Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Relato nº 33 Cadena de tempestades



El resplandor iluminó el más gris de todos los amaneceres anunciando la catástrofe que estaba por llegar. Dos pescadores observaban los relámpagos en el horizonte marino mientras trabajaban junto al embarcadero deshaciendo los nudos de sus viejas redes y comentando que si la tempestad llegaba a tierra no podrían salir a faenar. Antes de que los gallos entonaran sus cánticos al alba comenzaron a caer los primeros rayos sobre las aguas que empezaban a removerse. Las olas fueron poblando un mar que había despertado en calma, empujadas por el viento que aproximaba la tormenta a gran velocidad hacia la costa. El sonido de los truenos desgarró los sueños de los habitantes de las aldeas próximas al litoral haciéndolos despertar inmersos en la más horrible de las pesadillas. Una madre corrió a abrazar a sus dos pequeños que lloraban asustados por el ruido de los rayos al tocar la húmeda arena de la playa.




            -Tranquilos, hijos míos. No es más que una tormenta que pasará rápido-, les decía la mujer mientras observaba asustada desde su ventana como las olas comenzaban a coger altura y sobrepasar los diques del embarcadero.
            Cuando el temporal tocó tierra ya era demasiado tarde. El mar avanzó sin hallar resistencia hasta arrasar la costa norte del reino de Myrthya. Las casas de madera con techos de paja y caña fueron engullidas por las aguas que se abrían paso como el más poderoso de los ejércitos, capitaneadas por un viento despiadado. La naturaleza había congregado a sus fuerzas rodeando el reino del arco iris y lanzaba un ataque planeado al detalle.
            Los habitantes de los pueblos que lindaban con el mar corrían desesperados a refugiarse en las tierras del interior. Los hombres tiraban de sus mujeres, que arrastraban a sus hijos entre las aguas que llegaban de todas direcciones. Los ancianos fueron abandonados a la espera de la muerte más agónica y los animales se ahogaban lentamente cuando las aguas inundaban los establos. Muchas aldeas desaparecieron bajo el empuje del oleaje convirtiendo en lagos salados lo que antes eran fértiles campos.




            Los más rápidos fueron dejando el mar a sus espaldas, pero cuando parecía que la carrera por salvar la vida alcanzaba la meta un nuevo y atronador rugido llegado del cielo fracturó las esperanzas de los moradores de los pueblos y ciudades más alejados de la costa. Dos nuevas tormentas llegaban desde el sur y el este. Con la velocidad con la que cazan las águilas, el reino de Myrthya quedó cubierto por un manto de oscuridad y desolación. Los rayos caían por cientos atacando los bosques y asesinando a los asustadizos aldeanos que allí se escondían. El viento destrozaba las almenas y muros de los castillos demostrando que no hay enemigo más cruel que la propia naturaleza. Los ríos se desbordaron arrasando las plantaciones y el granizo destrozó las cosechas que debían alimentar a los myrthyanos durante el ciclo solar siguiente. Nada escapó a aquel cataclismo de devastación.
            Durante tres días Myrthya fue asolada por una cadena de tormentas que giraban en todos los sentidos descargando su furia despiadada. Cuando el sol consiguió al fin abrirse paso entre nubes de angustia, alumbró la más siniestra de todas las calamidades. El reino había desaparecido bajo el barro. Las aguas del mar y de los ríos regresaban a sus emplazamientos naturales dejando asomar cientos de cadáveres. Hombres, mujeres, niños… Los cuerpos de dos pescadores aparecieron ahogados en una de las playas cercanas de lo que un día fue la aldea de Balyeza. Parecía que la tormenta los hubiera sorprendido arreglando los nudos de una vieja red antes de salir a faenar…



Episodio correspondiente a la cronología de Myrthya y que aconteció en el año 322 del Segundo Comienzo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Relato nº 32 El mendigo


