Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Relato nº 76 La despedida



Analdia, Xildra y Kanimed nacieron con apenas un suspiro de diferencia. A pesar de su delicada y extrema delgadez, arrebataron a su madre las últimas fuerzas que le quedaban y la dejaron exhausta y al borde de la muerte. Pero el destino fue benévolo con ella y le permitió vivir para ver crecer a sus hijas, aunque débil y postrada en una cama.

            Un ama de cría fue la encargada de amamantarlas. Por turnos se agarraban a sus pechos alternándolas con sus hijos varones, Dhulrán y Faruet. Los cinco crecieron juntos pero distantes. Cuando nadie los veía compartían juegos y confidencias, pero ante el padre de las tres nobles jóvenes, o cualquier otro habitante del reino, se ignoraban  para evitar odiosas reprimendas.

            El ama se ocupó de las tres chicas como una madre, ya que la verdadera jamás les perdonó que le arrebataran su juventud y sus ganas de vivir en el parto. Las educó como auténticas señoritas, enseñándolas a respetar a sus mayores, a obedecer las normas de su reino y de su padre, a mostrar siempre unos modales impecables y  a someterse a los designios  de los Señores del Viento.

            Dhulrán y Faruet las espiaban constantemente, por lo que aprendieron más de geografía e historia que lo que correspondía a los jóvenes de su estatus. Por no hablar de su manejo del lenguaje y de la escritura, ya que el tutor de las tres jóvenes los invitaba a sumarse a las clases cuando nadie los veía, a lo que ellos accedían sabedores de que si se negaban no podrían estar con ellas en lo que quedaba de día.



            El paso de los años fue fugaz y feliz para los cinco jóvenes. Se enfrentaron a la madurez juntos. Ellos entraron en la guardia personal del rey y ellas comenzaron a recibir a insulsos pretendientes que no satisfacían los deseos de ninguna de las tres.

            Conforme pasaban los ciclos solares, la presión de su padre aumentaba. Quería casarlas cuanto antes para estrechar lazos con otros señores, a ser posible los más poderosos, y tener nietos varones que garantizaran su linaje.

            Ellas comparaban a cada uno de los pretendientes con Dhulrán y Faruet y ninguno lograba ni siquiera acercárseles. El que no era feo, carecía de inteligencia, por no hablar de los antipáticos que adolecían de sentido del humor. Así se lo hacían saber a su padre, que iba perdiendo la paciencia con cada crítica que ellas enarbolaban.

            Hasta que llegó su 16 cumpleaños y el progenitor les anunció que habían terminado las visitas de los pretendientes. Las tres saltaron de alegría al unísono, convencidas de que por fin había entrado en razón y las dejaría elegir con libertad. Pero su ilusión se rompió en mil pedazos cuando el noble acabó su discurso. Las había comprometido con tres parientes del rey, las bodas se celebrarían durante el ciclo solar inferior, en el castillo del monarca. Se trataba de tres hombres que superaban la treintena, ancianos a los ojos de las jóvenes.

            Su padre no modificó su postura a pesar de que ellas mostraron su rechazo día y noche, dejaron de comer y se encerraron en su dormitorio durante largas jornadas. Tres días después del anuncio, les exigieron que se arreglaran porque sus prometidos acudirían al castillo a conocerlas. Las tres se vistieron de amarillo, el color de la alegría, según su padre, y esperaron pacientes en una sala. Para evitar que huyeran o montaran alguna algarabía indebida, el noble hizo que dos guardias las acompañaran, Dhulrán y Faruet.

            La tristeza dominaba la sala. Ninguno de los cinco se atrevía a pronunciar palabra, hasta que Kanimed, la más pequeña de las tres, rompió el silencio anunciando su intención de huir. No estaba dispuesta a contraer nupcias con un señor maduro, que probablemente habría tenido otra esposa y quizás contara con hijos de su misma edad. Esa no era la vida que quería. Estaba dispuesta a huir en dirección a Myrthya, el reino del Arco Iris, donde viviría feliz entre flores y verdes campos.

            Dhulrán sonrió al escuchar su descripción y raudo se mostró dispuesto a acompañarla. Sus hermanas tardaron poco en sumarse a la aventura, al igual que hizo Faruet.

            Planificaron una escapada espectacular, que incluía el robo de cinco corceles y de alimentos para varios días. Las chicas querían llevar varios baúles con sus joyas y vestidos preferidos, por no hablar de sus libros y juegos… Tampoco querían dejar atrás sus peines de nácar, ni sus zapatos fabricados en Zirwania, con conchas de las islas.

            Dhulrán y Faruet trataron de explicarles que no podían cargar con tantas pertenencias porque carecían de hogar en Myrthya, que durante un tiempo tendrían que comerciar con lo que pudieran llevarse para conseguir alimentos y cobijo, y que después, con suerte, se harían con un trozo de tierra que trabajarían juntos para construir una humilde cabaña que convertirían en su nuevo hogar.

            La alegría abandonó poco a poco el rostro de Kanimed. El trabajo no entraba en sus planes, y mucho menos el renunciar a sus bellos vestidos y a la delicadeza de sus manos. La idea romántica de huir incluía la vida en un nuevo castillo con sus dos grandes amigos, pero eso era algo que ellos no le podían ofrecer.




            Mientras desmembraba estos pensamientos, entró su padre con los tres pretendientes, que sonrieron al contemplar la belleza de las jóvenes. Ellas correspondieron con reverencias y rubor en sus mejillas, al tiempo que se deshacían en cumplidos ensalzando la caballerosidad y galantería de sus futuros esposos.

