Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

martes, 8 de septiembre de 2015

Hasta pronto, Mundo Conocido

    Que el encabezamiento de este texto no os lleve a engaño. No me estoy despidiendo de Mundo Conocido, al contrario, voy a meterme de lleno en sus Seis Reinos. Pero en esta ocasión, y durante un largo periodo de tiempo, lo voy a hacer solo, sin vuestra compañía, la de todos mis lectores... la de todos mis amigos.

    Como os habréis dado cuenta, desde principios de este año he estado prácticamente desaparecido. Una serie de proyectos personales me han tenido ocupado durante los últimos meses. Tanto, que me he visto obligado a alejarme del escritor que llevo dentro para convertirme en empresario. Sin más remedio, y muy a mi pesar, he tenido que dar descanso a Asúrim, Mela, Marah, Dárev y al resto de personajes de Mundo Conocido. Tuve que cancelar todas las presentaciones y eventos que tenía organizadas para el 2015, dejé de subir relatos a este blog y abandoné las publicaciones en todas las redes sociales de los Seis Reinos.

    Y no creáis que no lo siento. Lo siento porque La llamada de los Nurkan, con más de 2000 ejemplares vendidos por todo el país, se había posicionado en pocos meses como uno de los libros escrito por un autor español más vendidos dentro del género de la fantasía épica. Lo siento porque cada vez eran más los blogs y revista literarias las que hablaban maravillas del Heredero de los Seis Reinos. Lo siento porque dos editoriales muy importantes se habían interesado por la saga y tuve que aparcar las negociaciones. Lo siento por esas librerías, bibliotecas, asociaciones, distribuidas por muchas provincias y con las que me había comprometido a realizar presentaciones y/o eventos... Pero sobre todo lo siento por vosotros, por mis cientos de seguidores, de fieles lectores, los que cada día me preguntáis por el segundo libro y os mantenéis cerca mía apoyándome, animándome y compartiendo conmigo mi peregrinar por Mundo Conocido.
    A todos vosotros, y con la mano en el corazón, sólo puedo deciros que ¡lo siento mucho!

    ¿Y qué va a ocurrir ahora?
    ¿Por qué de estas palabras que suenan a despedida?
    ¿Qué será del resto de la saga del Heredero de los Seis Reinos?

    Podéis estar tranquilos. El segundo de los libros va muy avanzado y tengo claro que voy a acabar esta pentalogía en la que me embarqué hace un par de años.
    Pero lo voy a hacer con calma, sin presión y dedicándole a cada libro el tiempo que se merece. Y no volveré a publicar ningún ejemplar hasta que no haya terminado la saga completa. Es posible que tarde dos, tres, cuatro años... Quizás más, pero he decidido hacerlo así por dos razones:
   Por un lado, porque así me lo piden las dos editoriales que siguen interesadas en publicar la saga. Ambas coinciden en que es necesario que tenga al menos cuatro de los libros terminados antes de empezar a publicarlos. 
   Y por otro, y una vez más el más importante, por todos vosotros. Los seguidores de los Seis Reinos, aquellos a los que no quiero volver a fallar planteando metas que luego no voy a poder alcanzar.

    Así que, y siendo consecuente con la decisión que he tomado, he cancelado el contrato con la editorial para que deje de editar La llamada de los Nurkan. He pedido a la distribuidora que se encarga de su distribución nacional que cese en su distribución y he avisado para que las ediciones en libro electrónico se retiren de las diferentes páginas de descarga.

   Miguel S. Juaneda va a permanecer durante un tiempo en el anonimato, centrado y dedicado en cuerpo y alma a concluir la saga del Heredero de los Seis Reinos, y deseando que cuando llegue el momento, sigáis ahí, al pie del cañón, donde siempre habéis estado, apoyándome, brindándome todo vuestro cariño y deseosos de seguir leyendo las aventuras de nuestros héroes en Mundo Conocido...
    ...Sólo pido un deseo, y es que, cuando llegue el momento, la larga espera os haya merecido la pena.

¡Nos vemos en Mundo Conocido!



