Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Relato nº 45 La última aventura



Caminar solos era parte de la aventura. Adentrarse por las Montañas del Abismo con sus caballos como única compañía era probablemente la última locura que cometerían en sus vidas. El final se acercaba y eran conscientes de ello. No había marcha atrás; la decisión estaba tomada y sellada por el abrazo de su padre.
    Farantull y Melderén partieron de madrugada, cuando todavía la noche dominaba el cielo con su oscuridad. Tenían claro cuál era su destino y, a pesar de que no les gustaba, lo acataban con la resignación propia de los cochinos que van al matadero antes de que el ciclo solar superior comience.



    La noche anterior habían bebido hidromiel hasta perder el sentido. Un grupo de amigos irrumpieron en su casa y se llevaron a los dos hermanos a merodear por diferentes tabernas de las aldeas cercanas. Farantull despertó en una cuadra con una gran boñiga de caballo como almohada. Melderén tuvo mucha más suerte, ya que fue a parar al rincón de los burros, que lo acurrucaron como si de una amante satisfecha se tratara.
    Dos meses atrás habían sellado su destino. Juntos, como casi todo lo que hacían, pactaron inconscientemente el final de su libertad guiados por los consejos de sus padres. Sabían que el día llegaría y deberían cumplir su palabra como buenos hijos de Kalandrya. Atrás quedaban las aventuras, las risas, las juergas hasta altas horas de la madrugada, las mañanas tirados en sus jubones sin nada que hacer, las horas muertas jugando y las largas partidas de caza.
    Habían apostado y perdieron. Quizás por eso eligieron el camino más largo para enfrentarse a su destino. Las Montañas del Abismo eran famosas por su fiereza, y preferían morir allí, entre sus nieves eternas, que alcanzar su objetivo.
    Pero parecía que los espíritus de la tempestad se habían confabulado en su contra ya que, por imposible que pareciera, el sol había retomado su reinado tras días y días de permanecer oculto tras las nubes. El viento también les había abandonado, permitiéndoles alcanzar su meta, más allá de las montañas.
    Tardaron dos días en llegar y, cuando lo hicieron, parecían dos mendigos abandonados a su suerte, pero allí estaban para sellar su destino. Sus verdugos les esperaban en el altar del sacrificio con vestimentas nupciales. No había forma de escapar. Eran kalandryanos de palabra y cumplirían su promesa.
    Farantull y Melderén atravesaron con paso dubitativo aquél túnel de hachas y espadas formado en las afueras del templo. Se miraron circunspectos, tragaron saliva y, juntos, se enfrentaron a las dos gemelas con las que se prometieron meses atrás.       
    No había escapatoria posible. Era el final, y lo sabían.



lunes, 23 de diciembre de 2013

Relato nº 44 ¡No soy un cobarde!



Nunca se atrevió a cruzar el Orwena. El agua no era su medio, prefería correr con las cabras por el monte y atravesar junto a las ovejas los verdes pastos myrthyanos. El río le atraía como el siseo de las serpientes a sus presas, pero se mantenía alejado. Temía que le engullera, como había hecho con otros muchos. Nunca aprendió a nadar y le parecía absurdo que los hombres quisieran dejar la tierra, para la que estaban realmente preparados.



     Cada mañana lo saludaba desde la ventana de su habitación, como si de un viejo conocido se tratara. Creció junto a él, entre sus piedras lavaron su ropa y muchos días se alimentaba de los peces que nadaban entre las aguas.
    Pero algo en su interior se turbaba conforme sus pies se acercaban a la orilla. Un relámpago cruzaba su vientre, un terremoto se adueñaba de sus brazos y piernas, al tiempo que una fina lluvia salada perlaba su frente de pequeñas gotas. Las fuerzas de la naturaleza se aliaban para dominar su cuerpo y dejarle claro que su lugar estaba lejos de aquel embaucador río.
    Pero esta mañana se levantó con una sensación diferente. Abandonó el jergón y no se dirigió a la ventana como cada día. No deseaba saludar en la distancia a su compañero, quería hacerlo cara a cara. Necesitaba demostrarse que era capaz. Estaba harto de escuchar las bromas de sus amigos tachándolo de cobarde, pero sobre todo le importunaba su propia insatisfacción. Siempre se vanagloriaba de conseguir todo lo que se proponía, de ser atrevido, osado y, sobre todo, valiente. Y así era en todo, salvo en lo que al Orwena se refería.
    Pero eso terminaba hoy. El bravo río no sería nunca más un límite para Radsall. Decidido, dirigió sus pasos hacia el agua. Lento pero convencido de lo que hacía. Llegó el relámpago, removiendo su estómago y convirtiéndolo en un volcán a punto de explotar, y lo obvió. El terremoto provocó que sus piernas temblaran tanto que apenas podía caminar, pero siguió avanzando hasta que se calmaron. La lluvia de sudor llegó y no se conformó con su frente, como era habitual, sino que también se adueñó de sus manos. Las secó en su camisa y continuó.
    Había tomado una decisión. Los lamentos no sirven para nada. Sólo la acción nos libra de las heridas que la cobardía causa en nuestra alma. Así que allí estaba, en la misma orilla del Orwena, que le recibía con su mayor virulencia. En las últimas semanas las lluvias habían sido prolíficas y el río lucía esplendoroso, con su máximo caudal y una corriente que arrastraba troncos y animales como si de plumas se tratara.
    Radsall se descalzó lentamente. No pensar era la única opción, ya que si permitía que su mente funcionara, el miedo la conquistaría. De un tirón abandonó sus calzones y su camisa y se introdujo desnudo en la orilla; con calma. Paso a paso fue ganando la zona más profunda y sin apenas darse cuenta, se relajó y disfrutó de la frialdad del agua. El Orwena lo acogió como una dulce amante transportándolo corriente abajo.


