Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 29 de julio de 2013

Relato nº 24 Resurge, Kalandrya






¡Ay, Kalandrya! Me duele
verte inclinar la rodilla.
Me duele ver escondida
la tierra que fue bandera
y cuna de grandes guerreros
de los que en la historia quedan,
y ahora transcurren sus días
viviendo de sus reservas.

¡No te escondas, que no debes
sentir lástima o vergüenza!
Si hay gentes que se han ido
también hay otras que llegan.

El sol está en tu horizonte.
La nieve en tus laderas.
Pero no esperes ni quieras
que sean espíritus del viento
los que a levantarte vengan.

Te potenciarán tus hijos
con la sangre de sus venas.
Los nacidos en tu seno,
con el trabajo de sus manos
y la ilusión por su tierra,

que tú, Kalandrya, tienes
todo aquello que quisieran
otros reinos de pro
que ahora se oyen con más fuerza.

Debemos convencernos
de que eres cosa nuestra.
Que tu futuro será
lo que queramos que sea.

¿Qué esperas para avanzar?
Te lo piden tus clanes,
tus montañas y tus piedras.

¡Quiero sacarte de aquí!
¡Quiero contar tus grandezas!
¡Quiero que todos se inclinen
cuando relate tus gestas!

Que tu nombre suene al viento;
tus hombres cuenten proezas;
que tus guerreros luchen
y tus gentes sean dueñas
de tu destino inmediato.

Y al resurgir, altanera,
mires al futuro ufana,
siempre orgullosa y señora
y que en la gran Laguna suene con fuerza
que en este mundo hay un reino,
blanco como la luna llena,
cuyo nombre es Kalandrya,
tierra de nieves eternas.





Oda grabada a cuchillo sobre el tronco de Mummarik

lunes, 22 de julio de 2013

Relato n 23 Un olvido reconfortante


Dúlkmar salió de la taberna ebrio e incapaz de mantenerse en pie. Dentro aún se oían las carcajadas de sus amigos y el bullicio del antro donde el licor de hidromiel se bebía por cubos. El joven y testarudo kalandryano cruzó  el camino cubierto de un manto de fina nieve y se dirigió tambaleante hacia su casa para recoger las armas y poner rumbo a las afueras de la aldea. Acababa de apostar con sus camaradas de barril que cazaría un enorme lobo esa misma noche. Ellos se habían mofado de él y lo habían invitado a marcharse en busca de esa peligrosa pieza que les había asegurado que era capaz de cazar sólo con su arco y sus flechas. Antes de que amaneciera acallaría todas esas risotadas al aparecer en el pueblo con un lobo muerto sobre sus hombros.
Entró en su cabaña y recogió el arco que se encontraba sobre la repisa de la chimenea cuyas brasas comenzaban a apagarse y pedían suplicantes un hierro que las avivara. Luego agarró el carcaj y se lo colgó en la espalda. Su estado de embriaguez le impidió darse cuenta que no había ninguna flecha en el interior de la funda. De un baúl situado a los pies de la cama sacó una capa de piel de oso blanco y se la echó por encima tapando también con ella su cabeza. Todo estaba dispuesto y no era necesario demorar la partida. 


Cuando la noche cubría por completo la aldea de Velisdia, Dúlkmar puso rumbo hacia un pequeño bosque situado en una de las laderas de los Montes Sima, en la frontera con el reino de Utsuria. Hacía frío y los músculos del guerrero se contraían a cada paso que daba, agarrotados por las gélidas temperaturas. Portaba una antorcha prendida en su mano derecha mientras que la izquierda permanecía escondida bajo la espesa capa de pelo blanco. No soplaba ni una leve brisa y hacía dos días que no nevaba. Aún así, el hielo se instalaba cual parásito en los jirones de pelo de su dorada melena que sobresalían de la capucha. Era obvio que no era el momento propicio para salir de caza, pero precisamente por lo inhóspito de la climatología su hazaña sería aún más memorable.
No había caminado mucha distancia cuando llegó hasta el borde de un pequeño lago congelado. Al otro lado, desaparecido bajo el manto de la noche, se hallaba el bosque en el que encontraría un lobo al que matar. Con paso lento y bordeando la orilla, el joven perteneciente al clan de los Velisdam caminaba apoyando con suavidad los pies sobre la capa de agua congelada que cubría la laguna. Al mover sus piernas podía sentir el crujir del hielo bajo sus pies. Muchos hombres y animales habían perecido intentando cruzar aquella extensión helada al desquebrajarse la superficie y caer en las aguas glaciales. 
Finalmente consiguió llegar al otro extremo y penetró en la pequeña arboleda sin perder de vista la orilla del lago. Dúlkmar caminaba sigiloso, controlando su respiración y escuchando los ruidos que se producían en el bosque. Si algo bueno tenía aquel frío tan intenso es que su embriaguez había desaparecido por completo. La noche transcurría pausada y el joven velisdamés comenzó a sentirse muy fatigado. Decidió resguardarse en el interior del tronco de un árbol que había sido vaciado seguramente como puesto de vigilancia para cazadores. Recogió las pocas hojas y ramas secas que encontró y prendió una pequeña hoguera junto a la que se reconfortó hasta quedar profundamente dormido.
Fue precisamente el aullido de un lobo lo que le despertó sobresaltado. Se incorporó desconcertado. Debía llevar un buen rato durmiendo ya que las primeras luces del alba comenzaban a reflejarse sobre la superficie helada del lago. A poca distancia del árbol dónde se encontraba escondido, pudo ver a un lobo de gran tamaño que jugaba con dos cachorros ajenos a la presencia de Dúlkmar
      El guerrero contempló la escena y con un movimiento sigiloso cogió su arco y se dispuso a buscar una flecha en el carcaj colgado en su espalda. Una frustrante sonrisa se dibujó en su rostro cuando se percató de que la funda estaba vacía. Ahora sí que sería el centro de todas las carcajadas cuando llegara al poblado a plena luz del día sin fiera y sin flechas. El joven se agachó y se dispuso a esperar a que los animales desaparecieran para emprender el camino de regreso. Los dos lobeznos jugaban revolcándose por los suelos y se enganchaban a su madre mordisqueándole el rabo para que ésta les propinara pequeños empujones con su hocico. Dúlkmar contemplaba la escena y se alegraba de no haber llevado sus flechas, de lo contrario aquella loba estaría ahora muerta y los dos cachorros sin madre que los amamantara.
Cuando los animales se perdieron en la espesura del bosque, Dúlkmar regresó sobre sus pasos bordeando el lago de aguas congeladas hasta llegar al otro lado. Camino de la aldea pensaba qué diría a sus amigos aquella noche en la taberna. Obviamente no podía contarles lo del olvido de sus flechas y mucho menos que había disfrutado observando la escena de la familia de lobos jugando y retozando a escasos pasos de su escondite.
-Bueno-, pensó Dúlkmar, -lo mejor será meter la cabeza en un cubo de rica hidromiel y seguro que las excusas emanarán ágiles de mi garganta-. 


