Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 19 de enero de 2015

Relato Nº 89 Hermanos



Nació mujer en un mundo gobernado por hombres. Apenas sabía andar cuando comenzó a acompañar a su madre por los frondosos bosques a recoger leña y a los fértiles campos a recolectar frutas y verduras. La visita al río era diaria para lavar la ropa, que después tendían en finas cuerdas que se mecían al compás que marcaban los señores del  viento. Por supuesto, ellas cocinaban y se ocupaban de que el hogar siempre estuviera caliente y limpio. Las tardes las dedicaban al cuidado de los animales y las noches, a mimar a su adorable padre.
            Jamás cuestionó el orden establecido. Era feliz con sus rutinas, siempre acompañadas por las dulces melodías que entonaban su madre y sus eternas risas. A papá jamás le faltaba una palabra amable y un gesto de agradecimiento. Con eso le bastaba, hasta que llegó él.
            Nació una fría noche del ciclo solar superior, rasgando en dos el vientre de su madre y sesgando su hermosa vida. Ella estaba allí y lo vio todo. El recién nacido ni siquiera lloró. Abrió sus pequeños ojos y miró sonriendo a la mujer que lo había traído al mundo, que se apagaba entre sollozos de dolor.
            En ese instante decidió que no lo quería ni lo querría nunca por muy hermano suyo que fuera. Aquel ser enclenque y diminuto, que sólo lloraba y gritaba, no merecía ni un instante de su tiempo. Le había arrebatado lo que más amaba en la vida y jamás se lo perdonaría.
            Para su desgracia, su padre pensó lo mismo y se desentendió de aquel niño que, en otras circunstancias, habría sido su primogénito, su preferido, su vástago más anhelado.  La responsabilizó de su cuidado y desapareció. Sólo regresaba al hogar cuando el sol se había ocultado. Comía algo y se iba a la cama.
            Albaina se ocupó de todo, como a su madre le habría gustado. Lo alimentó con la leche de las cabras, lo limpió cada vez que se ensuciaba y lo acunaba cuando no podía dormir. En cada una de sus enfermedades, lo cuidó con eficacia, pero jamás con afecto.
            Y así pasaron los ciclos, Albaina creció ocupándose de su padre y de su hermano. Lavando, limpiando y trabajando para que a ellos no les faltara de nada. Con cada viaje al río y al campo, las ganas de vivir se le iban desgastando. Las risas la abandonaron y olvidaron el camino de regreso. Las canciones callaron bajo un manto de tristeza y el resentimiento y el dolor ocuparon el lugar que estaba reservado para el amor en su corazón.
            Su hermano no entendía por qué Albaina no le quería. Él trataba de agradarla a cada instante, la ayudaba a recolectar las frutas, cargaba los troncos de leña más pesados e incluso lavaba los trapos más pequeños en el río. Sonreí a cada paso e incluso imitaba al resto de mujeres, cantando los poemas que ellas recitaban mientras hacían sus labores. El pequeño había heredado el espíritu amable y divertido de su madre, lo que mortificaba más a Albaina.
            La situación empeoró el día que su padre se enteró y decidió que el niño debía comportarse como un hombre y no como una mujer, dejándola sin ayuda para llevar sola todas las tareas. Albania se negó y exigió que el pequeño colaborara. Su padre no cedió y la informó de que debía acostumbrarse porque esa era la vida que llevaría en adelante, ya que jamás consentiría que contrajera matrimonio porque debía ocuparse de él. Lloró y pataleó, pero de nada sirvió. Gritó, rompió platos y vasos, se negó a comer, abandonó el cuidado de los campos  y los viajes al río, hasta que su padre le propinó una brutal paliza. Corrió a casa de sus vecinos en busca de ayuda y halló la puerta cerrada. Nadie quiso consolarla. Era una mujer y en Sylvilia las chicas callaban y obedecían. 


            Albaina agachó la cabeza, encogió algo más los hombros y regresó a su hogar. Su padre se había marchado a la taberna a beber, como cada noche, y en la puerta la esperaba aquel niño al que tanto despreciaba con dos hatillos. En uno había metido la ropa de ambos y en otro un poco de queso, pan y mermelada.

            — No consentiré que nadie te pegue nunca más. Nos vamos.
            Los ojos de Albaina se llenaron de lágrimas y, sin dudarlo, lo cogió de la mano y emprendió camino hacia Myrthya, donde las mujeres sí tenían derechos y donde comenzaría su gran aventura…
            … Después de muchos años, la joven sonrió por primera vez.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Relato nº 88 Un incómodo visitante



Recuerdo que hacía frío, mucho frío. No era algo inusual en esta época del ciclo solar inferior, sobre todo cuando el viento soplaba desde las cumbres más altas de las Montañas de las Corrientes Eternas, pero aún así, las temperaturas habían descendido con brusquedad en los últimos días.
            Leintjar sujetó con fuerza su bastón mientras se colocaba en una posición cómoda para tumbarse en el camastro situado en el centro de su dormitorio. Sus desgastados huesos crujían con cada movimiento de un cuerpo consumido por los noventa años que llevaba deambulando por tierras sylvilianas.
            El anciano colocó los pies sobre una manta situada en el extremo del jergón y se tumbó suspirando. Con suma lentitud, desplazó los dedos hacia unos ojos pequeños y escondidos cual topos en los párpados, y los frotó.
            Instantes después, la puerta se abrió para dar paso a una visita que lo saludó con emotiva confianza cuando se situó frente a él.



