Este blog pretende poner al seguidor del Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog de Historias de los Seis Reinos es el complemento ideal para ir abriendo boca hasta que se publique la primera de las novelas y será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 14 de abril de 2014

El viaje de la muñeca



Es sabido que los habitantes  del reino de Sylvilia veneran a cinco deidades, los Señores del Viento, y que piensan que todo cuanto sucede en Mundo Conocido es obra de ellos.
            Cuenta la leyenda que una de estas divinidades acostumbraba a tomar la forma de los hombres y a entremezclarse con ellos para conocer más de los mortales pobladores del reino de Sylvilia. Así fue como Duradis, señora del viento del sur, conoció un día a la pequeña Hilerne en una aldea situada bajo las Montañas Sonoras. La niña se encontraba sentada junto a un riachuelo y lloraba de forma desconsolada porque había perdido su muñeca de trapo. Conmovida por el llanto de la pequeña, Duradis se presentó ante ella como una gran hechicera capaz de entender el lenguaje de las muñecas.


          Para consolarla, le dijo que su muñeca se había ido de viaje y que antes de partir le había pedido que le diera un mensaje a Hilerne: que siempre la llevaría en su corazón y que para que su tristeza se calmara le enviaba a su hermana, también hecha de trapo, que le haría compañía. Diciendo ésto, Duradis sacó de la nada una nueva muñeca y se la entregó. La niña quedó fascinada con la historia y, de las lágrimas, pasó a un gran contento.
            La señora del viento, emocionada ante la alegría de la pequeña, se prometió a sí misma que a Hilerne jamás le faltaría una muñeca con la que jugar mientras disfrutara de su infancia. Y así, durante los siguientes cinco años, cada vez que la muñeca de Hilerne se marchaba de viaje, otra nueva aparecía bajo su almohada…
  

Fábula de Duradis e Hilerne, contada por bardos y aedos por todos los rincones de los seis reinos.

lunes, 7 de abril de 2014

Los moradores de los bosques



No estábamos seguros de si vendrían, pero aquí están. Han aparecido entre la espesura del bosque y han rodeado el cuerpo inerte de su compañero, de su amigo, de su hermano.
Todo es silencio. El murmullo de las hojas de los árboles moviéndose con la suave brisa es lo único que mis oídos pueden percibir. Nunca se los ha visto en grupo fuera de la protección del bosque… Su bosque.
Ninguno de los presentes decimos nada, tampoco creo que sea una buena idea. Las leyendas sobre estos seres se contaban por miles y algunas de ellas no eran muy agradables.
No dejaban de ser leyendas.
Solo me había cruzado en mi vida con uno de ellos. Había preferido siempre mantener la distancia. Cualquiera que haya vivido en nuestra aldea los había visto y podía contar alguna historia en la que se han visto implicados.
            La mía ocurrió hacía veinte años.
                                                                      

            Corríamos jugando a caballeros y princesas junto al linde del bosque. Julsgar chocaba su espada de madera contra la mía mientras Dhilene nos preguntaba a gritos quién sería el apuesto príncipe que la rescataría de los malvados ulldos. Sin tiempo a darnos cuenta, habíamos cruzado la frontera que nunca se debe atravesar y nos adentramos en uno de sus bosques.
—No deberíamos estar aquí —dijo Dhilene con voz temblorosa cuando se dio cuenta de que la luz del sol apenas podía abrirse camino entre la frondosa arboleda.
Pero era demasiado tarde. Me aleje de mis amigos imaginando que montaba un fantástico corcel y no me paré a pensar que había penetrado en el lugar prohibido donde tantas veces me habían repetido mis padres que no debía acercarme.
            —Escúchame, hijo mío —me decía mi madre. —Tu padre y yo te hemos prevenido en varias ocasiones sobre el cuidado que debemos tener los habitantes de nuestro pueblo con los moradores de los bosques.
            —Claro, madre, lo sé.
            —Y por eso no quiero que entres nunca en el bosque para molestarlos, al igual que ellos no se acercan a nuestra aldea.
            — Sí madre, no te preocupes.


