Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Relato nº 79 En busca de su destino



El vakhali de Rívul avanzaba tan veloz que sus pezuñas apenas rozaban la nieve. El guardia del témpano tenía prisa; deseaba alcanzar cuanto antes a sus hermanos de armas para luchar contra los utsurianos. Acompañar a Melandrón había llevado más tiempo del esperado, pero mereció la pena. Aquellos myrthyanos se habían ganado su respeto y, con el paso de los días, su admiración. Eran fuertes, a pesar de su apariencia indisciplinada, y honorables, pero sobre todo eran leales, una cualidad que apreciaba sobre todas las demás.
            Miró atrás, orgulloso de su fiel montura. Su velocidad y su ligereza eran tales que el vakhali no dejaba huellas tras sus pasos, por lo que era imposible que ningún enemigo lo siguiera. Hasta ahora jamás habían tenido que preocuparse por aquellas cuestiones, pero corrían tiempos difíciles. Brujas trashumantes vagaban por los campos kalandryanos, los utsurianos amenazaban en las fronteras y había cambios de reyes inesperados en los reinos vecinos… Todo era posible, así que prefería proteger su retaguardia.


            La noche se le echaba encima, pero estaba decidido a continuar su marcha en la oscuridad. Deseaba volar hasta alcanzar su formación. No tenía familia que lo aguardara, sus padres murieron siendo él un niño aquejados por unas extrañas fiebres y la fortuna no le otorgó el privilegio de contar con hermanos que lo acompañaran en su deambular por la vida.
Se incorporó a la Guardia del Témpano cuando apenas acababa de abandonar la infancia. Rívul tuvo una juventud más bien agria. Sin padres que lo controlaran y sin hermanos que lo frenaran, fue un joven soberbio, engreído y peleón. Se sentía superior a todos y sólo se sometía a las órdenes del capitán, siempre y cuando las considerara correctas. La disciplina no era su fuerte, hasta que un día se negó a obedecer una directriz de Hárendal, empeñado en que conocía mejor que nadie las sendas, y cayó por un precipicio. Durante unos breves instantes lo dio todo por perdido, pero el heredero kalandryano no lo dudó y se lanzó al vacío tras él. Sus compañeros lo imitaron logrando entre todos hacer una cadena humana que evitó que terminara sus días con los huesos y la cabeza rotos por las duras rocas del acantilado nevado. Entonces comprendió que se debía a aquellos hombres.
Su carácter no se endulzó por arte de magia ni la disciplina se le inculcó en apenas un instante. Tardó tiempo en aceptar todas las órdenes y en comprender que sólo tenía una vida, y que debía afrontarla con valentía y alegría, como sus hermanos.
Por eso se sentía como un traidor al estar tan lejos de ellos en un momento tan crucial. Le habían contado la espectacular marcha de la Ciudad de los Espejos y se odió por no haber participado en ella, pero debía obedecer órdenes. Además, gracias a él la comitiva myrthyana seguía sana y salva, como Bágrok deseaba.


            Pero ahora debía avanzar rápido para alcanzar su destino, que estaba en aquellas montañas, luchando por su reino y por sus hermanos de armas.
            Las últimas luces del día se despidieron con un abanico de magníficos colores que se reflejaban en el hielo para dejar paso a la más absoluta oscuridad. Ni siquiera eso lo detuvo. Avanzó esquivando ramas caídas y montículos de nieve. Sólo frenó el paso cuando el hielo se adueñó del camino. Su vakhali compartía su ansia por llegar con la Guardia del Témpano y se inquietaba cada vez que Rívul trataba de retenerle porque intuía algún peligro.

