Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Relato nº 80 Canción fúnebre


Si me muero en la Tierra...
¡Echad mi cuerpo al mar!
Y no sufráis pena,
pues entre hermosas sirenas
mis restos descansarán.

Que mi único equipaje
sean los recuerdos que me llevo,
mis días de glorioso servicio
a mis gentes y a mi reino.

Que las aguas y el cielo,
se fundan en uno,
para acogerme en su seno
como quien fui,
¡Un valiente guerrero!

 











Que las mujeres cesen el duelo
para verme partir.
Los señores del viento me aguardan
y entre ellos, de mis cenizas,
mi cuerpo renacerá

Mirando a Sylvilia quiero estar
y a ello dedicaré la eternidad.
La amaré desde el otro mundo,
para sentirla en lo más profundo
y velarla con solemnidad.

Y ahora dormiré.
Ha llegado el momento.
Parto sin rencor en mi pecho
Aguardaré tranquilo al silencio
y esperaré paciente mi regreso.

¡Hasta siempre Sylvilia!
Me voy sin escuchar  lamentos.
Siempre serás el más grande.
El mejor, de entre todos los reinos.



Cántico melódico que se escucha en los funerales del reino del viento desde tiempos inmemoriales.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Relato nº 79 En busca de su destino



El vakhali de Rívul avanzaba tan veloz que sus pezuñas apenas rozaban la nieve. El guardia del témpano tenía prisa; deseaba alcanzar cuanto antes a sus hermanos de armas para luchar contra los utsurianos. Acompañar a Melandrón había llevado más tiempo del esperado, pero mereció la pena. Aquellos myrthyanos se habían ganado su respeto y, con el paso de los días, su admiración. Eran fuertes, a pesar de su apariencia indisciplinada, y honorables, pero sobre todo eran leales, una cualidad que apreciaba sobre todas las demás.
            Miró atrás, orgulloso de su fiel montura. Su velocidad y su ligereza eran tales que el vakhali no dejaba huellas tras sus pasos, por lo que era imposible que ningún enemigo lo siguiera. Hasta ahora jamás habían tenido que preocuparse por aquellas cuestiones, pero corrían tiempos difíciles. Brujas trashumantes vagaban por los campos kalandryanos, los utsurianos amenazaban en las fronteras y había cambios de reyes inesperados en los reinos vecinos… Todo era posible, así que prefería proteger su retaguardia.


            La noche se le echaba encima, pero estaba decidido a continuar su marcha en la oscuridad. Deseaba volar hasta alcanzar su formación. No tenía familia que lo aguardara, sus padres murieron siendo él un niño aquejados por unas extrañas fiebres y la fortuna no le otorgó el privilegio de contar con hermanos que lo acompañaran en su deambular por la vida.
Se incorporó a la Guardia del Témpano cuando apenas acababa de abandonar la infancia. Rívul tuvo una juventud más bien agria. Sin padres que lo controlaran y sin hermanos que lo frenaran, fue un joven soberbio, engreído y peleón. Se sentía superior a todos y sólo se sometía a las órdenes del capitán, siempre y cuando las considerara correctas. La disciplina no era su fuerte, hasta que un día se negó a obedecer una directriz de Hárendal, empeñado en que conocía mejor que nadie las sendas, y cayó por un precipicio. Durante unos breves instantes lo dio todo por perdido, pero el heredero kalandryano no lo dudó y se lanzó al vacío tras él. Sus compañeros lo imitaron logrando entre todos hacer una cadena humana que evitó que terminara sus días con los huesos y la cabeza rotos por las duras rocas del acantilado nevado. Entonces comprendió que se debía a aquellos hombres.
Su carácter no se endulzó por arte de magia ni la disciplina se le inculcó en apenas un instante. Tardó tiempo en aceptar todas las órdenes y en comprender que sólo tenía una vida, y que debía afrontarla con valentía y alegría, como sus hermanos.
Por eso se sentía como un traidor al estar tan lejos de ellos en un momento tan crucial. Le habían contado la espectacular marcha de la Ciudad de los Espejos y se odió por no haber participado en ella, pero debía obedecer órdenes. Además, gracias a él la comitiva myrthyana seguía sana y salva, como Bágrok deseaba.


            Pero ahora debía avanzar rápido para alcanzar su destino, que estaba en aquellas montañas, luchando por su reino y por sus hermanos de armas.
            Las últimas luces del día se despidieron con un abanico de magníficos colores que se reflejaban en el hielo para dejar paso a la más absoluta oscuridad. Ni siquiera eso lo detuvo. Avanzó esquivando ramas caídas y montículos de nieve. Sólo frenó el paso cuando el hielo se adueñó del camino. Su vakhali compartía su ansia por llegar con la Guardia del Témpano y se inquietaba cada vez que Rívul trataba de retenerle porque intuía algún peligro.