Dos días a la semana la plaza central de Aunzalia se convertía en un gran mercado. Comerciantes venidos de todos los rincones del reino montaban unos destartalados puestos hechos de cuerda, madera y lonas donde exponían sus mercaderías. Frutas, verduras, telas, orfebrería, carnes y pescados se podían encontrar en aquella feria ambulante que originaba en la aldea un clamor y una algarabía capaces de hacer escuchar a un sordo. Los mercaderes gritaban a los cuatro vientos las ventajas de sus productos sobre los del resto de vendedores, mientras que las aguadoras ofertaban agua, zumos de frutas y otros brebajes transportados en grandes barreños apoyados en sus caderas.
Diulmo, que paseaba de la mano de su padre, observó divertido como un pescadero afónico lanzaba una trucha a la cabeza del frutero de un tenderete próximo porque su voz sonaba con más fuerza y no le permitía anunciar las cualidades de sus peces. Una manzana lanzada con extrema dureza y que fue a impactar al estómago del vendedor de pescado fue la respuesta por parte del mercader de frutas y verduras. A Diulmo le encantaba deambular por aquella plaza. Su padre, un terrateniente presuntuoso y adinerado, lo llevaba frecuentemente a pesar de que nunca compraban nada allí.
-Son vendedores pordioseros con mercancías podridas para pobres-, solía responder su progenitor cuando Diulmo le preguntaba por qué no adquirían ninguno de los productos allí vociferados.
Si había un puesto que encandilaba al muchacho era sin duda el del alfarero. Diulmo podía pasar toda la mañana viendo como sus manos arrugadas y castigadas por la edad y la dureza del oficio moldeaban vasijas y tinajas. La arcilla mojada resbalaba por el torno y unos recipientes del color del barro emergían de la nada convertidos en envases de formas y diseños diferentes. El joven había comentado a su padre en varias ocasiones que quería aprender a realizar aquellos objetos obteniendo siempre la misma respuesta:
- ¡Jamás!
Una de las figuras que siempre atraían estas concentraciones de mercaderes era la de los mendigos. Pestilentes y necesitados recorrían la plaza solicitando de los compradores y vendedores algo para echarse a la boca. Diulmo siempre sintió compasión por estos pobres, aunque nunca consiguió que su engreído padre les obsequiara con algo de comida o bebida que les permitiera alimentarse. El muchacho solía imaginar que detrás de aquellos menesterosos había unos hijos esperando hambrientos en una ponzoñosa chabola el regreso de aquellos menesterosos con algo de alimento.



Aquel día Diulmo tampoco consiguió nada que ofrecerles. Al contrario, su insistencia encolerizó a su progenitor que tirando fuerte de su brazo lo sacó de aquel mercado poniendo rumbo hacia su casa, situada a las afueras de Aunzalia.
-Mañana iremos a Myrthelaya y allí podremos comprar productos de calidad-, anunció el acomodado hacendado.
Cuando salieron del pueblo tomaron un sendero que los introducía en una pequeña arboleda. Aunque el sol estaba en la plenitud de su viajar diario, las sombras de las ramas aportaban a la vereda  una luz más propia del atardecer que del mediodía. Justo delante de ellos, a poca distancia y en su misma dirección, caminaba uno de los mendigos que instantes atrás habían repudiado. El hombre llevaba una vara larga de madera que utilizaba a modo de bastón y una capucha que cubría su cabeza. Al llegar a su altura, el padre de Diulmo lo apremió para que acelerara el paso y adelantaran cuanto antes a aquel despreciable y apestoso indigente. Luego prosiguieron su camino sin sospechar lo que estaba a punto de ocurrir.



 Poco antes de salir de aquel pequeño bosque, dos extraños surgieron de entre los árboles y armados con cuchillos obligaron al acaudalado cacique a entregarles la bolsa de las monedas. Ante la negativa del hombre, lo tiraron al suelo y comenzaron a propinarle patadas y puñetazos. El joven Diulmo intentó sin éxito ayudar a su maltrecho padre pero uno de los asaltantes lo empujó lanzándolo a una zanja junto al camino. Entonces, una vara de madera arqueada impactó con violencia en la cabeza de uno de los bandidos que cayó conmocionado sobre un lecho de hojas secas. Al levantarse, Diulmo pudo ver cómo  el mendigo se abalanzaba sobre el segundo forajido y de un golpe en el estómago lo derribaba haciéndolo también caer para luego levantarse y emprender la huida tan rápido como sus piernas le permitían. Entre Diulmo y el indigente, ayudaron a levantarse al dolorido terrateniente que quiso entregar a su salvador parte de las monedas que llevaba. El mendigo rechazó el ofrecimiento diciendo:
-Si me presentara ante un mercader con un buen puñado de monedas, éste pensaría que las he robado y avisaría a las autoridades para que me capturaran, en cambio, si usted me acompañara y me comprara algo de fruta y carne que poder llevar a mi casa, mi familia podría subsistir por una temporada.
Diulmo miraba con admiración a aquel hombre. La lección que acababa de dar a su soberbio padre no la olvidaría jamás. Una vez más, cogió la mano de su progenitor y juntos acompañaron a aquel mendigo de regreso a la plaza central de Auzanlia.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Relato nº 31 La tormenta y la luna



