Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 26 de agosto de 2013

Relato nº 28 La profecía




Y así ocurrirá…


En el decimosegundo día del ciclo solar inferior, bajo el mandato del trigésimo cuarto Suliadán, Dalurne se interpondrá entre el sol y la luna. La oscuridad tejerá un manto que envolverá Mundo Conocido. Los seis reinos vivirán tres noches sin sus días, tres lunas sin sol. Las sombras extenderán sus dominios sobre todos los rincones de los seis territorios. Los ríos cambiarán el sentido de sus corrientes, los desiertos se cubrirán de hielo y las nieves de las altas montañas se tornarán arena. Seres desaparecidos en los inicios del Segundo Comienzo volverán a poblar las tierras. Las bestias más salvajes saldrán de sus escondites para recordar al ser humano que es el animal más débil de nuestro mundo. Los hombres partirán para no regresar jamás y las mujeres llorarán su ausencia durante años. Sus lágrimas formarán nuevos mares y sus descendientes vagarán en busca de aquel que los guíe.




En las tabernas el vino se convertirá en sangre y el agua de los pozos en vinagre. Nadie subsistirá sin el coraje necesario para afrontar el destino de los seis reinos. Los ejércitos más poderosos se tornarán débiles y las huestes menos importantes se alzarán victoriosas. Sólo los nobles de corazón sobrevivirán a estos días de tinieblas y podrán enfrentarse a las más horrendas pesadillas que el hombre haya soñado jamás.
En estos días sin luz los rayos caerán por cientos iluminando el cielo de la desesperación. Los truenos resonarán arrancando la cordura de las mentes de los cuerdos y el agua de lluvia inundará los oasis de esperanza. Las criaturas de la noche derrocarán a los reyes de los reinos humanos creando feudos de horror donde la muerte esparcirá sus dominios entre todos los seres vivos.
Y en el Palacio de la Laguna un Suliadán morirá traicionado dejando heredero a su propia sangre. Este sucesor será el elegido para devolver el equilibrio a Mundo Conocido. Él será el único capaz de instaurar un nuevo orden y desterrar el caos a las entrañas más recónditas del universo.

Así ocurrirá porque así está escrito…



Profecía anunciada por los Nurkan en el día en que fue nombrado el primer Suliadán de Mundo Conocido, en el año 0 del Segundo Comienzo.

lunes, 19 de agosto de 2013

Relato nº 27 En mi memoria



Ferlevam se incorporó una vez más para evitar ahogarse por el golpe de tos. El dolor del pecho se hacía cada vez más insoportable y sus pulmones apenas generaban aire que poder respirar. El anciano llevaba dos semanas tendido en aquella cama esperando la llegada de  la muerte para que lo acompañara en su último viaje. Sus dos hijos permanecían junto a él noche y día. El capricho de los espíritus de la tempestad quiso que vinieran al mundo al mismo tiempo para colmar de felicidad el matrimonio de Ferlevam y su esposa, Itzaar. De eso hacía ya veinte años.

-Padre, ¿por qué motivo no hablas nunca de nuestra madre?-, preguntó la joven Neredne que sujetaba la mano de su progenitor sentada en una vieja silla de madera junto al camastro. – Cuéntanos algo de ella, son muy pocos los recuerdos que tenemos.