lunes, 19 de enero de 2015

Relato Nº 89 Hermanos



Nació mujer en un mundo gobernado por hombres. Apenas sabía andar cuando comenzó a acompañar a su madre por los frondosos bosques a recoger leña y a los fértiles campos a recolectar frutas y verduras. La visita al río era diaria para lavar la ropa, que después tendían en finas cuerdas que se mecían al compás que marcaban los señores del  viento. Por supuesto, ellas cocinaban y se ocupaban de que el hogar siempre estuviera caliente y limpio. Las tardes las dedicaban al cuidado de los animales y las noches, a mimar a su adorable padre.
            Jamás cuestionó el orden establecido. Era feliz con sus rutinas, siempre acompañadas por las dulces melodías que entonaban su madre y sus eternas risas. A papá jamás le faltaba una palabra amable y un gesto de agradecimiento. Con eso le bastaba, hasta que llegó él.
            Nació una fría noche del ciclo solar superior, rasgando en dos el vientre de su madre y sesgando su hermosa vida. Ella estaba allí y lo vio todo. El recién nacido ni siquiera lloró. Abrió sus pequeños ojos y miró sonriendo a la mujer que lo había traído al mundo, que se apagaba entre sollozos de dolor.
            En ese instante decidió que no lo quería ni lo querría nunca por muy hermano suyo que fuera. Aquel ser enclenque y diminuto, que sólo lloraba y gritaba, no merecía ni un instante de su tiempo. Le había arrebatado lo que más amaba en la vida y jamás se lo perdonaría.
            Para su desgracia, su padre pensó lo mismo y se desentendió de aquel niño que, en otras circunstancias, habría sido su primogénito, su preferido, su vástago más anhelado.  La responsabilizó de su cuidado y desapareció. Sólo regresaba al hogar cuando el sol se había ocultado. Comía algo y se iba a la cama.
            Albaina se ocupó de todo, como a su madre le habría gustado. Lo alimentó con la leche de las cabras, lo limpió cada vez que se ensuciaba y lo acunaba cuando no podía dormir. En cada una de sus enfermedades, lo cuidó con eficacia, pero jamás con afecto.
            Y así pasaron los ciclos, Albaina creció ocupándose de su padre y de su hermano. Lavando, limpiando y trabajando para que a ellos no les faltara de nada. Con cada viaje al río y al campo, las ganas de vivir se le iban desgastando. Las risas la abandonaron y olvidaron el camino de regreso. Las canciones callaron bajo un manto de tristeza y el resentimiento y el dolor ocuparon el lugar que estaba reservado para el amor en su corazón.
            Su hermano no entendía por qué Albaina no le quería. Él trataba de agradarla a cada instante, la ayudaba a recolectar las frutas, cargaba los troncos de leña más pesados e incluso lavaba los trapos más pequeños en el río. Sonreí a cada paso e incluso imitaba al resto de mujeres, cantando los poemas que ellas recitaban mientras hacían sus labores. El pequeño había heredado el espíritu amable y divertido de su madre, lo que mortificaba más a Albaina.
            La situación empeoró el día que su padre se enteró y decidió que el niño debía comportarse como un hombre y no como una mujer, dejándola sin ayuda para llevar sola todas las tareas. Albania se negó y exigió que el pequeño colaborara. Su padre no cedió y la informó de que debía acostumbrarse porque esa era la vida que llevaría en adelante, ya que jamás consentiría que contrajera matrimonio porque debía ocuparse de él. Lloró y pataleó, pero de nada sirvió. Gritó, rompió platos y vasos, se negó a comer, abandonó el cuidado de los campos  y los viajes al río, hasta que su padre le propinó una brutal paliza. Corrió a casa de sus vecinos en busca de ayuda y halló la puerta cerrada. Nadie quiso consolarla. Era una mujer y en Sylvilia las chicas callaban y obedecían. 


            Albaina agachó la cabeza, encogió algo más los hombros y regresó a su hogar. Su padre se había marchado a la taberna a beber, como cada noche, y en la puerta la esperaba aquel niño al que tanto despreciaba con dos hatillos. En uno había metido la ropa de ambos y en otro un poco de queso, pan y mermelada.

            — No consentiré que nadie te pegue nunca más. Nos vamos.
            Los ojos de Albaina se llenaron de lágrimas y, sin dudarlo, lo cogió de la mano y emprendió camino hacia Myrthya, donde las mujeres sí tenían derechos y donde comenzaría su gran aventura…
            … Después de muchos años, la joven sonrió por primera vez.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Relato nº 88 Un incómodo visitante



Recuerdo que hacía frío, mucho frío. No era algo inusual en esta época del ciclo solar inferior, sobre todo cuando el viento soplaba desde las cumbres más altas de las Montañas de las Corrientes Eternas, pero aún así, las temperaturas habían descendido con brusquedad en los últimos días.
            Leintjar sujetó con fuerza su bastón mientras se colocaba en una posición cómoda para tumbarse en el camastro situado en el centro de su dormitorio. Sus desgastados huesos crujían con cada movimiento de un cuerpo consumido por los noventa años que llevaba deambulando por tierras sylvilianas.
            El anciano colocó los pies sobre una manta situada en el extremo del jergón y se tumbó suspirando. Con suma lentitud, desplazó los dedos hacia unos ojos pequeños y escondidos cual topos en los párpados, y los frotó.
            Instantes después, la puerta se abrió para dar paso a una visita que lo saludó con emotiva confianza cuando se situó frente a él.



            — ¿Cómo estás Leintjar? ¿Me esperabas?
            El viejo se estremeció en la cama al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Los goznes de la mandíbula se le relajaron, haciendo que su boca se entreabriera dejando que un hilo de saliva cayera por sus labios resecos.
            — Sí, así es —balbuceó melancólico.
            — La última vez que nos vimos me pediste que no volviera, que me alejara de tu vida, y así lo hice hasta hoy. Te lo debía. Pero ahora…
            — No seas condescendiente conmigo —replicó interrumpiendo a su visitante.
            Dos lágrimas se diluyeron en una piel convertida en pergamino tras el paso de los ciclos. La intranquilidad que invadió sus emociones se transformó en serenidad. Con una de sus manos se secó los ojos y los abrió invitando a su visita.
            — Perdona mi descortesía. Vamos, ven siéntate. ¿Quieres una jarra de hidromiel? La preparó ayer uno de mis nietos.
            — Te lo agradezco, pero debo rechazar tu ofrecimiento. Hoy tengo una jornada muy apretada y voy con el tiempo justo.
            — Sí ya veo ¿No estás incómodo con estas visitas?
            — Para nada. Llevo una eternidad realizándolas.
            — ¿Cuándo supiste de mi enfermedad?
            — La última vez que nos vimos.
            —¿Y ahora qué? No sé qué decirte. ¿Cómo debo actuar?
            El misterioso visitante se acercó hasta el camastro de Leintjar y se sentó junto a él.
            — Tranquilo. No te preocupes por nada.
            El anciano lo miró, encogió los hombros y agachó la cabeza. Todavía tuvo tiempo de reposar unos segundos la mirada sobre la chimenea donde descansaba una vieja espada; fiel compañera durante sus años de servicio en la Guardia del Témpano.
            Luego, cerró los párpados con suavidad y tomó aliento por última vez.
            — Descansa ahora, gran guerrero —dijo el visitante. — Cierra los ojos y duerme; es hora de partir, la eternidad nos espera…