Esta conversación la teníamos al menos una vez por semana, pero supongo que a un muchacho de diez años era mucho pedirle que tuviera en cuenta esta advertencia. Por ese motivo siempre jugábamos en el límite del bosque, eso no estaba prohibido y resultaba emocionante…                                               
El suelo del bosque estaba cubierto de hojas de colores ocres empapadas por la lluvia caída la noche anterior. Los árboles eran altos y de troncos muy anchos. Había cientos y estaban pegados unos a otros, lo que hacía que sus grandes raíces se entrecruzaran como si de poderosos brazos se tratara.
En el bosque el cielo era de hojas. Apenas un tenue rayo de luz solar era capaz de atravesar el mar de ramas que cubría las copas de los árboles. Recuerdo que mi abuelo me decía que en el pueblo había día y noche pero que allí enfrente, en la gran arboleda, siempre reinaba la oscuridad. ¡Qué razón tenía!
Me detuve al observar en el suelo una piedra que brillaba. Al agacharme a cogerla, pude ver por el rabillo del ojo una sombra que se movía. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y recuerdo que mis manos comenzaron a sudar. Cogí la piedra mientras me incorporaba lentamente, al tiempo que giraba la cabeza hacia mi derecha. Entonces lo ví. Se me hizo un nudo en la garganta que me impedía tragar saliva. Había oído a vecinos del pueblo narrar sus respectivos encuentros con los ulldos y recuerdo que nunca tuve miedo al escuchar los relatos, pero ahora era diferente. Aquello no era una historia, lo estaba viviendo.
Me puse de pie y miré la figura que permanecía inmóvil frente a mí. Era muy alto, al menos para un niño de mi edad. Sus piernas y brazos estaban cubiertos de pequeñas ramas que se movían continuamente entrelazándose unas con otras. Parecían como raíces circulando sin parar en todos los sentidos. El torso era una especie de red de hojas secas de diferentes colores, inertes, como petrificadas. No sabría decir la forma exacta de la cabeza ya que el musgo y el liquen la cubrían completamente dejando unas pequeñas aberturas en los lugares donde se le presuponían los ojos y la boca.
            —P...Perdone, no era mi intención entrar —dije tartamudeando. —Sé que no tenemos que venir al bosque y también que a ustedes no les gusta que les molesten.
La figura, que hasta ese momento había permanecido estática, giró su cabeza hacia la espada de madera que se me había caido al suelo. Me miró de nuevo y después se agachó recogiéndola. Luego se volvió hacia mí, extendió uno de sus brazos y me la ofreció. Yo elevé mis dos manos temblorosas mientas acerté a balbucear:
            —Gra…gracias.
Me alejé caminando de espaldas sin perder de vista a ese ser que volvía a permanecer inmóvil.
            Cuando llegué al límite del bosque escuché a Dhilene cómo me llamaba a gritos. 
            — ¡Aquí, aquí estoy! —respondí.
            — ¿Estás bien? ¡Qué susto nos has dado!
            — Tranquila. No creerás lo que me ha ocurrido. ¿Y Julsgar? —pregunté.
            —Ha ido a avisar a tus padres.
            — ¡Vaya, esta vez no me libro del castigo!

                                                                      

Nadie sabe con certeza qué ha ocurrido. Al parecer, un emisario que galopaba en los límites del bosque perdió el control de su caballo y el animal se abalanzó sobre la pequeña Iratsu, la hija del herrero, que paseaba con su madre recogiendo ramas secas para encender la chimenea. Un instante antes de que el corcel arrollara a la niña, un ulldo salió de entre los árboles y con una velocidad sorprendente se interpuso entre el caballo y la muchacha, siendo golpeado y arrastrado por el jamelgo.
De inmediato, varios aldeanos acudieron a socorrerlo y lo llevaron a casa del curandero, que nada pudo hacer por salvar aquel cuerpo que no conocía. Lo envolvió en una tela blanca transparente y entre varios hombres lo llevaron al prado donde yo jugaba cuando era pequeño.
La noticia ha corrido como la espuma y, poco a poco, todos los habitantes del pueblo nos hemos acercado junto al linde del bosque, donde se encuentra el cuerpo, para presentar nuestros respetos por este enigmático ser.
Nunca los había oído hablar ni emitir sonido alguno, pero cuando han recogido el cadáver de su compañero, han comenzado a emitir una especie de silbido melódico que sonaba como la más dulce de las melodías. Dentro de la tristeza que lo envuelve todo, es hermoso verlos alejarse portando a su hermano fallecido.
Un muchacho corre tras ellos gritando y haciendo que el cortejo se detenga antes de penetrar en la arboleda. Se acerca al cuerpo inerte con lágrimas en los ojos y deposita sobre él una espada de madera. Uno de los ulldos acaricia la cabeza del niño antes de continuar su camino hasta adentrarse en el bosque.
La muerte termina siendo para todos el final de un largo recorrido con independencia de cual sea su origen o raíz.
Presiento que desde hoy algo va a cambiar en la convivencia entre los habitantes de este pueblo y los ulldos.
La suave brisa ha cesado y el silencio reina en el ambiente. Todos miramos con tristeza hacia los árboles del bosque, de donde nos llega una melodía triste y cautivadora.