            Comieron mientras cabalgaban y bebieron el agua de la lluvia. No se detuvieron hasta que contemplaron a lo lejos la impresionante formación de la Guardia del Témpano. Los dorados y plateados de sus corazas refulgían como si de estrellas se tratase. Rívul sonrió satisfecho. Estaba donde deseaba estar, aunque el camino que seguía lo guiara hasta la muerte.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Relato nº 78 Mi decisión



El mar golpea las rocas una y otra vez, con la insistencia que mana de la desesperación de los que han perdido todo lo que aman, como yo. Nada me queda, por nada merece la pena continuar mi camino y, sin embargo, aquí me hallo, enfrentándome al océano, que se empeña en destruir el último bastión de piedra natural que me protege.

            He llegado a las fronteras marinas de Sylvilia arrastrándome por caminos de tierra y barro, escalando empinadas montañas nevadas, nadando por embravecidos ríos y turbulentos arroyos. He cruzado bosques encantados, agujeros sin final y enfrentado a temibles nigromantes sin que mi pulso se alterara. El miedo no forma parte de mi vocabulario, pero, ahora que todo acaba, una terrible desazón me acongoja. 



            La certeza de que he errado en muchas de mis decisiones es una daga que atraviesa mi vientre destrozando mis entrañas. Por primera vez dudo de las certezas que me han acompañado durante toda mi existencia. Muchos pensarán que he huido, cuando la realidad es que me enfrento a la peor encrucijada que he encarado.

            Soy la mejor guerrera utsuriana, sin falsas modestias. No tengo porque ocultarlo, ni negarlo. Desde la cuna me prepararon para el sufrimiento y el dolor. Mientras otros bebés aprendían a caminar entre besos y abrazos, a mí me golpeaban con una vara en brazos y piernas para que enfrentara mis temores y me levantara. Si lloraba, me dejaban sola en la lobera durante noches enteras. Si pedía comida, no me alimentaban durante una semana. Jamás tuve una muñeca, salvo que los maniquíes a los que atravesaba con mi espada se consideraran como tal. Nadie me hizo la menor carantoña, así que aprendí a rehuirlas cuando crecí. Tampoco tuve amigos. Los guerreros somos solitarios, es la mejor forma de enfrentar la muerte.

            Crecí con un solo código; mi vida no vale más que lo que estoy dispuesta a luchar por Utsuria. Mi reino negro era todo lo que tenía. Defenderlo de los enemigos que querían destruirlo era mi destino y todos deseaban acabar con él en Mundo Conocido, así que tenía cuantos adversarios deseaba. Al menos eso es lo que me enseñaron.

            Pero todo cambió cuando me enviaron al Palacio de la Laguna. Mi rey quería que lo desvelara todo, que acabara con el Suliadán, y partí dispuesta a hacerlo. ¡Qué tremendo error!

            Gulham me desarmó sin armas. Me recibió con los brazos abiertos, deseoso de conocerme. En aquel Palacio no había cerraduras, todas las habitaciones estaban abiertas para quien deseara entrar. Las trampas eran impensables, al igual que los gritos o cualquier tipo de tortura. El Suliadán tenía el don de la palabra y del conocimiento y estaba deseoso de transmitirlo a todo el que deseara escucharlo. Me habló de los cinco reinos que no conocía, de sus bellezas naturales, de la bondad de algunas de sus gentes, de la magia que protege los bosques y los ríos, de los señores del viento, de la magnífica nieve kalandryana, de las llanuras desiertas de Vharane, de las sirenas de las mil islas...

            Pronto comprendí que aquello no era más que una treta para alejarme de mi plan, ganarse mi confianza y evitar que lo destruyera. Así que decidí matarlo cuanto antes. Una noche me levanté cuando todos dormían y entré en su dormitorio. Nadie me lo impidió. No había guardias apostados en su puerta ni vigilantes de ningún tipo. Gulham me esperaba de pie frente a su lecho con el pecho descubierto. Me dijo que estaba preparado para morir, que su vida había sido rica y fructífera y nada tenía que temer, al contrario, deseaba abandonar Mundo Conocido porque odiaba lo que Utsuria estaba haciendo con él.

