Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 31 de marzo de 2014

Relato nº 56 La leyenda de los ñuts



Mucho antes del Segundo Comienzo, antes de que los invasores arrasaran Mundo Conocido, el subsuelo de algunos bosques servía de morada a los ñuts, una raza de seres enanos que construyó bajo tierra una civilización independiente del resto de especies que poblaban la superficie. Los ñuts poseían enormes manos, que usaban para cavar túneles, y unos ojos grandes habituados a la oscuridad reinante en sus dominios. No tenían nariz y respiraban por dos pequeños orificios situados sobre la boca. Eran seres amigables, de aspecto bonachón, con enormes orejas y que nunca desdibujaban una espléndida sonrisa de su rostro. Siempre dispuestos a ayudarse entre ellos, la codicia y el egoísmo eran términos que no existían en su conocimiento. Los ñuts rara vez salían a la superficie y jamás mantenían contacto con otras especies, y mucho menos con la más temible de todas, los humanos. 



    Cuentan las leyendas, que había un joven ñut, al que llamaban Iksart, que acostumbraba a trepar por las raíces de los árboles y pasaba días enteros escondido entre el follaje de las hojas que cubrían el suelo observando el exterior. Iksart disfrutaba contemplando desde su escondite el trotar de los caballos, los poderosos bueyes tirando de los carros, los perros y gatos corriendo unos tras otros en interminables persecuciones, y a los hombres. Al joven no le asustaban los humanos. Desde que nació, había escuchado como los ancianos relataban episodios atroces de muerte y destrucción protagonizados por la especie que dominaba la superficie de Mundo Conocido. Pero Iksart los había visto reír, jugar, amar, y unos seres que parecían disfrutar tanto de la vida no podían ser tan peligrosos…
    Guiado por esta equivocada concepción del ser humano e impregnado por un insaciable espíritu aventurero, el pequeño ñut se decidió, en una oscura noche, a abandonar la protección del subsuelo del bosque y salir al exterior. Caminó sin temor por el linde del sendero y no se detuvo hasta que los últimos árboles quedaron lejos. Gracias a su visión, acostumbrada a la eterna oscuridad, se movía con celeridad a pesar de que la luna y Dalurne permanecían ocultos tras un manto de nubes que dominaba el cielo.
    Cuando ya pensaba que sus pies no aguantarían mucho más, alcanzó lo alto de una colina y desde allí pudo contemplar cómo, bajo la misma, aparecía una aldea de casas lóbregas con ventanas iluminadas por las luces de las velas. No eran muchas las viviendas que allí se concentraban, apenas dos docenas, pero a Iksart le llamó mucho la atención una de ellas, de cuyas paredes brotaba un enorme bullicio cargado de risotadas y cánticos.
    Sin duda, pensó el ñut, aquel debía ser un lugar lleno de buenas gentes.
    Con premura y sin ocultar su diminuto cuerpo, Iksart se dirigió hasta la puerta entreabierta de aquella taberna y no albergó temor alguno cuando de un salto alcanzó y giró el pomo de la misma. El portón chirrió mientras se movía y la algarabía del interior penetró sin barreras en los grandes oídos de Iksart.
    De repente, el silencio se adueñó del salón cuando el pequeño ñut hizo su aparición en el dintel de la puerta. La taberna se encontraba llena de cazadores, tramperos, caza recompensas, rameras… todos destilando alcohol por sus venas y anonadados ante la imagen de aquel ser tan pequeño que jamás habían visto. Iksart no se amedrentó y con una cortés reverencia dijo:
    — Buenas noches, mi nombre es Iksart y vengo hasta aquí en busca de conocimientos y de nuevos amigos.
    Ninguno de los presentes dijo nada. Apenas se atrevían a pestañear por miedo a que, si lo hacían, aquel enano desapareciera. Todos albergaban el deseo de capturarlo con el fin de mostrarlo en las plazas y mercados de los pueblos de las comarcas cercanas. Quién sabe, a lo mejor hasta el mismísimo rey Ódriel pagaría una gran suma por quedárselo como bufón. 
    Iksart comenzó a incomodarse al ver las caras de la muchedumbre que se agolpaba frente a él. El ñut perdió su inseparable sonrisa, dio un paso atrás y, tras un breve carraspeo, volvió a hablar:
    — Espero que mi presencia no sea un impedimento para que sigan divirtiéndose. Mi intención es conocer un poco más de su especie.
    Una mujer, que se abrochaba los botones de la blusa que llevaba medio abierta, se adelantó y se agachó mirando al ñut. Olía a cerveza y a hidromiel. Tras un breve vistazo, se incorporó, miró al resto de los allí presentes y gritó señalando a Iksart:
            — ¡Coged a ese bicho!