           
     Radsall se sintió reconfortado y eufórico por haberlo logrado. Después de años de temor infundado había conseguido vencer al miedo y ganar al río la batalla más importante de su vida. Ahora tocaba disfrutar y sentir como las aguas lo envolvían convirtiéndolo en rey de un territorio conquistado…
    …No contaba con el remolino que lo arrastró a las profundidades donde quedó sin respiración. Antes de perder el conocimiento levantó la vista para ver brillar el sol por encima de la superficie del Orwena. Luego cerró los ojos para siempre mientras  un último pensamiento lo acompañaba a la eternidad:
    — Ahora ya nadie podrá decir que soy un cobarde.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Relato nº 43 Un reino sin viento


Alietne despertó sobresaltada por la terrorífica calma que lo envolvía todo. No se escuchaba nada en su habitación. Silencio era lo único que captaban sus oídos. Se levantó de un salto y corrió hacia la ventana, abriéndola de par en par. Al asomar la cabeza, una sensación de abandono absoluto la dominó. ¿Quizás había perdido la capacidad de oir lo que ocurría a su alrededor? ¿Una enfermedad súbita había taponado sus oídos dejándola sumida en la soledad del silencio?
    Mientras esos oscuros pensamientos se adueñaban de su cabeza, más ventanas se abrieron en las casas colindantes. No era la única que lo había percibido. Las caras de sus vecinos mostraban la misma perplejidad que su rostro desvelaba. Alietne se colocó unas sencillas zapatillas de piel de oveja y una capa y bajó las escaleras lo más rápido que sus debilitadas piernas le permitieron.
    Abrió la puerta esperando que todo hubiera sido una horrible pesadilla. En sus casi cinco décadas de vida nunca había sentido nada parecido. El viento siempre la había acompañado, convirtiéndose en la melodía que guiaba su caminar por los senderos de la existencia. Era el amo y señor de Sylvilia por encima de hombres, animales y otros fenómenos de la naturaleza.  En las mejores estaciones del año, soplaba suavemente, guiado por los espíritus que lo crean y que hacen que suene como una nana que alegra el alma. En el ciclo solar inferior se transformaba en un ruido atronador que les obligaba a utilizar tapones para no volverse locos.
    Jamás el viento había dejado de soplar en el reino. Al menos, no desde el Segundo Comienzo, desde que escribas y aedos recopilaban en sus libros y canciones cada segundo de lo acontecido en Sylvilia.
    Los vecinos iban formando corrillos en torno a Alietne. Nadie sabía qué ocurría. No eran capaces de entender cómo el aire había detenido su eterno deambular. En lo que sí coincidían era en que aquello no podía ser bueno.
    -¿Cómo funcionarán los molinos que nos permiten tener harina para hacer pan y otros alimentos?-, preguntaba una anciana.
    -¿Cómo secaremos nuestras ropas y viajaremos de un lugar a otro sin su fuerza?, dijo por respuesta un joven con el que solía coincidir en el mercado.
    -¿Cómo moveremos el agua para que llegue a nuestras casas?-, inquirió una chica de rubias trenzas.
    La desesperación comenzó a hacer mella en los lugareños. Eran gentes acostumbradas a vivir con el viento como aliado desde que nacían. Era el aire el que movía sus cunas y el que, mediante unos complicados utensilios creados generaciones atrás, se ocupaba de avivar el fuego y mantenerlos calientes cuando las llamas amenazaban con extinguirse. En su infancia, los pequeños tornados marcaban sus juegos, meciendo los asientos colgantes que sus padres les construían en los árboles y empujándoles por sinuosos toboganes. Y ya de adultos, era el viento el que movía sus medios de transporte y cada una de las maquinarias que habían ideado para hacer más sencillas sus vidas.
    Sin embargo, esa noche del año 532 del Segundo Comienzo, los señores del viento habían ordenado que dejara de soplar.
    Como si todos se hubieran puesto de acuerdo sin mediar ni una palabra, se dirigieron al castillo donde esperaban que el rey les diera alguna explicación. Si alguien sabía qué estaba ocurriendo debía ser, sin lugar a dudas, el monarca de Sylvilia.
    Conforme se acercaban a los muros de la fortificación se les unieron decenas de aldeanos de las casas más cercanas. A lo lejos, desde las montañas, se iban sumando los vecinos de los pueblos situados en las laderas. Lo que en un principio era un grupo de sylvilianos atemorizados se  fue convirtiéndose en una marabunta de personas deseosas de respuestas.
    Nadie se atrevía a tocar las aldabas del castillo. No estaban autorizados a atravesar sus muros. Los soldados que protegían al rey podrían atacarles si les confundían con enemigos. Pero no fue así. Cuando el más atrevido de los aldeanos se acercó a la puerta comprobó que no había nadie junto a ella y que, con un leve empujón, se abría de par en par.