                 Huyurk cogió en brazos a la más pequeña de sus tres hijas y la llevó hasta el jergón. Luego repitió la misma acción con las dos mayores. Las niñas se habían quedado dormidas escuchando las historias que su padre les narraba sobre mares enfurecidos y valerosos pescadores que desafiaban a las aguas más indomables para conseguir las capturas de la jornada que luego venderían en los mercados de Balyeza y otras aldeas vecinas. Después dio un cálido beso en los labios a su esposa y, como cada noche, se dirigió al embarcadero donde lo esperaba su bote con los aparejos listos para salir a faenar. Los pescadores acostumbraban a partir cuando las primeras luces del alba rasgaban el horizonte del mar de Myrthya, pero Huyurk aprovechaba la tranquilidad de la noche para surcar la oscuridad de las aguas en busca de los peces con insomnio, como solía llamarlos de forma jocosa.
                Al llegar al muelle subió a su barca y encendió un par de antorchas que situó en la popa y en la proa de la reducida embarcación. Luego desplegó una vela parcheada que iba unida a un delgado mástil hecho con madera de nogal. La quietud del agua contagiaba serenidad y el pescador se sentó degustando una pieza de fruta que su mujer le había colocado en su zurrón mientras disfrutaba de la tranquilidad que envolvía aquel momento. Esa noche la luna brillaba en su punto más álgido y las aguas se tornaban más claras que de costumbre. Aunque se hubieran apagado las teas, Huyurk habría tenido suficiente luz para enhebrar los sedales en los anzuelos. Cuando las luces del pueblo ya apenas se vislumbraban en la lejana costa, el pescador echó una diminuta ancla por la borda y arrió la vela para detener la embarcación.
                La pesquería se dio fenomenal. Los peces noctámbulos picaban una y otra vez mientras Huyurk cantaba a la luna serenatas inventadas en las que agradecía que iluminara el firmamento haciendo que las capturas fueran abundantes. A menudo, el pescador presumía ante sus hijas de la amistad que le unía al astro que reina en el cielo por las noches y de cómo lo acompañaba y mantenía con él largas y entretenidas charlas. Las niñas reían y mostraban su asombro al imaginarse a su padre en pie sobre su barca comentando con la luna los problemas del día.



                Pero aquella noche tenía reservada una desagradable sorpresa que Huyurk no esperaba. Cuando los tres capazos que llevaba ya estaban a rebosar de peces y se disponía a levar el ancla para volver a puerto, un terrorífico trueno desgarró la placidez de la noche. Sin apenas tiempo para reaccionar, un viento huracanado surgió desde las entrañas del océano apagando las dos antorchas y unas amenazantes nubes debilitaron la luz lunar. Todo quedó a oscuras mientras la pequeña embarcación comenzaba a dar fuertes sacudidas impulsada por las olas que se elevaban desafiantes. La cuerda que sujetaba el ancla se partió dejando el bote a la deriva empujado por un oleaje que cobraba intensidad conforme la tormenta arreciaba con más fuerza. Los resplandores de rayos y relámpagos eran ahora los encargados de iluminar un mar que no ofrecía esperanza alguna al intrépido pescador. Huyurk se agarraba con fuerza a su embarcación, que una y otra vez desaparecía tras las embestidas de las olas. Los cestos con las capturas que había conseguido desaparecieron en las embravecidas aguas que habían enfurecido reclamando lo que les pertenecía. Huyurk pensó que aquel sería su final. Totalmente mojado, asustado e incapaz de contener el temblor de su cuerpo, el pescador permanecía recostado esperando que una de aquellas olas hiciera volcar la embarcación. En sus pensamientos su mujer y sus tres hijas. ¿Qué sería de ellas, de qué vivirían si moría? Justo antes de que Huyurk cerrara los ojos para rendirse al infortunio de su destino, pudo ver en lo alto a su amiga, la luna, que intentaba hacerse un hueco entre aquellas nubes tormentosas.
                A la mañana siguiente todos los habitantes de la aldea de Balyeza recorrían la costa en busca de los restos de la embarcación de Huyurk. La tormenta que había descargado la noche anterior había sido la más fuerte de los últimos años y ninguna embarcación podría haber resistido aquella tempestad, y mucho menos un pequeño bote de pescador impulsado por una vela parcheada. La esposa y las tres hijas de Huyurk permanecían sentadas y abrazadas sobre la arena de la playa. Todo presagiaba un fatal desenlace. El día transcurrió y la noche, clara y despejada, volvió a tejer su manto sobre el firmamento. Todos los aldeanos volvieron a sus casas entristecidos y convencidos de la muerte de Huyurk. Sólo su mujer y sus tres pequeñas, ansiosas de volver a escuchar una de las historias de su amado progenitor, permanecían en la playa sujetas al último halo de esperanza que nunca abandona al ser humano y deseosas de que la luna, la gran aliada de su padre, de su marido, lo arrastrara ileso de regreso a sus brazos...