            Comieron mientras cabalgaban y bebieron el agua de la lluvia. No se detuvieron hasta que contemplaron a lo lejos la impresionante formación de la Guardia del Témpano. Los dorados y plateados de sus corazas refulgían como si de estrellas se tratase. Rívul sonrió satisfecho. Estaba donde deseaba estar, aunque el camino que seguía lo guiara hasta la muerte.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Relato nº 78 Mi decisión



El mar golpea las rocas una y otra vez, con la insistencia que mana de la desesperación de los que han perdido todo lo que aman, como yo. Nada me queda, por nada merece la pena continuar mi camino y, sin embargo, aquí me hallo, enfrentándome al océano, que se empeña en destruir el último bastión de piedra natural que me protege.

            He llegado a las fronteras marinas de Sylvilia arrastrándome por caminos de tierra y barro, escalando empinadas montañas nevadas, nadando por embravecidos ríos y turbulentos arroyos. He cruzado bosques encantados, agujeros sin final y enfrentado a temibles nigromantes sin que mi pulso se alterara. El miedo no forma parte de mi vocabulario, pero, ahora que todo acaba, una terrible desazón me acongoja. 



            La certeza de que he errado en muchas de mis decisiones es una daga que atraviesa mi vientre destrozando mis entrañas. Por primera vez dudo de las certezas que me han acompañado durante toda mi existencia. Muchos pensarán que he huido, cuando la realidad es que me enfrento a la peor encrucijada que he encarado.

            Soy la mejor guerrera utsuriana, sin falsas modestias. No tengo porque ocultarlo, ni negarlo. Desde la cuna me prepararon para el sufrimiento y el dolor. Mientras otros bebés aprendían a caminar entre besos y abrazos, a mí me golpeaban con una vara en brazos y piernas para que enfrentara mis temores y me levantara. Si lloraba, me dejaban sola en la lobera durante noches enteras. Si pedía comida, no me alimentaban durante una semana. Jamás tuve una muñeca, salvo que los maniquíes a los que atravesaba con mi espada se consideraran como tal. Nadie me hizo la menor carantoña, así que aprendí a rehuirlas cuando crecí. Tampoco tuve amigos. Los guerreros somos solitarios, es la mejor forma de enfrentar la muerte.

            Crecí con un solo código; mi vida no vale más que lo que estoy dispuesta a luchar por Utsuria. Mi reino negro era todo lo que tenía. Defenderlo de los enemigos que querían destruirlo era mi destino y todos deseaban acabar con él en Mundo Conocido, así que tenía cuantos adversarios deseaba. Al menos eso es lo que me enseñaron.

            Pero todo cambió cuando me enviaron al Palacio de la Laguna. Mi rey quería que lo desvelara todo, que acabara con el Suliadán, y partí dispuesta a hacerlo. ¡Qué tremendo error!

            Gulham me desarmó sin armas. Me recibió con los brazos abiertos, deseoso de conocerme. En aquel Palacio no había cerraduras, todas las habitaciones estaban abiertas para quien deseara entrar. Las trampas eran impensables, al igual que los gritos o cualquier tipo de tortura. El Suliadán tenía el don de la palabra y del conocimiento y estaba deseoso de transmitirlo a todo el que deseara escucharlo. Me habló de los cinco reinos que no conocía, de sus bellezas naturales, de la bondad de algunas de sus gentes, de la magia que protege los bosques y los ríos, de los señores del viento, de la magnífica nieve kalandryana, de las llanuras desiertas de Vharane, de las sirenas de las mil islas...

            Pronto comprendí que aquello no era más que una treta para alejarme de mi plan, ganarse mi confianza y evitar que lo destruyera. Así que decidí matarlo cuanto antes. Una noche me levanté cuando todos dormían y entré en su dormitorio. Nadie me lo impidió. No había guardias apostados en su puerta ni vigilantes de ningún tipo. Gulham me esperaba de pie frente a su lecho con el pecho descubierto. Me dijo que estaba preparado para morir, que su vida había sido rica y fructífera y nada tenía que temer, al contrario, deseaba abandonar Mundo Conocido porque odiaba lo que Utsuria estaba haciendo con él.

            Al sumergirme en sus sinceros ojos comprendí que tenía razón y huí. No tengo miedo a lo que mi rey pueda hacerme. Sé que ha dado orden de que me maten por temor a lo que pueda contar. He escapado durante días y días y he llegado a mi destino, del que sólo me separa este bastión de piedra que el mar trata de destruir.