lunes, 15 de julio de 2013

Relato nº 22 La guerra de los clanes en celo


Al llegar a Hurbekandia, Gantarz, jefe del clan Nuntárak y señor del reino de Kalandrya, fijó su mirada en la joven y hermosa Hijazsu, esposa de Cárdylgan, líder del clan Velisdam. Durante la reunión que mantuvieron los caudillos de los cuatro clanes, Gantarz estuvo más pendiente de los insinuantes contoneos de la bella mujer que de los asuntos que habían propiciado aquella asamblea. No podía apartar la vista de la camisola blanca que llevaba puesta Hijazsu y que, al agacharse, dejaba ver claramente a través del escote sus pechos firmes y albinos. Sin duda aquella joven era un manjar que los espíritus de la tempestad habían engendrado para que fuera degustado por el señor de Kalandrya y no por un jefe de clan viejo y barrigudo.




A Gantarz no le resultó difícil ausentarse del salón principal de la fortaleza de Hurbekandia. Sólo aguardó hasta que la cerveza se apoderó de la razón de los líderes de los clanes kalandryanos para marcharse sin llamar la atención. Tras pasar dos veces por el mismo corredor y esquivar oculto en las sombras las miradas de algunos centinelas, el caudillo de los Nuntárak llegó a la habitación donde se encontraba Hijazsu. La escultural mujer estaba desnuda arrodillada sobre la cama, con una sábana tapando sus piernas y con su larga y rubia caballera recogida en una fina trenza que reposaba sobre su hombro derecho. No pareció sorprenderse al ver entrar a Gantarz y tampoco ofreció resistencia cuando el señor de Kalandrya se abalanzó sobre ella y la poseyó una y otra vez, haciendo que su cuerpo se estremeciera con cada acometida del fornido guerrero.
La mañana siguiente  se presentó fría. Una gran nevada caía sobre los dominios del clan Hurbeka. En el patio de la fortaleza, Gantarz se despedía de los señores de los otros clanes. Al abrazar a Cárdylgan no pudo evitar que una sonrisa de quien ha ganado una batalla se apoderara de su rostro. 
-       Aguardo tu visita en la Ciudad de los Espejos, buen amigo, y no olvides traer a tu joven esposa contigo para que disfrute de la hospitalidad de las gentes de mi clan-, dijo sonriendo sarcásticamente el máximo dirigente de los kalandryanos.
Pero con lo que no contaba Gantarz era con la ingenuidad y el sentimiento de culpa que atormentaba a Hijazsu y que la llevó días después a confesar  con todo detalle a su marido lo que había sucedido entre ella y el señor de Kalandrya.
 Cárdylgan enloqueció al oír a su mujer narrar cómo fue besada, acariciada y penetrada. No atendió los ruegos y súplicas de la inocente Hijazsu y no se conmovió al verla llorar de rodillas sobre el suelo suplicando piedad. El líder del clan Velisdam cogió un cuchillo y asestó varias puñaladas en el corazón de la mujer. Acto seguido, y con las manos aún manchadas con la sangre de la joven, reunió a sus guerreros y partió hacia la Ciudad de los Espejos en busca de Gantarz. Sólo su muerte saciaría su sed de venganza.
Cuando llegó a sus oídos que un contingente de fuerzas del clan Velisdam se dirigía hacia sus dominios, Gántarz se apresuró a partir al frente de varios destacamentos de la Guardia del Témpano para interceptar a Cárdylgan y sus guerreros. Era la ocasión perfecta para matar a aquel vejestorio y adueñarse así de su mujer y de parte de sus tierras.
La batalla fue cruenta y las cabezas de los guerreros de ambos bandos rodaron por las laderas de las colinas nevadas. Tras dos días de duros enfrentamientos, una flecha perdida atravesó el cráneo del máximo mandatario de Kalandrya poniendo fin al conflicto.
El cuerpo sin vida de Gantarz fue llevado de vuelta a la Ciudad de los Espejos dónde lo incineraron en un funeral al que asistieron todos los líderes de los clanes kalandryanos. Frente a la pira funeraria, y con el rostro salpicado por las sombras que proyectaban las llamas, Cárdylgan observaba taciturno y en silencio como el fuego consumía el cuerpo de su señor, el caudillo del reino blanco, el líder de los kalandryanos, el hombre que le había destrozado los pocos años que le quedaban de vida…








Episodio perteneciente a la cronología de Kalandrya y que tuvo lugar en el año 638 del Segundo Comienzo.