lunes, 24 de marzo de 2014

Relato nº 55 El despertar de la trashumante



Arlyanda no soportaba a los humanos. Eran seres indolentes, sumisos y débiles que se dejaban llevar por sus emociones. Nunca habían sido capaces de desarrollar de forma inteligente sus habilidades mágicas, ni siquiera eran conscientes de que las poseían. Se creían superiores e invencibles al resto de especies. 
    Arlyanda detectaba a los humanos a mucha distancia. Aunque intentaran ocultarlo con sus friegas de jabón, su nauseabundo olor los delataba. Esa mezcla de sudor, perfumes y feromonas que los rodeaban era insoportable. El tufo del miedo era el peor de todos y el más frecuente cuando se topaba con uno de ellos.
    Arlyanda los evitaba siempre que podía. Vivía en lo alto de los Montes Sima, donde elaboraba nuevas pócimas, experimentaba con los animales y desarrollaba sus facultades con trabajo diario. Era una de las pocas brujas trashumantes que quedaban en Mundo Conocido, quizás porque en pocas ocasiones había explotado su mayor habilidad, la de transformarse en quien deseara. Prefería ser ella misma. Se gustaba.
    Su rostro de duras facciones estaba enmarcado por una escasa pelambrera que ocupaba el espacio de lo que debiera ser una tupida melena. La quería así porque no le molestaba. Sus ojos eran redondos y sobresalían como los de las ranas, lo que le otorgaba un campo de visión mayor al habitual. Su dentadura dejó de serlo tiempo atrás ya que sus dientes la abandonaron poco a poco conforme ella se acostumbraba al sabor de las hierbas, que prefería al de la carne. Su piel había adquirido con el tiempo un color cetrino que le resultaba hermoso ya que le recordaba al de las velas que su madre encendía cuando invocaba a los malos espíritus.