            Al sumergirme en sus sinceros ojos comprendí que tenía razón y huí. No tengo miedo a lo que mi rey pueda hacerme. Sé que ha dado orden de que me maten por temor a lo que pueda contar. He escapado durante días y días y he llegado a mi destino, del que sólo me separa este bastión de piedra que el mar trata de destruir.

            Tengo dos opciones; saltar o combatir por Gulham traicionando al reino que me vio nacer… Y ya he tomado mi decisión.


               
                 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Relato nº 77 Un pájaro de mal agüero



Mela tropezó, como tenía por costumbre, con la piedra que cada día se prometía retirar de la entrada de su hogar; ya la quitaría más adelante. Ahora no tenía tiempo. Debía llegar al castillo si no quería que el shayim lo obligara a repetir una y otra vez los hechizos más elementales y aburridos, y así no lograría un nuevo grado nunca.

                Caminaba deprisa, sin mirar el suelo, con la vista fija al frente. Entonces lo vio; un pájaro naranja, más grande que un gato, que lo miraba a los ojos. Mela frenó tan bruscamente que casi tira el comedero lleno de granos de trigo para aves que había a su espalda, frente al bello animal.

El aprendiz de mago lo miró perplejo. Aquel pájaro tenía algo que decirle, lo sabía, lo intuía, lo sentía. Si no, ¿por qué iba a observarlo tan fijamente? Mela levantó la cabeza, pero no lograba llegar a la altura del ave. Buscó una silla o una escalera, lo que fuera. Se tuvo que conformar con una piedra, que arrastró varios metros hasta situarla frente a él. Se subió y clavó sus ojos en los del exótico animal.

El pájaro no se inmutó, siguió mirando al frente, lo que corroboró las sospechas del aprendiz. Algo tenía que comunicarle, pero se hacía el remolón. Pues no iba a marcharse de allí hasta que consiguiera saber qué buscaba.

Los aldeanos se veían obligados a esquivarlo una y otra vez porque Mela se había situado en el centro del camino para observar a aquel animal. Sus críticas y reproches rebotaban sobre el aprendiz, que estaba centrado en descubrir quién había enviado el pájaro y con qué objetivo.

Para sorpresa de los transeúntes, Melandrón le preguntaba una y otra vez qué quería de él. Poco a poco, los aldeanos se iban arremolinando a su alrededor. El espectáculo era absurdo e irracional, pero lo suficientemente divertido como para que los agricultores olvidaran sus prisas por cambiar sus productos con los comerciantes, que también habían frenado sus cambios para observar aquel sinsentido.




El pájaro se fue poniendo nervioso y comenzó a graznar, cada vez con más potencia. Melandrón cambió el tono de sus preguntas y el animal cambió sus gritos por otros aún más guturales. El aprendiz de mago estaba cada vez más nervioso y transmitía su inquietud a aquel animal, hasta que ya no pudo más y estiró sus alas amenazante. Entonces Mela dio un paso atrás con brusquedad y comenzó a correr moviendo con grandes aspavientos sus brazos abiertos de par en par.

En apenas dos zancadas llegó hasta el castillo y, gritando como si la vida le fuera en ello, se plantó ante el shayim, que no mostraba su mejor cara.

—Van a atacar a Tarákil. Alguien de su propia sangre le va a arrebatar la corona. Me lo ha dicho un pájaro naranja. Será pronto y nadie podrá evitarlo…

El shayim lo miró sin poder borrar el enfado de su cara y le dijo:

—Ni siquiera con semejante tontería te vas a librar del castigo por llegar tarde. Déjate de pájaros naranjas y ponte a elaborar pócimas para curar las toses…

Por más que Melandrón juró una y otra vez que lo que decía era cierto, no frenó las risas de sus compañeros. Tampoco pareció convencer al shayim, que abandonó la sala cabizbajo y pensativo…