                ... Y ¿por qué no? Al fin y al cabo, ¿qué sería de esta historia sin un final feliz?...

                ...Cuando el cansancio y la desazón se apoderaban de la familia de Huyurk, la luna reflejó sobre las aguas una pequeña embarcación sin vela que se dirigía hacia la orilla con un mástil partido y con la figura de un pescador que, exhausto y dolorido, permanecía en pie en la proa del bote. Cuando la barca encalló en la arena, las tres pequeñas corrieron a abrazar a su angustiado padre que se revolcó con ellas en la misma playa llorando y riendo. Luego se fundió en un apasionado beso con su esposa y juntos, los cinco, se dirigieron hacia su casa, donde sin duda habría mucho que contar.
                Un poco antes de abandonar la playa, Huyurk se volvió mirando al cielo y guiñó uno de sus ojos a la luna
                - Gracias, amiga, te debo una.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Relato nº 30 La conquista



Un profundo y sentido pinchazo seguido de varias gotas de sangre cayendo sobre el agua del pilón indicaban que Talkarn había vuelto a cortarse el rostro. Llevaba un buen rato afeitándose con esmero pero no terminaba de hacerse con el manejo de la hoja afilada que cogió prestada de la herrería. Después de años luciendo una indomable barba había decidido cortarla ante la sorpresa de amigos y compañeros de armas. Talkarn era miembro de la guardia real de Myrthya y su arrojo y valentía contrastaban con su torpeza en el arte de la seducción. Desde que era joven pretendía a Aliatne, una dulce sirvienta que trabajaba en una de las tabernas de la ciudad de Myrthelaya, pero jamás se había atrevido a decirle nada que no fuera para pedir otra ronda o alabar el sabor de la cerveza que la doncella servía, ¡cómo si la hubiera elaborado ella misma!