Ferlevam mantuvo unos instantes la mirada perdida en pensamientos lejanos. Sus ojos adquirieron el brillo del hielo cuando los rayos del sol se reflejan sobre su superficie. Suspiró con las pocas fuerzas que le quedaban marcando una mueca de dolor en su fatigado rostro y con una voz entrecortada por la dificultad para respirar dijo:
-El día que conocí a vuestra madre fue sin duda el mejor de mi vida. Se encontraba en lo alto de una colina con otras mujeres cosiendo unas pieles bajo la sombra de un destartalado árbol. Yo pasé por su lado. Iba caminando con dos amigos, absorto en mil batallas de juventud. Veníamos de pescar salmones en el río Daltarie. Sin quererlo tropecé con ella y entonces la vi. Tenía el pelo lacio, no muy largo, de un intenso color amarillo. Unos ojos color miel y una nariz menudita y respingona. Estaba sentada con las piernas cruzadas una sobre otra y con los pies descalzos. Pertenecía al clan Nuntarak y llevaba pocos días viviendo en Hasphadia.
- Perdona, no te había visto-, me disculpé
Y entonces me sonrió. Podía parar el ritmo de la vida cada vez que la veía sonreír. Sus mejillas se iluminaban y sus ojos se humedecían. No podía dejar de mirarla. Estaba radiante.
Ese día, en esa colina, supe que acababa de conocer al ser más hermoso de la naturaleza. Después de tres años de vernos a escondidas porque su padre nunca me aceptó por pertenecer al clan Hasphid, le pedí que se casara conmigo y le prometí que la miraría todos los días como lo hice cuando nos conocimos.
            Antes de que vosotros nacierais hicimos un viaje por las tierras de los Velisdam. Siempre había querido visitar el sur de nuestro territorio y contemplar paisajes donde la nieve y el hielo convivieran con zonas verdes y aguas cristalinas. Cuando nos adentramos en los Montes Sima, los picos más altos del sur de Kalandrya que sirven de frontera con Utsuria, y contemplé con mis propios ojos aquellas imágenes que hasta entonces solo había visto en mis sueños, fui feliz. Me senté en una piedra a la orilla de un lago y me quedé allí hasta que anocheció mirando todo lo que me rodeaba. Escuchando el sonido del silencio, de la naturaleza y de la paz en estado puro. En ese mismo instante le prometí a vuestra madre que si algún día podíamos, construiríamos una casa en aquellas tierras y así, juntos, podríamos dar a diario largos paseos mientras disfrutábamos de la visión de los lagos, ríos, colinas y bosques.
Y después llegastéis al mundo... Yo permanecía fuera de la cabaña con varios de mis amigos, bebiendo hidromiel y riendo. No podía apartar los ojos de la puerta de la choza esperando que en cualquier momento saliera una de las mujeres que estaba con vuestra madre llevando en brazos a mi hijo. Aún soy incapaz de expresar con una palabra conocida lo que sentí en el momento en que oí vuestro llanto por primera vez y mi sorpresa cuando por aquella puerta no salieron uno, sino dos niños.
Ferlevam comenzó a toser y sus hijos lo ayudaron una vez más a incorporarse. Después de beber un poco de agua prosiguió:
-Dos años después de que nacierais ocurrió. Una fría mañana del ciclo solar superior salí con varios hombres de la aldea en busca de un lobo que llevaba varios días atacando al ganado. Después de encontrar al animal y darle muerte volvimos orgullosos y deseosos de contar a todos como lo habíamos cazado. Al llegar al poblado todo era silencio. Una muchedumbre se congregaba alrededor de cuatro cuerpos que yacían tumbados sobre la nieve. Al parecer fueron sorprendidos por un alud mientras recogían leña en la ladera de las Montañas del Abismo. Bajé de mi caballo y corrí hacia la multitud. Al llegar la vi. Hermosa, dormida, con las mejillas aún sonrosadas y la dulzura reflejada en su rostro. Me arrodillé junto a su cuerpo y  besé aquellos labios fríos. En ese momento fui consciente de que la había perdido para siempre...

El resto ya lo conocéis. Me dediqué a criaros lo mejor que supe hasta que llegara el momento en que me reuniría con Itzaar y entonces, juntos de nuevo, cumpliría aquella promesa que le hice y marcharíamos a vivir a las templadas tierras del sur.
En ese instante el rostro de Ferlevam se iluminó. Una calidez inusual impregnó el ambiente de la cabaña. El anciano sonrió, miró a su hijo que se encontraba de pie junto a la cama y le guiñó un ojo. Luego dirigió su mirada hacia Neredne, que continuaba sentada junto a él, le apretó la mano con las pocas fuerzas que le quedaban y con una voz que recordaba más el hombre que había sido que al enfermo que se encontraba en aquella cama dijo:
- Doy gracias a los espíritus de la tempestad por haberme dado dos hijos maravillosos. Ahora debo marcharme porque vuestra madre me espera junto a la puerta. Siempre estaré con vosotros como siempre he estado.
Ferlevam inspiró una bocanada de aire que soltó lentamente mientras cerraba unos ojos que nunca más se volverían a abrir.



lunes, 12 de agosto de 2013

Relato nº 26 La mina... Parte II



Al llegar, el joven abrió la puerta y entró. Su mujer estaba de pie junto a la chimenea. Uno de los hombres se encontraba a su espalda cogiéndola de la cintura y con un puñal sobre su cuello. La pequeña Telayi parecía estar durmiendo sobre la cama. Los otros dos asaltantes se hallaban frente a la puerta, cara a cara con Hilumj. Éste cogió la bolsa y la lanzó contra el suelo a los pies de los dos salteadores. Varios pedazos de qadurill rodaron sobre los tablones de madera. Uno de los forajidos se agachó dejando al descubierto la marca de Utsuria en su nuca. Recogió el mineral caído introduciéndolo de nuevo en la bolsa. Comprobó el interior de la misma y miró a sus dos cómplices asintiendo con la cabeza. 

