Adhaer cogió las riendas del caballo y
tiró de ellas con fuerza intentando sacar cuanto antes de allí al aterrorizado
animal. Tras ellos, en el patio de armas, los gritos de dolor y rabia de su
señor, Ódriel, competían en viveza
con la furia de la tormenta que azotaba el reino desde hacía horas.
Al llegar a
las caballerizas, Adhaer desató la
montura del lomo del caballo y quitó con delicado esmero riendas y arreos. El
animal seguía inquieto, nervioso, temeroso como si hubiera entendido los
alaridos de su dueño vociferando que lo sacrificaran. El joven sirviente trató
de tranquilizar al corcel. Tras cuatro generaciones familiares sirviendo como
mozos de cuadra, Adhaer conocía a la
perfección los secretos y manejos de los caballos. Había nacido entre ellos y,
a menudo, se sentía mejor disfrutando de la compañía de los animales que de las
propias personas.
— Tranquilo Jazzaet —susurraba el joven acariciando
el lomo del caballo.
— ¿Qué es lo
que te asustó, amigo mío? ¿Qué fue?
El animal comenzaba
a calmarse reconfortado por el sonido de las palabras del mozo. El terror
seguía reflejado en sus entristecidas pupilas. Era uno de los corceles más
fascinantes de las caballerizas reales. De un intenso color negro, su crin se
tornaba plata cuando galopaba a la luz de la luna. Ninguna otra montura podía
competir en velocidad con Jazzaet. Y
ahora iba a ser sacrificado por los caprichos de un magullado e insolente
príncipe que quizás pensaba que sus males sanarían antes si vertía sobre
la tierra mojada la sangre de su caballo.
— ¿Qué te pasó
mi buen amigo? ¿Qué fue lo que hizo que enloquecieras y lanzaras a tu jinete a las tinieblas de
aquel precipicio.
El muchacho no
dejaba de acariciar suavemente al caballo mientras seguía diciendo:
— Jamás
mostraste temor por el sonido de los truenos, o por el destello de rayos y
relámpagos. He visto como te enfrentabas a feroces osos capaces de destrozarte
de un zarpazo sin relinchar siquiera, cumpliendo así los mandamientos de tu jinete. Siempre manteniendo ese porte y esa elegancia que desde que naciste te ha
caracterizado.
Tras unos
segundos de silencio meditativo, Adhaer
apretó con fuerza sus manos sobre el pecho de Jazzaet mientras una lágrima comenzaba a deslizarse por su mejilla.
El muchacho cubrió el lomo del caballo con un pequeño y fino manto negro, el
cual anudó por debajo del animal. Aseguró las herraduras y peinó por última vez
el aterciopelado cerdamen. Luego cogió un pedazo de madera y con un diminuto
trozo de carbón escribió algo sobre ella. Clavó una oxidada cadena a la tabla,
y la enganchó con fuerza al manto que apenas cubría parte de la esbelta figura
del caballo.
Cuando el
silencio se adueñó de todo el castillo, y aprovechando las sombras de la noche,
tan sólo iluminadas cuando un rayo caía sobre alguna de las torres, Adhaer abandonó las caballerizas por la
puerta trasera, la que da acceso al campo de entrenamiento. Siempre con la
mirada puesta en los centinelas sobre la muralla, más somnolientos y preocupados de resguardecerse de la lluvia que alerta, las
dos siluetas se encaminaron hacia la puerta situada cerca del bosque. Al llegar, Adhaer se colocó frente al corcel y se enganchó con fuerza a
su cuello llorando como un adolescente despechado.
— Vete ahora, Jazzaet. Cabalga como nunca lo has hecho
sin mirar atrás y no te detengas hasta que las fuerzas te abandonen.
El caballo se
mantuvo en completo silencio como si comprendiera que su vida dependiera de
ello. Agachó la cabeza tocando suavemente con el morro el rostro del
desconsolado muchacho y comenzó a trotar colina abajo perdiéndose de inmediato
en la oscuridad de la noche.
Desde la
puerta, y empapado por la lluvia que no cesaba, Adhaer contemplaba como desaparecía en la lejanía la figura del
extraordinario animal. Un gran relámpago iluminó el galopar de Jazzaet.
Sobre su lomo, un pequeño manto completamente mojado con una desgastada tabla
enganchada a él que llevaba escrito:
“Mi nombre es Jazzaet. Cuídame y te llevaré erguido
hasta los confines de Mundo Conocido.”