            Tengo dos opciones; saltar o combatir por Gulham traicionando al reino que me vio nacer… Y ya he tomado mi decisión.


               
                 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Relato nº 77 Un pájaro de mal agüero



Mela tropezó, como tenía por costumbre, con la piedra que cada día se prometía retirar de la entrada de su hogar; ya la quitaría más adelante. Ahora no tenía tiempo. Debía llegar al castillo si no quería que el shayim lo obligara a repetir una y otra vez los hechizos más elementales y aburridos, y así no lograría un nuevo grado nunca.

                Caminaba deprisa, sin mirar el suelo, con la vista fija al frente. Entonces lo vio; un pájaro naranja, más grande que un gato, que lo miraba a los ojos. Mela frenó tan bruscamente que casi tira el comedero lleno de granos de trigo para aves que había a su espalda, frente al bello animal.

El aprendiz de mago lo miró perplejo. Aquel pájaro tenía algo que decirle, lo sabía, lo intuía, lo sentía. Si no, ¿por qué iba a observarlo tan fijamente? Mela levantó la cabeza, pero no lograba llegar a la altura del ave. Buscó una silla o una escalera, lo que fuera. Se tuvo que conformar con una piedra, que arrastró varios metros hasta situarla frente a él. Se subió y clavó sus ojos en los del exótico animal.

El pájaro no se inmutó, siguió mirando al frente, lo que corroboró las sospechas del aprendiz. Algo tenía que comunicarle, pero se hacía el remolón. Pues no iba a marcharse de allí hasta que consiguiera saber qué buscaba.

Los aldeanos se veían obligados a esquivarlo una y otra vez porque Mela se había situado en el centro del camino para observar a aquel animal. Sus críticas y reproches rebotaban sobre el aprendiz, que estaba centrado en descubrir quién había enviado el pájaro y con qué objetivo.

Para sorpresa de los transeúntes, Melandrón le preguntaba una y otra vez qué quería de él. Poco a poco, los aldeanos se iban arremolinando a su alrededor. El espectáculo era absurdo e irracional, pero lo suficientemente divertido como para que los agricultores olvidaran sus prisas por cambiar sus productos con los comerciantes, que también habían frenado sus cambios para observar aquel sinsentido.




El pájaro se fue poniendo nervioso y comenzó a graznar, cada vez con más potencia. Melandrón cambió el tono de sus preguntas y el animal cambió sus gritos por otros aún más guturales. El aprendiz de mago estaba cada vez más nervioso y transmitía su inquietud a aquel animal, hasta que ya no pudo más y estiró sus alas amenazante. Entonces Mela dio un paso atrás con brusquedad y comenzó a correr moviendo con grandes aspavientos sus brazos abiertos de par en par.

En apenas dos zancadas llegó hasta el castillo y, gritando como si la vida le fuera en ello, se plantó ante el shayim, que no mostraba su mejor cara.

—Van a atacar a Tarákil. Alguien de su propia sangre le va a arrebatar la corona. Me lo ha dicho un pájaro naranja. Será pronto y nadie podrá evitarlo…

El shayim lo miró sin poder borrar el enfado de su cara y le dijo:

—Ni siquiera con semejante tontería te vas a librar del castigo por llegar tarde. Déjate de pájaros naranjas y ponte a elaborar pócimas para curar las toses…

Por más que Melandrón juró una y otra vez que lo que decía era cierto, no frenó las risas de sus compañeros. Tampoco pareció convencer al shayim, que abandonó la sala cabizbajo y pensativo… 


lunes, 1 de septiembre de 2014

Relato nº 76 La despedida



Analdia, Xildra y Kanimed nacieron con apenas un suspiro de diferencia. A pesar de su delicada y extrema delgadez, arrebataron a su madre las últimas fuerzas que le quedaban y la dejaron exhausta y al borde de la muerte. Pero el destino fue benévolo con ella y le permitió vivir para ver crecer a sus hijas, aunque débil y postrada en una cama.

            Un ama de cría fue la encargada de amamantarlas. Por turnos se agarraban a sus pechos alternándolas con sus hijos varones, Dhulrán y Faruet. Los cinco crecieron juntos pero distantes. Cuando nadie los veía compartían juegos y confidencias, pero ante el padre de las tres nobles jóvenes, o cualquier otro habitante del reino, se ignoraban  para evitar odiosas reprimendas.

            El ama se ocupó de las tres chicas como una madre, ya que la verdadera jamás les perdonó que le arrebataran su juventud y sus ganas de vivir en el parto. Las educó como auténticas señoritas, enseñándolas a respetar a sus mayores, a obedecer las normas de su reino y de su padre, a mostrar siempre unos modales impecables y  a someterse a los designios  de los Señores del Viento.

