabia de su señor, Ódriel, competían en viveza con la furia de la tormenta que azotaba el reino desde hacía horas.
        Al llegar a las caballerizas, Adhaer desató la montura del lomo del caballo y quitó con delicado esmero riendas y arreos. El animal seguía inquieto, nervioso, temeroso como si hubiera entendido los alaridos de su dueño vociferando que lo sacrificaran. El joven sirviente trató de tranquilizar al corcel. Tras cuatro generaciones familiares sirviendo como mozos de cuadra, Adhaer conocía a la perfección los secretos y manejos de los caballos. Había nacido entre ellos y, a menudo, se sentía mejor disfrutando de la compañía de los animales que de las propias personas.
        — Tranquilo Jazzaet susurraba el joven acariciando el lomo del caballo.
        — ¿Qué es lo que te asustó, amigo mío? ¿Qué fue?


        
        El animal comenzaba a calmarse reconfortado por el sonido de las palabras del mozo. El terror seguía reflejado en sus entristecidas pupilas. Era uno de los corceles más fascinantes de las caballerizas reales. De un intenso color negro, su crin se tornaba plata cuando galopaba a la luz de la luna. Ninguna otra montura podía competir en velocidad con Jazzaet. Y ahora iba a ser sacrificado por los caprichos de un magullado e insolente príncipe que quizás pensaba que sus males sanarían antes si vertía sobre la tierra mojada la sangre de su caballo.
         — ¿Qué te pasó mi buen amigo? ¿Qué fue lo que hizo que enloquecieras  y lanzaras a tu jinete a las tinieblas de aquel precipicio.
        El muchacho no dejaba de acariciar suavemente al caballo mientras seguía diciendo:
         — Jamás mostraste temor por el sonido de los truenos, o por el destello de rayos y relámpagos. He visto como te enfrentabas a feroces osos capaces de destrozarte de un zarpazo sin relinchar siquiera, cumpliendo así los mandamientos de tu jinete. Siempre manteniendo ese porte y esa elegancia que desde que naciste te ha caracterizado.
    Tras unos segundos de silencio meditativo, Adhaer apretó con fuerza sus manos sobre el pecho de Jazzaet mientras una lágrima comenzaba a deslizarse por su mejilla. El muchacho cubrió el lomo del caballo con un pequeño y fino manto negro, el cual anudó por debajo del animal. Aseguró las herraduras y peinó por última vez el aterciopelado cerdamen. Luego cogió un pedazo de madera y con un diminuto trozo de carbón escribió algo sobre ella. Clavó una oxidada cadena a la tabla, y la enganchó con fuerza al manto que apenas cubría parte de la esbelta figura del caballo.
       Cuando el silencio se adueñó de todo el castillo, y aprovechando las sombras de la noche, tan sólo iluminadas cuando un rayo caía sobre alguna de las torres, Adhaer abandonó las caballerizas por la puerta trasera, la que da acceso al campo de entrenamiento. Siempre con la mirada puesta en los centinelas sobre la muralla, más somnolientos y preocupados de resguardecerse de la lluvia que alerta, las dos siluetas se encaminaron hacia la puerta situada cerca del bosque. Al llegar, Adhaer se colocó frente al corcel y se enganchó con fuerza a su cuello llorando como un adolescente despechado.
         — Vete ahora, Jazzaet. Cabalga como nunca lo has hecho sin mirar atrás y no te detengas hasta que las fuerzas te abandonen.
        El caballo se mantuvo en completo silencio como si comprendiera que su vida dependiera de ello. Agachó la cabeza tocando suavemente con el morro el rostro del desconsolado muchacho y comenzó a trotar colina abajo perdiéndose de inmediato en la oscuridad de la noche.
      Desde la puerta, y empapado por la lluvia que no cesaba, Adhaer contemplaba como desaparecía en la lejanía la figura del extraordinario animal. Un gran relámpago iluminó el galopar de Jazzaet. Sobre su lomo, un pequeño manto completamente mojado con una desgastada tabla enganchada a él que llevaba escrito:

“Mi nombre es Jazzaet. Cuídame y te llevaré erguido hasta los confines de Mundo Conocido.”