            
    Cansado de ver cómo una y otra noche Aliatne era cortejada por decenas de hombres, el bravo y apuesto soldado se decidió a tomar la iniciativa y pasar a la acción. Debía conquistar a aquella belleza y hacer que se enamorara de él. Para ello, Talkarn se puso en manos de Melandrón, un aprendiz de mago de segundo orden que se jactaba de tener gran experiencia en las artes amatorias a pesar de su aspecto desgalichado y su afamada torpeza. El hechicero solía presumir de ser el único de todo el reino capaz de conquistar el corazón de Marah, la capitana de la guardia real, así que era la persona perfecta para dirigirlo en la misión más importante que nunca había afrontado. 
    Durante dos semanas tuvo que acudir junto a Melandrón para que le enseñara cómo debía hablar, mirar, parpadear, guiñar los ojos y comportarse ante una mujer. La lección más difícil fue la del beso. Ante la sorpresa de Talkarn, el mago se puso una peluca rubia y pidió al soldado que lo besara, a lo que por supuesto se negó.
    - Vamos a ver. ¿Has besado alguna vez a una mujer?-, preguntó el hechicero.
    - ¡Por supuesto!-, contestó ofendido Talkarn.
    - ¿Y que no fueran rameras?-, volvió a interrogar Melandrón.
   - Ah, pues no. Todas eran furcias. ¿Es qué no es lo mismo?-, cuestionaba el soldado.
   - ¡Claro que no, insensato! ¡¿Cómo va a ser lo mismo?! A una hembra de verdad hay que besarla con dulzura, rozando sus labios con suavidad, acariciando su rostro al tiempo que tu boca se funde con la suya-, señalaba el supuesto experto en mujeres.
   - ¡Venga!, cierra los ojos e intenta imaginar que soy Aliatne, a ver cómo te portas. 
    Talkarn, con más vergüenza que pasión y más repulsión que placer, cerró sus ojos y unió sus labios a los de Melandrón, que permaneció un instante meditativo tras aquel destartalado beso.
   - Bueno, no ha estado mal-, dijo el aprendiz de mago. -Hay dos cosas que tienes que recordar. La primera es introducir tu lengua dentro de la boca de la mujer. Eso les encanta. Y la segunda es no olvidar agarrar su culo con fuerza justo en el momento en que la beses. Hazlo así y te aseguro que esta misma noche será tuya.
    Y el momento había llegado. Una vez que hubo afeitado su barba, Talkarn salió en dirección a la taberna donde encontraría a Aliatne. El soldado caminaba nervioso intentando recordar todas las enseñanzas de Melandrón. Cuando llegó al mesón abrió la puerta y entró. Por suerte la noche era desapacible y no estaba muy concurrido. Escogió una mesa cerca de una ventana y esperó a que la bella muchacha se acercara. Cuando Aliatne se percató de su presencia se aproximó a la mesa y le preguntó si le traía lo de siempre, a lo que Talkarn asintió. De regreso con una jarra a rebosar de cerveza, la doncella se extrañó ante el absurdo parpadear que estaba haciendo el soldado.
    - ¿Te encuentras bien?-, le preguntó preocupada.
   - Sí, claro, estupendamente-, contestó Talkarn mientras ponía una pierna sobre la otra y elevaba su barbilla hasta que sus ojos casi no se cruzaban con los de Aliatne.
    La mujer se marchó y Talkarn bebió su jarra de un trago alentado por los nervios que agarrotaban sus músculos. Buscó a Aliatne y le hizo una señal para que le trajera más bebida. Cuando la joven llegó con más cerveza, el soldado la recibió guiñándole un ojo y sacando la lengua para humedecerse los labios. La sirvienta lo volvió a mirar con asombro y le dejó la bebida sobre la mesa. Talkarn no se atrevió a decir nada. De hecho se bebió una jarra tras otra, hasta completar diez, sin pronunciar palabra. Cada vez que Aliatne llegaba dónde él estaba, cambiaba de postura, le hacía gestos de lo más variopintos o dibujaba en su rostro una sonrisa desmesurada.
    Finalmente, guiado más por lo que había ingerido que por la valentía que se le presuponía, se decidió. Volvió a llamar a la muchacha y cuando apareció con la cerveza, el soldado se levantó, la agarró por la cintura y la besó apasionadamente introduciendo la lengua en su boca como bien le había explicado el torpe aprendiz de hechicero. Luego agarró con su mano derecha el trasero de Aliatne con fuerza…
    … El sonido del bofetón se escuchó a manzanas de distancia.   
   Talkarn se levantó con la mano en su mejilla y se encaminó trastabillándose hacia la puerta entre las carcajadas de todos los que allí se encontraban. Una vez fuera respiró hondo, tragó saliva y se dirigió en busca de cierto aprendiz de mago con el que sin duda tendría una, ¿cómo llamarlo?, sí, una interesante y distendida conversación sobre cómo infligir dolor a un chapucero fanfarrón.





lunes, 2 de septiembre de 2013

Relato nº 29 Un nuevo rey




-¡Majestad, no me parece buena idea! Sois el rey de Myrthya y un monarca no debería mezclarse con sus súbditos en celebraciones populares y menos en ésta, donde hay  cientos de myrthyanos venidos de todos los rincones de vuestras tierras ávidos de cerveza y armados para participar en las distintas competiciones.
- Mi buen amigo, una de las ventajas de ser rey es que puedo hacer lo que me plazca sin necesidad de dar explicaciones a nadie, ni tener que escuchar sermones de uno de mis nuevos consejeros. Participaré en los Juegos de la Memoria para dar ejemplo y demostrar a mi pueblo que su rey no tiene rival en el manejo de la espada.