    Aquella mañana se había levantado alterada porque el sol lucía especialmente cálido. Odiaba la luz y todo lo que ella conllevaba. Le gustaban la lluvia y el frío, que le otorgaban la soledad que tanto amaba. Un olor incierto invadió su nariz en cuanto abandonó la choza. Era un aroma arrogante que se elevaba por encima del resto de olores de la naturaleza. Sin duda se trataba de un macho humano. No tenía miedo, se dirigía a su cabaña cargado de dudas inciertas, las intuía a muchos pies de distancia. Se preparó para lo peor. Si un humano asustado era odioso, uno altanero despertaba sus peores instintos.
    Le salió al encuentro porque quería mantener a aquel ser lejos de sus dominios, no quería que lo infectara todo con su fetidez. El hombre no se amilanó al verla, al contrario, se enderezó y aceleró el paso para salirle al encuentro.
    — Llevo muchas jornadas buscándote, mi rey reclama tu presencia —afirmó con viva voz.
    Arlyanda lo miró de arriba abajo con desdén. Era el primer humano que mantenía el tipo frente a ella y, aunque no quisiera reconocerlo, eso la atraía. No le gustaba tanto el tono imperativo que utilizaba al hablarle.
    — No entiendo de monarcas ni acato las leyes de los hombres. Me importa poco lo que tu rey reclame, así que vete por dónde has venido si en algo aprecias tu vida. No te daré nuevas oportunidades —dijo, sorprendiéndose a sí misma por su benevolencia.
    — Mi señor cree que cuando escuches su oferta no podrás rechazarla. Quiere que destruyas a mucha gente y que impongas el reinado de la locura, la violencia y el odio.
    — Tu rey no aprecia mucho a los de su especie. Mucho tiempo atrás, antes de que ni siquiera los hombres pisarais esta tierra, las trashumantes dominábamos Mundo Conocido, pero la naturaleza se volvió en nuestra contra. Tempestades, ciclones, tsunamis, volcanes y terremotos acabaron con nuestras hermanas. Solo tres de nosotras logramos sobrevivir ocultas en inhóspitos lugares. Aprendimos la lección. Desde entonces nos hemos ido fortaleciendo, preparándonos para la gran batalla que un día libraremos contra esta tierra. Pero no será cuando tu soberano ordene, sino cuando nosotras lo decidamos.
    — Ya no sois tres, sino dos. Unos humanos han matado a una de tus hermanas. 
    Arlyanda enfureció ante aquella afirmación. Sintió que por fin se justificaba el vacío que anidaba en su alma desde días atrás. Su rostro se tornó dorado y su cuerpo comenzó a arder. Sin que el hombre tuviera tiempo de reaccionar, le lanzó una bola de fuego que lo incineró. Inmediatamente después acabó con el bosque que la rodeaba y que había sido su hogar durante muchos ciclos. Animales y especies vegetales sucumbieron ante su furia. El odio que anidaba en su alma brotó en forma de viento huracanado de su boca. El saber que había acumulado durante tanto tiempo de investigación daba sus frutos, pero lo hacía de forma descontrolada.
    Era incapaz de poner orden en su mente y mucho menos en sus pensamientos. Arrasó cada aldea que atravesaba sin dar a los humanos opción a defenderse y se dirigió a Myrthya, allí se hallaba el rey que la había hecho llamar desbocando una furia que jamás había imaginado.



lunes, 17 de marzo de 2014

El arte de los Seis Reinos


  

 

 







Una fantástica recopilación de fotografías e ilustraciones de Antonio Amboade y Rocío Martínez, grandes artistas y colaboradores de este blog.

lunes, 10 de marzo de 2014

Relato nº54 Amor eterno



Lo suyo no fue un amor romántico y desenfrenado como el que solían describir sus amigas. Ni siquiera le gustó la primera vez que lo vio. Demasiado moreno, quizás debido a su trabajo en el campo. Demasiada barba, con el tiempo supo de su falta de destreza con las navajas. Demasiado alto, ella apenas le llegaba a la altura del hombro. Demasiado charlatán, trataba de impresionarla con sus eternas historias de aventuras y luchas que la aburrían de manera soporífera. Demasiado…
    Pero poco a poco se fue habituando a su simpatía, porque siempre encontraba la forma de hacerla sonreír; a su amabilidad, porque jamás le escuchó grito ni palabras desagradables hacia los demás; a su destreza, porque no había trabajo manual que se le resistiera; a su inteligencia, que le permitía hablar de cualquier tema con conocimiento; y, por encima de todo, a su amor, que la conquistó sin que su corazón apenas se diera cuenta hasta que ya fue demasiado tarde.
    Su romance fue tranquilo, sin altibajos, sin grandes peleas ni bravas reconciliaciones. Se quisieron con ternura bajo la protección de un bello almendro en la estación solar superior. Sus padres aprobaron su enlace y les ayudaron a construir una pequeña cabaña junto a la suya.
    Lo tenían todo para ser felices: cariño, un hogar en el que vivir, tierras que labrar para conseguir alimentos, buenos amigos con los que compartir penas y alegrías y dos familias que los amaban y cobijaban.
    Pero eso no fue suficiente para ella. Anhelaba conocer cada rincón de Mundo Conocido. Quería vivir las aventuras que escuchaba a los juglares. De noche, cuando creía que nadie la oía, lloraba maldiciendo la suerte que la había atado a él, impidiéndole alcanzar su sueño de unirse a la guardia real myrthyana.
    Y así noche tras noche, día tras día, hasta que acabó con su paciencia.
    Una mañana, sin ser consciente de la tormenta que se cernía en el horizonte, Dargalt se despidió de su esposa con más pasión de lo habitual. Le dio un fuerte abrazo, que casi la deja sin costillas y le ofreció el beso más tierno y dulce que nunca le había entregado. Ella nada sospechó. Siguió con sus quehaceres diarios hasta que llegó la noche y comenzó a preocuparse por la ausencia de su amado. Espero sentada tras la ventana de su humilde morada. Consumió más de la mitad de sus velas y solo llegó la luz del sol. Entonces se lanzó como una loca a los caminos. Primero visitó a sus padres, que nada le supieron decir de su paradero. Después recorrió una a una las casas de sus vecinos, que tampoco supieron darle nuevas y por último le tocó el turno a sus amigos, que no podían creer lo que les narraba.