            — ¿Cómo estás Leintjar? ¿Me esperabas?
            El viejo se estremeció en la cama al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Los goznes de la mandíbula se le relajaron, haciendo que su boca se entreabriera dejando que un hilo de saliva cayera por sus labios resecos.
            — Sí, así es —balbuceó melancólico.
            — La última vez que nos vimos me pediste que no volviera, que me alejara de tu vida, y así lo hice hasta hoy. Te lo debía. Pero ahora…
            — No seas condescendiente conmigo —replicó interrumpiendo a su visitante.
            Dos lágrimas se diluyeron en una piel convertida en pergamino tras el paso de los ciclos. La intranquilidad que invadió sus emociones se transformó en serenidad. Con una de sus manos se secó los ojos y los abrió invitando a su visita.
            — Perdona mi descortesía. Vamos, ven siéntate. ¿Quieres una jarra de hidromiel? La preparó ayer uno de mis nietos.
            — Te lo agradezco, pero debo rechazar tu ofrecimiento. Hoy tengo una jornada muy apretada y voy con el tiempo justo.
            — Sí ya veo ¿No estás incómodo con estas visitas?
            — Para nada. Llevo una eternidad realizándolas.
            — ¿Cuándo supiste de mi enfermedad?
            — La última vez que nos vimos.
            —¿Y ahora qué? No sé qué decirte. ¿Cómo debo actuar?
            El misterioso visitante se acercó hasta el camastro de Leintjar y se sentó junto a él.
            — Tranquilo. No te preocupes por nada.
            El anciano lo miró, encogió los hombros y agachó la cabeza. Todavía tuvo tiempo de reposar unos segundos la mirada sobre la chimenea donde descansaba una vieja espada; fiel compañera durante sus años de servicio en la Guardia del Témpano.
            Luego, cerró los párpados con suavidad y tomó aliento por última vez.
            — Descansa ahora, gran guerrero —dijo el visitante. — Cierra los ojos y duerme; es hora de partir, la eternidad nos espera…




lunes, 15 de diciembre de 2014

Relato nº 87 La flauta mágica



El silbido del viento era el único capaz de competir con el sonido de su flauta. Día tras día, Fralbert se sentaba en un oscuro rincón de la calle más solitaria de Balyeza. Allí, apoyaba su espalda contra la pared de una casa en ruinas y comenzaba a soplar su inseparable instrumento. Sus notas invadían toda la aldea forzando de alguna manera a sus habitantes a acercarse hasta aquel lóbrego lugar, guiados por una melodía seductora.
         — ¡Deja de soñar y regresa al trabajo! —quiso decirme mi padre, sordo de nacimiento, cuando solté la azada para dirigirme hasta el lugar donde tocaba Fralbert.

              — Ahora mismo vuelvo —mentí.

            Corrí tanto como pude, dejando atrás el campo de labranza y a mi enfurecido y atónito padre gritando y moviendo desafiante los brazos. Las calles eran un hervidero de aldeanos empujándose y apartándose para llegar cuanto antes a aquel oscuro rincón de donde procedía la música. Si nos preguntaran por qué corríamos, ninguno sabríamos explicarlo. Era obvio que el sonido de la flauta nos atrapaba de alguna manera, pero el cómo y el por qué escapan a mi entendimiento.

            Llegué jadeante y sudoroso y pude pelear un sitio en segunda fila. En apenas unos instantes, más de cien personas nos agolpábamos alrededor de aquel extraño que permanecía sentado con su espalda apoyada en la pared, tocando su flauta y con el rostro cubierto por una capucha.

            El silencio se apoderó de Balyeza cuando la melodía cesó. Los pájaros dejaron de cantar y hasta el viento desapareció dejando que la tranquilidad se adueñara del momento. El centenar de aldeanos que allí nos concentrábamos tragamos saliva y dejamos de respirar durante los breves instantes en que aquel desconocido procedía a descubrir su cara.

            Una lágrima comenzó a resbalar por mi mejilla. Tras ésta, muchas más llegaron procedentes de ambos ojos. Apenas podía contener la emoción y el llanto al ver el rostro angelical de mi madre tras la capucha del flautista. Sin duda era ella. Hermosa y perfecta, como en mis recuerdos. Con su mirada dulce y su sonrisa tranquilizadora, la misma que mantuvo dibujada en su cara hasta el día en que murió… A mi lado, la señora Miglateria caía de rodillas llorando desconsolada mientras señalaba con los dos brazos extendidos a mi madre; pero ella lo llamaba Arnnant, como su marido fallecido tres ciclos solares atrás. Un poco más atrás, el grito desconsolado de una joven llamó mi atención. Entre sollozos, mientras miraba la figura de mi madre allí sentada, no dejaba de repetir el nombre de su hija, que había muerto de una grave enfermedad hacía dos semanas, y que parecía estar viendo tras el atuendo de flautista con el que vestía mi madre. No tardé en darme cuenta que todos los que nos encontrábamos allí estábamos llorando emocionados mientras mirábamos el rostro que había aparecido tras la capucha del misterioso flautista… el de mi madre…



            …El cantar del gallo hizo que me levantara de un salto dejando el jergón deshecho tras una noche inquieta. Me aseé con rapidez y cogí una hogaza de pan y una botella de leche que fui bebiendo mientras me dirigía, como cada día, al campo de labranza, donde me esperaba mi padre.

            Jamás entenderé porqué cada mañana, cuando llego a su lado y le doy los buenos días, me brinda una mirada malhumorada y refleja en su rostro una mueca de incomprensión.