            Por su parte, Dhulrán y Faruet retrocedieron sin hacer ruido hasta llegar a la puerta. Cabizbajos, abandonaron la sala asumiendo que aquel había sido el final de una larga amistad…

lunes, 25 de agosto de 2014

Relato nº 75 Heroica resistencia



La sangre brotaba de la herida de su ceja cegándolo por completo. No podía vislumbrar nada más allá de aquellas sombras rojas.  Sólo escuchaba el ensordecedor sonido de las espadas y el relinchar de los caballos.  Intentó ponerse en pie pero algo se lo impedía. Una vez más, pasó la manga de su camisa por su rostro con la esperanza de limpiar sus ojos, pero aquel líquido rojizo y denso volvía a cubrirlos de inmediato. La brecha debía ser bastante profunda, aunque curiosamente no sentía ningún dolor, sólo mareo. Llevó sus manos hasta sus piernas para palparlas y comprobar qué era lo que les impedía moverse. El tacto le reveló la existencia de un cuerpo, quizás un cadáver, no podía saberlo.
            Al limpiar de nuevo sus ojos pudo atisbar en apenas un instante un hombre sin cabeza descansando sobre sus extremidades inferiores. De nuevo el rojo de su sangre se convirtió en lo único que podía ver.



            Aquella batalla era absurda. Estaba perdida de antemano y, tanto él como sus compañeros, lo sabían. Nada podían hacer unos pobres aldeanos contra las tropas utsurianas pero habían decidido resistir y allí estaban.
            No sabía por qué aquellos guerreros habían desembarcado en Urutlandia cerca de su aldea, pero sí tenía claro que no debían facilitarles el paso. Habían enviado un emisario hasta Bárferum para informar al rey, pero no llegó respuesta.
            Los utsurianos permanecieron tranquilos durante una jornada completa, como si esperaran órdenes. Al segundo día iniciaron la marcha.  Estaba claro que no contaban con hallar resistencia, no sabían de la valentía del pueblo sylviliano, dispuestos a defender su tierra contra viento y marea, aunque no tuvieran más armas que viejas espadas oxidadas y los utensilios que utilizaban en sus labores agrícolas.
            La mañana se había presentado fría, sobre todo tras la noche en vela que habían sufrido a la intemperie. Las mujeres que necesitaban amamantar a sus bebés y los niños habían abandonado la aldea la tarde anterior. El resto permaneció allí, dispuestos a enfrentar a la misma muerte.
            La batalla fue rápida, ruidosa y sucia. En nada se parecía a las luchas heroicas que cantaban los juglares. No había dignidad en las peleas. No se esforzaban por lucir sus mejores envites. Sólo atacaban con todas las fuerzas que sus cuerpos acumulaban con el objetivo de ensartar a sus enemigos y enviarlos de nuevo a su tierra,  a ser posible, calcinados en el fuego de la muerte.
            Los utsurianos tampoco impregnaban de honor sus ataques. Sólo querían destruirlos porque eran un estorbo en su camino, al igual que se aparta una mosca que trata de acercarse al pan untado con miel.
            El peso cada vez era mayor, al igual que la oscuridad. Ni siquiera podía permanecer sentado porque habían echado algo sobre su pecho, al parecer, otro cadáver, y otro… Hasta que respirar fue una misión imposible.
            Antes de que perdiera el conocimiento sintió un calor extremo y la certeza de que lo estaban quemando junto al resto de aldeanos muertos. El final había llegado y nada tenía de heroico ni de caballeroso.
            Los utsurianos los habían eliminado, abriéndose paso hacia el Bosque de Tanalkar. Quizás los ulldos puedan resistirlos más tiempo.
            El fuego los consumió elevando una columna de humo que sirvió de advertencia al resto del reino.



lunes, 18 de agosto de 2014

Relato nº 74 Buscándote



Te busqué entre las rocas que caían a espacio abierto.
Navegué sobre el azul del mar tras tus huellas.
Grité tu nombre al murmullo de las olas para que volvieras a mi lado…
… Y no lo hiciste.

Recorrí Mundo Conocido buscando el sendero que me llevara a ti.
Abrí nuevos caminos clamando tu presencia.
Atravesé desiertos y escalé las más altas cimas para suplicar que regresaras…
…Y no lo hiciste.                            

Eras tú el que se escondía en las caricias suaves del viento.
Eras tú el remolino de brisa jugando en mi pelo.
Eras tú entre las olas bañando nuestro recuerdo.
Eras tú, siempre tú.

Me fui hasta Dalurne indagando tu presencia.
Me aventuré una vez más por océanos sin retorno.
Quería construir nuevos linderos que te hicieran volver…
…Y no lo hiciste.

Eras tú el que se escondía en las caricias suaves del viento.
Eras tú el remolino de brisa jugando en mi pelo.
Eras tú entre las olas bañando nuestro recuerdo.
Eras tú, siempre tú.

Y al final, desalentada, miré a mi lado y te vi.
Estabas, como siempre, junto a mí.
Posaste tus ojos en los míos, sin hablar, sólo dos miradas que se cruzaron.

... Y dejé de buscar entre las rocas a ras del mar.
Dejé de otear el infinito buscando mi lugar.
Porque mi presente eres tú.
Mi futuro eres tú.
Y sólo cuando dejé de buscar, te encontré a mi lado.


Balada popular perteneciente al cancionero de bardos y juglares de los seis reinos