    Una terrible inquietud se apoderó de su alma. Lo buscó durante días y noches sin descanso. Recorrió cada pueblo de Myrthya siguiendo un rastro imaginario. Con cada paso que daba su carácter se fortalecía. Aprendió a valerse de su belleza y de su cuerpo para sobrevivir en los lugares más inhóspitos del reino. Se transformó en otra mujer, la guerrera que siempre quiso ser, pero perdió la alegría que hasta entonces la había acompañado.
    Tras más de media estación de búsqueda, cuando estaba a punto de abandonar, unos pescadores de la aldea de Balyeza le hablaron de un hombre alto, moreno, barbudo y charlatán que semanas atrás compró una barca, asegurando que la única forma de dar a su esposa lo que ella tanto anhelaba era abandonarla, aunque ello le rompiera el corazón.
    Shalhine no pudo creer lo que escuchaba. Les preguntó dónde pescaba aquel hombre y le dijeron que en ningún sitio. Que marchó en busca de aventuras tratando de cruzar el ancho océano y que, hasta entonces, nadie lo había vuelto a ver. Los pocos que un día se aventuraron  a adentrarse en el mar en aquella época nunca regresaron para contar qué había más allá de sus costas.
    Shalhine lloró durante muchos días odiándose por no haberse dado cuenta hasta entonces de que lo único que realmente amaba era lo que había perdido por su inconformismo.
    Tras varios días de agónico letargo, la joven tomó una decisión; vendió sus pertenencias y compró una barca. Encontraría a Dargalt aunque le costara la vida en el empeño.
    Cuentan los aedos que muchos la vieron partir y dirigirse hacia el horizonte, que otra pequeña embarcación parecía esperarla dónde mar y cielo se unen, y que en las noches más claras, cuando la luna alumbra la inmensidad del océano, se puede contemplar dos barcas surcando con serenidad el bravo mar, siempre juntas, sin destino definido ni deseo de retorno…
            … dos pequeños botes volando sobre las olas, abrazados por un amor tranquilo, pero eterno.


                “La leyenda de Dargalt y Shalhine” es narrada por bardos y aedos por todos los rincones de Mundo Conocido.