lunes, 31 de marzo de 2014

La leyenda de los ñuts



             Mucho antes del Segundo Comienzo, antes de que los invasores arrasaran Mundo Conocido, el subsuelo de algunos bosques servía de morada a los ñuts, una raza de seres enanos que construyó bajo tierra una civilización independiente del resto de especies que poblaban la superficie. Los ñuts poseían enormes manos, que usaban para cavar túneles, y unos ojos grandes habituados a la oscuridad reinante en sus dominios. No tenían nariz y respiraban por dos pequeños orificios situados sobre la boca. Eran seres amigables, de aspecto bonachón, con enormes orejas y que nunca desdibujaban una espléndida sonrisa de su rostro. Siempre dispuestos a ayudarse entre ellos, la codicia y el egoísmo eran términos que no existían en su conocimiento. Los ñuts rara vez salían a la superficie y jamás mantenían contacto con otras especies, y mucho menos con la más temible de todas, los humanos. 



            Cuentan las leyendas, que había un joven ñut, al que llamaban Iksart, que acostumbraba a trepar por las raíces de los árboles y pasaba días enteros escondido entre el follaje de las hojas que cubrían el suelo observando el exterior. Iksart disfrutaba contemplando desde su escondite el trotar de los caballos, los poderosos bueyes tirando de los carros, los perros y gatos corriendo unos tras otros en interminables persecuciones, y a los hombres. Al joven no le asustaban los humanos. Desde que nació, había escuchado como los ancianos relataban episodios atroces de muerte y destrucción protagonizados por la especie que dominaba la superficie de Mundo Conocido. Pero Iksart los había visto reír, jugar, amar, y unos seres que parecían disfrutar tanto de la vida no podían ser tan peligrosos…
             Guiado por esta equivocada concepción del ser humano e impregnado por un insaciable espíritu aventurero, el pequeño ñut se decidió, en una oscura noche, a abandonar la protección del subsuelo del bosque y salir al exterior. Caminó sin temor por el linde del sendero y no se detuvo hasta que los últimos árboles quedaron lejos. Gracias a su visión, acostumbrada a la eterna oscuridad, se movía con celeridad a pesar de que la luna y Dalurne permanecían ocultos tras un manto de nubes que dominaba el cielo.
            Cuando ya pensaba que sus pies no aguantarían mucho más, alcanzó lo alto de una colina y desde allí pudo contemplar cómo, bajo la misma, aparecía una aldea de casas lóbregas con ventanas iluminadas por las luces de las velas. No eran muchas las viviendas que allí se concentraban, apenas dos docenas, pero a Iksart le llamó mucho la atención una de ellas, de cuyas paredes brotaba un enorme bullicio cargado de risotadas y cánticos.
            Sin duda, pensó el ñut, aquel debía ser un lugar lleno de buenas gentes.
            Con premura y sin ocultar su diminuto cuerpo, Iksart se dirigió hasta la puerta entreabierta de aquella taberna y no albergó temor alguno cuando de un salto alcanzó y giró el pomo de la misma. El portón chirrió mientras se movía y la algarabía del interior penetró sin barreras en los grandes oídos de Iksart.
            De repente, el silencio se adueñó del salón cuando el pequeño ñut hizo su aparición en el dintel de la puerta. La taberna se encontraba llena de cazadores, tramperos, caza recompensas, rameras… todos destilando alcohol por sus venas y anonadados ante la imagen de aquel ser tan pequeño que jamás habían visto. Iksart no se amedrentó y con una cortés reverencia dijo:
            — Buenas noches, mi nombre es Iksart y vengo hasta aquí en busca de conocimientos y de nuevos amigos.
            Ninguno de los presentes dijo nada. Apenas se atrevían a pestañear por miedo a que, si lo hacían, aquel enano desapareciera. Todos albergaban el deseo de capturarlo con el fin de mostrarlo en las plazas y mercados de los pueblos de las comarcas cercanas. Quién sabe, a lo mejor hasta el mismísimo rey Ódriel pagaría una gran suma por quedárselo como bufón.
            Iksart comenzó a incomodarse al ver las caras de la muchedumbre que se agolpaba frente a él. El ñut perdió su inseparable sonrisa, dio un paso atrás y, tras un breve carraspeo, volvió a hablar:
            — Espero que mi presencia no sea un impedimento para que sigan divirtiéndose. Mi intención es conocer un poco más de su especie.
            Una mujer, que se abrochaba los botones de la blusa que llevaba medio abierta, se adelantó y se agachó mirando al ñut. Olía a cerveza y a hidromiel. Tras un breve vistazo, se incorporó, miró al resto de los allí presentes y gritó señalando a Iksart:
            — ¡Coged a ese bicho!