            Dhulrán y Faruet las espiaban constantemente, por lo que aprendieron más de geografía e historia que lo que correspondía a los jóvenes de su estatus. Por no hablar de su manejo del lenguaje y de la escritura, ya que el tutor de las tres jóvenes los invitaba a sumarse a las clases cuando nadie los veía, a lo que ellos accedían sabedores de que si se negaban no podrían estar con ellas en lo que quedaba de día.



            El paso de los años fue fugaz y feliz para los cinco jóvenes. Se enfrentaron a la madurez juntos. Ellos entraron en la guardia personal del rey y ellas comenzaron a recibir a insulsos pretendientes que no satisfacían los deseos de ninguna de las tres.

            Conforme pasaban los ciclos solares, la presión de su padre aumentaba. Quería casarlas cuanto antes para estrechar lazos con otros señores, a ser posible los más poderosos, y tener nietos varones que garantizaran su linaje.

            Ellas comparaban a cada uno de los pretendientes con Dhulrán y Faruet y ninguno lograba ni siquiera acercárseles. El que no era feo, carecía de inteligencia, por no hablar de los antipáticos que adolecían de sentido del humor. Así se lo hacían saber a su padre, que iba perdiendo la paciencia con cada crítica que ellas enarbolaban.

            Hasta que llegó su 16 cumpleaños y el progenitor les anunció que habían terminado las visitas de los pretendientes. Las tres saltaron de alegría al unísono, convencidas de que por fin había entrado en razón y las dejaría elegir con libertad. Pero su ilusión se rompió en mil pedazos cuando el noble acabó su discurso. Las había comprometido con tres parientes del rey, las bodas se celebrarían durante el ciclo solar inferior, en el castillo del monarca. Se trataba de tres hombres que superaban la treintena, ancianos a los ojos de las jóvenes.

            Su padre no modificó su postura a pesar de que ellas mostraron su rechazo día y noche, dejaron de comer y se encerraron en su dormitorio durante largas jornadas. Tres días después del anuncio, les exigieron que se arreglaran porque sus prometidos acudirían al castillo a conocerlas. Las tres se vistieron de amarillo, el color de la alegría, según su padre, y esperaron pacientes en una sala. Para evitar que huyeran o montaran alguna algarabía indebida, el noble hizo que dos guardias las acompañaran, Dhulrán y Faruet.

            La tristeza dominaba la sala. Ninguno de los cinco se atrevía a pronunciar palabra, hasta que Kanimed, la más pequeña de las tres, rompió el silencio anunciando su intención de huir. No estaba dispuesta a contraer nupcias con un señor maduro, que probablemente habría tenido otra esposa y quizás contara con hijos de su misma edad. Esa no era la vida que quería. Estaba dispuesta a huir en dirección a Myrthya, el reino del Arco Iris, donde viviría feliz entre flores y verdes campos.

            Dhulrán sonrió al escuchar su descripción y raudo se mostró dispuesto a acompañarla. Sus hermanas tardaron poco en sumarse a la aventura, al igual que hizo Faruet.

            Planificaron una escapada espectacular, que incluía el robo de cinco corceles y de alimentos para varios días. Las chicas querían llevar varios baúles con sus joyas y vestidos preferidos, por no hablar de sus libros y juegos… Tampoco querían dejar atrás sus peines de nácar, ni sus zapatos fabricados en Zirwania, con conchas de las islas.

            Dhulrán y Faruet trataron de explicarles que no podían cargar con tantas pertenencias porque carecían de hogar en Myrthya, que durante un tiempo tendrían que comerciar con lo que pudieran llevarse para conseguir alimentos y cobijo, y que después, con suerte, se harían con un trozo de tierra que trabajarían juntos para construir una humilde cabaña que convertirían en su nuevo hogar.

            La alegría abandonó poco a poco el rostro de Kanimed. El trabajo no entraba en sus planes, y mucho menos el renunciar a sus bellos vestidos y a la delicadeza de sus manos. La idea romántica de huir incluía la vida en un nuevo castillo con sus dos grandes amigos, pero eso era algo que ellos no le podían ofrecer.




            Mientras desmembraba estos pensamientos, entró su padre con los tres pretendientes, que sonrieron al contemplar la belleza de las jóvenes. Ellas correspondieron con reverencias y rubor en sus mejillas, al tiempo que se deshacían en cumplidos ensalzando la caballerosidad y galantería de sus futuros esposos.

            Por su parte, Dhulrán y Faruet retrocedieron sin hacer ruido hasta llegar a la puerta. Cabizbajos, abandonaron la sala asumiendo que aquel había sido el final de una larga amistad…