- Bien, has cumplido tu parte, kalandryano-, anunció el hombre que sujetaba a su mujer. -Sin embargo, mucho me temo que nosotros no podemos cumplir la nuestra. Además, sería una pena dejar marchar a una dama con semejantes encantos-, dijo mientras introducía una de sus manos a través de la camisola y empezaba a acariciar uno de los pechos de la esposa de Hilumj



El minero contempló en silencio la escena analizando la situación. Aquellos tres hombres eran forajidos procedentes del reino de Utsuria. Asesinos que cruzaban con frecuencia la frontera entre ambos territorios para saquear y matar a los habitantes de granjas y viviendas aisladas. Cobardes que actuaban en pequeños grupos asesinando a todos los que se cruzaban en su camino. Unas semanas atrás había escuchado a dos compañeros en la mina hablar de cómo un granjero y su familia fueron brutalmente asesinados para robarles el escaso ganado que poseían. A la mujer y a las hijas las violaron repetidas veces y después les cortaron los pezones cuando aún estaban vivas. Aquellos utsurianos eran bestias a las que sólo se les podía hacer frente con sus mismas armas.
Hilumj colocó las manos en su espalda cogiendo uno de los cinceles de su cinturón y el martillo. Luego, con un instinto más propio de animales salvajes que de seres humanos, se abalanzó sobre el utsuriano que tenía más cerca clavándole el escoplo con todas sus fuerzas en el ojo y atravesando su cráneo hasta sacar la punta por la parte trasera de su cabeza. El hombre cayó de rodillas y luego de bruces contra el suelo muriendo al instante. Acto seguido arrojó el martillo contra el asaltante que sujetaba a su esposa, errando el lanzamiento pero haciendo que éste soltara a la mujer, que corrió a coger a la niña y la sacó de la cabaña. Hilumj sintió un pinchazo muy doloroso en su pierna derecha. El tercero de los salteadores acababa de clavarle un cuchillo provocándole una herida que sangraba abundantemente. El joven minero se tambaleó y cayó al suelo. En ese momento el asaltante se lanzó sobre él y ambos comenzaron a forcejear rodando por la superficie de la cabaña. Hilumj quedó tendido con la espalda pegada a la madera y con su asaltante sentado sobre él intentando clavar un cuchillo en su garganta. El joven minero asía con fuerza las manos de su atacante. Sus músculos sudorosos estaban tensos marcando numerosas venas que parecían que iban a estallar como consecuencia de la presión. Empleando las pocas fuerzas que le quedaban, Hilumj consiguió desplazar a su contrincante lo suficiente como para coger del cinturón el martillo que le quedaba y golpear la cabeza del ladrón utsuriano, que cayó al suelo semiinconsciente. El kalandryano se incorporó y comenzó a aplastar con furia el cráneo del desvanecido. Parecía un jabalí herido. Asestaba un martillazo tras otro destrozando el rostro del saqueador y manchando su cara y sus manos con la sangre que brotaba sin control de aquella cabeza despedazada. 



Hilumj cayó rendido al lado de los dos cadáveres. Estaba exhausto. Apenas podía ver con claridad debido a la sangre que le cubría el rostro y al cansancio que sufría. Pudo ver con dificultad como el tercero de los asaltantes se dirigía hacia él con una espada en la mano. El utsuriano cogió a Hilumj del cuello y lo puso de rodillas. El minero pensó que había llegado su final. Al menos le quedaba el consuelo de saber que su mujer y su pequeña habían podido escapar. Agachó su cabeza y se dispuso a recibir el mortal espadazo.
Un sonido como el de un hacha al impactar en el tronco de un robusto pino fue lo siguiente que se escuchó en la cabaña. Hilumj levantó la vista y observó como el asesino utsuriano se bamboleaba hacia ambos lados para terminar cayendo sobre los cuerpos sin vida de sus secuaces. Tenía clavada sobre su pecho una lanza que le había atravesado el corazón. El desfallecido minero giró su cabeza y pudo ver en la puerta de su morada al mayoral y a tres de sus compañeros de la mina. Junto a ellos, su mujer y su hija que corrían hacia él llorando y riendo.

     Sólo cuando la vida te pone ante una situación desesperada, sacas las fuerzas necesarias para asegurar tu supervivencia y la de tus seres queridos

lunes, 5 de agosto de 2013

Relato nº 25 La mina... Parte I




-                        

                   