     Animado por la marabunta que había a su espalda, el osado joven se vio obligado a atravesar el portalón, seguido por Alietne. Lo que había tras los muros les dejó boquiabiertos. Decenas de cadáveres poblaban el patio central del castillo. Era imposible distinguir a sirvientes de soldados y de señores. Todos estaban bañados en un mar de sangre y, sobre ellos, se alzaba la figura del monarca, empalado en una gran estaca. 
    Alietne se quedó mirando aterrada a su rey. Sin pensarlo un segundo, pidió la ayuda de sus compañeros y entre todos lo bajaron de aquella burlona sepultura. Le rodearon con la banderola con el escudo de Sylvilia, que arrancaron de la entrada, y le dotaron de la dignidad que los asaltantes le habían robado.
    En ese instante se escuchó el llanto de un niño bajo la montaña de cadáveres. Todos los aldeanos se pusieron a trabajar sin descanso hasta que encontraron, oculto bajo las faldas de la reina, al hijo menor del monarca, su heredero.
    Entonces, como si los espíritus hubieran logrado su objetivo, el viento volvió a soplar furioso, clamando venganza.


               
                Episodio perteneciente a la cronología del reino de Sylvilia acontecido en el año 532 del Segundo Comienzo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Relato nº 42 Caprichos del destino



La noche es calurosa. Una leve brisa sopla llegada desde lo alto de las Montañas Saladas aportando algo de frescor a un ambiente tórrido. Camino cabizbajo hacia el puesto de vigilancia situado en la atalaya al pie de las montañas. No dejo de repetirme una y otra vez que la mala suerte me persigue. Hoy no me tocaba hacer guardia. Disfrutaba de mi día libre cuando un emisario llegado desde el castillo me trajo un mensaje del capitán avisándome de que debía incorporarme de inmediato a cubrir a un compañero que había caído enfermo por fiebres.
            Mentira. Posiblemente esté ahora en brazos de una ramera gastándose el jornal que nos pagaron ayer, disfrutando y gozando mientras yo paso la noche a la intemperie con la única compañía de Dalurne alumbrando mi desesperación. Y tenía que ser justo hoy, el día que había decidido pedir matrimonio a la mujer con la que llevo años compartiendo mi vida. He ahorrado durante dos ciclos para poder pagar al orfebre una sortija con brillantes incrustados que no voy a poder regalar porque un compañero ha decidido irse de putas la noche más importante de mi vida. 


            En fin, habrá que esperar unos días para poder prepararlo todo tal y como lo había hecho. Una mesa apartada en la taberna a la luz de dos velas, un bardo entonando baladas e impregnando el ambiente de un romanticismo palpable y una suculenta cena preparada para la ocasión.
            Me detengo en mitad del camino. Una espesa niebla ha aparecido de la nada ocultando el sendero y los árboles que lo delimitan. No puedo divisar la atalaya a pesar de su altura. La temperatura ha subido como si el sol hubiera decidido salir a pasear por nuestro reino. Me cuesta respirar y mi cuerpo empieza a sentirse agotado. He oído algo  unos pasos a mi derecha. Es una especie de siseo. Podría ser el viento, pero también ha desaparecido como por arte de magia. Vuelvo a escucharlo con más nitidez. Es un susurro que suena ahora a mis espaldas. Mis piernas empiezan a temblar hasta hacerme caer de rodillas. Desenfundo mi espada e intento darme la vuelta, pero mi cuerpo no responde. Apenas puedo reunir fuerzas suficientes para mantener firme el acero en mi mano. Y entonces lo oigo de nuevo. Está situado detrás de mí. Puedo sentir su respiración sobre mi cabeza. El hedor es nauseabundo. El olor de la muerte se introduce por mi nariz y hace llorar mis ojos. Una mano fría como el hielo roza uno de mis hombros. De inmediato mi espalda se sacude como si mil latigazos hubieran impactado a la vez haciendo que todas las terminaciones nerviosas se estremecieran. La visión se me nubla por las lágrimas de sangre que empiezan a brotar de mis ojos y caigo al suelo apoyado sobre mis manos. Mi respiración se convierte en un jadeo, luchando por atrapar la última bocanada de aire.

         En este momento soy consciente de que voy a morir. Un último pensamiento para recordar que la mala suerte me persigue. Yo no debería estar aquí hoy. ¿Quién le dará ahora a mi prometida su sortija?... ¿Quién?