Frundial, que la historia de Myrthya recordaría con el sobrenombre de El Espigado por su gran altura, fue el primer monarca del reino del arco iris. Se autocoronó rey en el año 76 del segundo comienzo, tras la muerte de su padre, Shisenet. En su reinado se promulgaron las primeras leyes por las que debían regirse todos los habitantes de Myrthya. También creó un consejo asesor formado por los terratenientes más importantes que presidía el mismo rey. Era un hombre altanero, soberbio, mujeriego, preocupado de sí mismo y de su fortuna más que de su pueblo. Casado en tres ocasiones, sólo tuvo un descendiente varón, Rendelión, fruto de su segundo matrimonio. Precisamente acompañado de su único hijo acudió aquella mañana de los últimos días del ciclo solar inferior a los campos donde se celebraban los juegos.

-Permanece cerca, Rendelión, y verás cómo tu padre se hace con la victoria-, anunció el monarca a su vástago.
-Ten cuidado, padre, buenos luchadores participan en esta competición y su empeño y arrojo se incrementarán al enfrentarse al rey-, contestó prudente el joven príncipe.

La lucha con espada era una de las pruebas que más público y participantes concentraba. Frundial poseía gran destreza con el afilado acero y en años anteriores ya había ganado este torneo, aunque no siempre por su buen hacer con la espada, sino por la dejadez y el temor de sus oponentes ante la posibilidad de vencer al propio rey en contienda. Pero esta vez el monarca no contaba con Aresny, un fornido herrero cuya mujer fue forzada por el señor de Myrthya unos meses atrás. Su propia esposa, que prestaba sus servicios como sirvienta en las estancias de Frundial, le contó como el monarca la hizo llamar a sus aposentos y la obligó a desnudarse y a practicarle una felación mientras él la sobaba y besaba sus senos.
El herrero se deshizo de sus oponentes con extrema dureza mientras que el rey hacía lo propio con los suyos con más facilidad. Frundial disfrutaba humillando a sus rivales de menor destreza y luego solicitaba del respetable los aplausos y vítores que como rey su pueblo tenía la obligación de otorgarle. Finalmente el cuadro de enfrentamientos cruzó sus nombres.

-Buen herrero, ¿cómo está vuestra mujer? Llevo algún tiempo sin verla por mis dominios-, ironizó prepotente el monarca.

Aresny no contestó. Apretó sus labios con tal fuerza que una mueca de dolor se reflejó en su rostro. En su mente una lucha de sentimientos hacía temblar los pilares del raciocinio. El deseo de matar a aquel indeseable se confrontaba con el miedo a las represalias que sufrirían él y su familia por acabar con la vida del rey de los myrthyanos.
El juez ordenó comenzar el combate y Frundial inició una serie de duras y certeras acometidas que hicieron caer al suelo al herrero. El monarca se volvía mirando al público con los brazos en cruz mostrando la facilidad con la que estaba venciendo e intentando ridiculizar a Aresny. Los ciudadanos allí concentrados vitoreaban las acciones de su rey, aunque pocos le profesaban pleitesía real. El herrero se levantó y blandió su espada con ambas manos. Con un grito seco llamó la atención de Frundial que se dirigió hacia él.

-Al parecer no has tenido bastante todavía. Es curioso, estas mismas palabras se las dije a tu esposa la segunda vez que vino a verme-, dijo el rey, provocativo.

Aresny se abalanzó contra el rey con tal ímpetu que lo derribó cayendo sobre él y comenzó a golpearlo en la cara con la empuñadura de la espada. La nariz de Frundial estalló como si una fuente de aguas rojas brotara de su interior. Todo se enmudeció, hasta los pájaros parecían haber dejado de cantar. Entonces Aresny se asustó y dejó de golpear al rey. Se irguió y dándole la espalda al monarca se dispuso a abandonar aquel escenario. Frundial, herido en su orgullo y encolerizado, se levantó y con la espada en alto se dirigió hacia Aresny para asestarle un golpe traidor que acabara con su vida. El joven y corpulento herrero se giró lanzando su espada sin pensarlo contra la figura del rey, atravesando su pecho. Frundial cayó herido de muerte. Desde el suelo buscó la mirada cómplice de su hijo que se dirigía corriendo hacia él. Cuando Rendelión llegó junto a su moribundo padre sólo pudo recostarse a su lado cuerpo y cogerle la mano antes de que falleciera. Luego fijo su mirada en Aresny, que permanecía con el rostro desencajado y prendido por dos soldados.



-¡Soltadlo!-, gritó el joven príncipe. -Este hombre ha actuado en defensa propia. ¡Dejadlo marchar! ¡Os lo ordena vuestro nuevo rey!






Episodio perteneciente a la cronología de Myrthya acaecido en el año 102 del Segundo Comienzo