                       - De acuerdo, así lo haré, pero no les hagas daño o juro por los espíritus de la tempestad que te sacaré las entrañas y las extenderé tiñendo de rojo la nieve.
Hilumj cogió su cinturón y lo ató a su cadera. En él portaba un par de martillos y escoplos de tamaños diferentes. Salió de su casa y empezó a correr en dirección a la mina de qadurill, situada en los Montes Sima. Aprendió el oficio de minero de su padre y éste de su abuelo. Desde hacía generaciones, todos los varones de la familia de Hilumj habían trabajado en la mina. Su rutina era la misma cada día. Se despertaba antes de que el alba llamara a su puerta, cogía sus herramientas y marchaba hacia el yacimiento donde, jornada tras jornada, extraía de sus paredes rocosas el preciado mineral tan codiciado por todos en Mundo Conocido. Era un trabajo duro que dejaba exhausto al joven kalandryano, pero Hilumj conocía a la perfección el arte de la minería y disfrutaba con su ocupación. La mayoría de hombres de su edad  soñaban con convertirse en un gran guerrero e ingresar en las filas de la Guardia del Témpano, pero él tuvo claro desde su infancia que seguiría la tradición de su familia y de muchos miembros de su clan.
Todo sucedió muy deprisa aquella mañana. Hilumj dormía plácidamente junto a su esposa y su hija, Telayi, que tenía tres tiernos añitos. Un ruido seco proveniente del exterior de la vivienda los despertó. El minero miró a su esposa y le indicó poniéndose el dedo en los labios que guardara silencio. Se levantó, cogió a la pequeña en brazos y la colocó en la cama junto a su madre. Luego se dirigió hacia el exterior agarrando un hacha que había junto a la chimenea. Abrió la puerta de la cabaña y salió. No se veía nada extraño. El silencio y una leve brisa reinaban en el ambiente. Un extenso manto de nieve cubría todo el valle que se extendía a los pies de los colosales Montes Sima. La casa de Hilumj estaba aislada de cualquier núcleo de población. Era un hombre tranquilo y disfrutaba con la soledad. Por este motivo decidió construir su morada en un lugar apartado, cerca de la mina en la cual trabajaría el resto de su vida. La mañana era fría y el vaho acompañaba la respiración del joven minero. Se aproximó al redil donde guardaban los caballos para inspeccionar la zona. Tensaba sus musculosos brazos esculpidos a golpe de cincel agarrando el mango del hacha. Caminaba lento y mirando a su alrededor. No era la primera vez que sufrían la visita de lobos en busca de una presa fácil. Incluso en alguna ocasión habían descubierto huellas de druzgo en las inmediaciones de aquel valle, aunque él nunca vio a ninguno. Estaba a punto de dar media vuelta y regresar a la cabaña cuando un silbido agudo rompió la quietud del entorno. Hilumj no tuvo tiempo de esquivar la piedra que impacto en su frente haciéndolo perder el equilibrio y caer sin conocimiento.
Al despertar se encontró tumbado en el suelo de su cabaña. Aturdido, levantó la mirada para contemplar cómo su esposa y su pequeña estaban sentadas en una mecedora. La mujer tenía a Telayi entre sus brazos e intentaba calmar sus sollozos. Junto a ella había dos hombres armados con espadas y cuchillos. El joven intentó levantarse pero un tercer desconocido clavó una de sus rodillas sobre la espalda del minero haciéndole caer de nuevo. Sus intenciones eran claras. Querían que Hilumj se acercara hasta la mina y les trajera todo el qadurill que sus brazos pudieran transportar, de lo contrario matarían a la madre y a la niña.
Hilumj corría entre nieve y rocas como si una manada de lobos lo persiguiera. Subía la montaña con la rapidez de un vakhali y trepaba con la fuerza de diez osos. Conocía aquel terreno a la perfección. No tardó mucho en llegar a la mina. Se detuvo unos instantes para recuperar el aliento y luego se encaminó hacia el interior.
-                 - ¿No disfrutabas hoy de tu día de descanso?-, escuchó a sus espaldas.
Al girarse, Hilumj encontró a uno de los mayorales del yacimiento. Un hombre alto y fuerte, de larga cabellera color dorado y con un rostro castigado por las arrugas de la edad en el que resaltaban unos ojos sin brillo, como consecuencia de los años que llevaba trabajando bajo la montaña.
-        - Hay días que es mejor trabajar que permanecer en casa escuchando reproches-, contestó Hilumj con una voz entrecortada más propia de un mentiroso que de un hombre de honor.
-                -  Claro, lo que tú digas-, respondió el capataz brindando al joven una mirada de sospecha.


        El minero se dirigió hacia el lugar que solía ocupar y cogió el martillo golpeando el escoplo con fuerza. Eran cientos los hombres que trabajaban allí abajo. Kalandryanos pertenecientes en su mayoría a los clanes Velisdam y Hurbeka que dedicaban su vida a la extracción de aquel mineral tan valioso que constituía el principal medio de subsistencia del reino blanco.
        Cuando hubo separado suficientes piedras de qadurill de la pared de la montaña las metió en una bolsa de tela y se dirigió al exterior de la mina. Varios compañeros lo miraron extrañados pues su comportamiento era insólito. Al llegar a la salida comenzó a correr monte abajo. Tras de sí, pudo escuchar la hosca voz del mayoral llamándolo a gritos, pero Hilumj no tenía intención de detenerse. El  peso de la bolsa le hacía perder el equilibrio y ralentizaba su carrera. Nunca la distancia hasta su casa le había parecido tan grande. 

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