lunes, 3 de marzo de 2014

Relato nº 53 El Incapaz



Jamás aprendió a hacer la pócima perfecta. Por mucho que el shayím le indicara una y otra vez qué ingredientes debía utilizar y la manera correcta de elaborarla, Gurtluy siempre acababa confundiéndose y estropeándola. No se podía decir de él que fuera un alumno aventajado, sino más bien todo lo contrario. El joven se esforzaba por aprender cada conjuro como si le fuera la vida en ello, trataba de conocer las artes de la invocación mejor que a sus propios compañeros y apenas dormía para controlar a su voluntad las funciones de su cuerpo. Pero nada era suficiente. Unas veces por la entonación, otras por la mala interpretación de los elementos naturales o simplemente por una raíz equivocada vertida en la pócima, el resultado era siempre el mismo… Desastroso.
    Alicaído y frustrado, Gurtluy empezaba a asumir que nunca conseguiría la toga púrpura que lo acreditaría como mago. Las burlas de sus compañeros de orden, que lo apodaban “El Incapaz”, aumentaron tras la desaparición del shayím tras los pasos del príncipe Asúrim, que había partido para luchar por el trono de Suliadán de Mundo Conocido. El reino parecía un gran tablero de juego dónde ninguna de las piezas se encontraba en su lugar. El rey Tarákil estaba encerrado en sus aposentos y del príncipe Ódriel contaban que había enloquecido. Gurtluy presentía que algo estaba a punto de ocurrir.
    En su mente se colaba sin resistencia la idea de que debía huir y llevarse consigo a sus compañeros para ponerlos a salvo. Nadie lo creía, pero estaba convencido de que se le había encomendado esa misión. Trató de convencer uno a uno al resto de aprendices, pero fue inútil.
    —Incapaz, si no puedes hacer ni un conjuro, ¿cómo vamos a dejar que nos guíes fuera de Myrthelaya por un mal presagio que ronda tu atolondrada cabeza? —preguntó Burlah, uno de los estudiantes más aventajados.
    —Eso es. ¿Realmente piensas que si alguna fuerza espiritual quisiera contactar con nosotros te elegiría a ti para mandarnos un mensaje? —añadió otro de sus compañeros entre las carcajadas del resto de iniciados.
    Gurtluy abandonó las instalaciones de la hermandad de magos sumido en la más dolorosa soledad. Pero El Incapaz no iba a darse por vencido. En su interior sabía que tenía que actuar y de una forma u otra demostraría a todos que la razón se había aliado con él.


     Esperó a que las estrellas ocuparan el lugar de las nubes en el firmamento y, poseído por una fuerza hasta entonces desconocida, se dirigió a la estancia donde dormían el resto de aprendices y se situó en el centro. De sus labios no salieron conjuros ni palabras, sino un sonido sibilante, similar al de ciertas víboras. Como poseídos por espíritus ancestrales, sus compañeros se levantaron y dirigieron hacia él sus ojos vacíos, blancos como la luna que alumbraba la estancia. El Incapaz sintió miedo al comprender que no era dueño de sus actos, que algo o alguien guiaba sus movimientos inyectando en su cerebro qué debía hacer y decir en cada momento. Sus piernas tenían mucha más voluntad que su conciencia e iniciaron la marcha, seguidas de cerca por las del resto de iniciados. Durante más de dos jornadas anduvieron sin descanso por montes, cruzaron ríos, salieron de Myrthya y atravesaron Zirwania. No pararon a comer ni a dormir y apenas bebieron, aunque la sed sodomizaba sus gargantas.
    El silbido que había salido de sus labios durante todo el trayecto cesó cuando llegaron a reino de Vharane. Todos cayeron desplomados al tiempo, como si la fuerza que les había empujado hasta entonces los abandonara. Despertaron de un sueño inquieto, mirándose unos a otros desconcertados sin saber dónde se hallaban. Todos los rostros se giraron hacia Gurtluy, que no sabía qué decirles. Cuando se levantaron y se dirigieron amenazantes hacia El Incapaz, una sombra surgió de la arena y les dijo:
    — Bienvenidos, os esperaba. Disculpad que no os dijera nada. Era imprescindible que abandonarais Myrthelaya cuanto antes porque vuestras vidas corrían un gran peligro. Tuve que elegir para guiaros a aquel de vosotros que conoce mejor los secretos de la magia. El alumno que más días ha dedicado al estudio de las pócimas, que más se ha esforzado por entender el porqué de los conjuros y que ha demostrado tener una voluntad tan grande como su corazón… Gracias, Gurtluy, por traerlos hasta aquí—, anunció el shayím.
    Todos los aprendices de mago miraron atónitos como los ropajes sucios y desgastados de El Incapaz se convertían en una solemne túnica de color morada. Su mirada, antes perdida en mil pensamientos, se tornó penetrante y una lucidez, impensable en él días atrás, se instaló en su semblante dotándolo de sabiduría y templanza.
    Gurtluy no podía creer lo que había sucedido, pero algo en su interior le hizo entender que a partir de ahora jugaría un papel fundamental en el destino de Mundo Conocido y sabría qué hacer en cada momento. Ya nada volvería a ser como antes.