Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

lunes, 27 de mayo de 2013

Relato nº 15 La espera


La tempestad arrecia y yo sigo sentada tras la ventana observando la oscuridad con la esperanza de ver tu silueta aparecer entre las sombras de la noche.
Hoy el día comenzó como todos. El estallido de un trueno destrozó la más terrorífica de mis pesadillas para devolverme a una gris realidad que no dista mucho de un mal sueño. La luz del ciclo solar superior rodea mis ilusiones… también mis despertares. Son ya ocho los días transcurridos desde que te marchaste a explorar aquel extraño suceso acontecido en los Montes Sima.
- Una misión sin importancia para explorar aquellas montañas-, me dijiste, pero desde el primer momento un oscuro presagio habitó en mi corazón quedándose desde entonces clavado en mis entrañas alimentándose día a día de mi desconsuelo. No he vuelto a tener noticias tuyas. Los días pasan y empiezo a sentirme lacia.
Asumo que te has marchado, pero no logro entender por qué. A las mujeres kalandryanas se nos presupone un coraje y un valor equiparable al de nuestros hombres. Somos guerreras y no tememos el sufrimiento que los desvaríos de un insensato destino nos puede ocasionar. Pero también padecemos en nuestro pecho la carga de la añoranza de los seres que nos dejan.
La noche que te marchaste el cielo se llenó de estrellas que me brindaban al unísono guiños de esperanza. Parecía como si alguien hubiera prendido todas las antorchas del firmamento iluminando aquel vacío, todo su silencio. Pero de inmediato una sensación de angustia me invadió traspasándome y alejándome de tu lado. 


Intenté que no te fueras porque sabía que algo iría mal. No te dolió dejarme  sola en el umbral de nuestra morada, no te conmovieron mis sollozos, ni te tembló la voz al decirme adiós, aunque sé que en verdad sólo interpretabas tu papel de guerrero en busca de aventuras. Te he cobijado muchas veces entre mis brazos y puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que me quieres y que esta vida que empezamos a construir juntos con nuestro reciente matrimonio es para ti lo más importante.
Sé que estás ahí fuera y sólo los espíritus del viento saben a qué peligros te tienes que enfrentar. Vivimos en el más hostil de todos los territorios que existen en Mundo Conocido, pero también estamos hechos para mimetizarnos con nuestro clima y saber defendernos de los horribles seres que moran en las tierras de Kalandrya. Tienes que volver porque tu pueblo te necesita, porque nuestra hija te echa de menos y porque yo… yo no puedo vivir más si no estás a mi lado. Para mí nunca te has ido, tan sólo he dejado de verte.
La tempestad arrecia y yo seguiré hasta el fin de mis días sentada tras la ventana esperando a que regreses.


lunes, 20 de mayo de 2013

Relato nº 14 Un extraño suceso


¿Cómo explicar qué nos encontramos en las tierras de los Velisdam sin caer en la sinrazón? ¿Qué ocurrió realmente junto al Glaciar de los Destellos que nos hace persistir en las más absoluta ignorancia? ¿Quién y cómo pudo hacer desaparecer a todo un clan de habitantes del reino de Kalandrya?  Muchas preguntas sin respuesta racional. Ningún rastro que nos lleve a pensar que hay una explicación a lo acontecido en este valle… No hay pistas, no hay indicios… ¿O tal vez sí?
Mi nombre es Laukar y soy miembro de la Guardia del Témpano. Hace tres días mi capitán me envió junto a uno de mis hermanos de armas a explorar los territorios del clan Velisdam, situados al este de Kalandrya. Llevábamos varias semanas sin ver comerciantes o viajeros llegados desde aquella parte del reino y no teníamos noticia alguna de ningún miembro de ese clan.
Partimos aprovechando la protección de la noche. La luna reflejaba su luz sobre el manto de nieve que cubría el suelo proporcionando suficiente claridad como para que nuestros vakhalis pudieran moverse con rapidez. Cabalgamos entre las cordilleras sin descanso hasta que una gran nevada nos obligó a buscar protección en una cueva. Tuvimos que permanecer allí una jornada entera, después la ventisca disminuyó su intensidad y pudimos continuar. Al segundo día llegamos a las tierras del clan Velisdam. Cruzamos el río Cromjal con extrañeza por no encontrarnos a ningún habitante en nuestro camino. Las cabañas dispersas a nuestro alrededor tenían las puertas abiertas y por sus chimeneas no asomaban columnas de humo. El ganado estaba guardado en los cobertizos. Muchos de los animales estaban muertos o esqueléticos. Unos pocos caballos trotaban sin montura fuera de los establos. Sólo el ladrido de algún perro hambriento rompía el sepulcral silencio que envolvía todo el valle. 


Según nos acercábamos a la aldea principal nuestras monturas se iban alterando. Había algo en el ambiente, no sabría explicar qué era, pero se podía percibir la inquietud en el aire. Llegamos al centro del poblado y desmontamos dejando que nuestros vakhalis inspeccionaran los alrededores. No había rastro de vida por ninguna parte. Nálgork tensó las manos alrededor de la empuñadura de su espada y entró en una de las casas. La mesa de la sala central estaba dispuesta con platos, cubiertos y copas aún cargadas de vino. Un par de ratas degustaban los restos de lo que parecía ser un salmón cocinado. No había indicios ni señales de lucha. El resto de estancias también se hallaban en perfecto estado.
Yo entré en otras dos viviendas con idéntico resultado. Me sorprendió encontrar hachas y espadas apoyadas en el suelo sobre vigas de madera o bien colocadas en lo alto de algún mueble. Era como si algo o alguien los hubiera obligado a salir huyendo, aunque si de un amenazante peligro se trataba, ¿por qué no habían empuñado sus armas?
Recorrimos todos los rincones de la aldea, entramos en un gran número de cabañas, visitamos la herrería, la plaza central con varios puestos de venta de alimentos totalmente cubiertos de nieve, los establos, la casa del señor del clan… Nadie. No encontramos señales de vida humana por ninguna parte.
Nálgork me miró. El desconcierto que sentíamos era enloquecedor y en el ambiente seguía respirándose esa sensación de desasosiego que invitaba a salir de allí cuanto antes. El rugido de uno de nuestros vakhalis en las afueras del poblado nos hizo reaccionar y correr hacia allí. Al llegar, encontramos al animal junto a un anciano sentado en la nieve. Tenía el pelo de un color gris oscuro y estaba cubierto por un manto de piel de oso. Miraba al cielo con los ojos perdidos en la distancia y entonaba un insólito cántico en una lengua desconocida. Ni nuestra presencia ni la de nuestras imponentes monturas consiguieron que apartara la mirada del infinito. Continuaba entonando aquella extraña y cautivadora canción. Me acerqué lentamente hasta situarme a su lado y me agaché intentando hacer el menor ruido posible. Nálgork se mantenía alerta a cierta distancia sujetando nuestros vakhalis. Tras unos instantes de indecisión me decidí a interrumpirlo.
- Anciano, ¿qué ha ocurrido? ¿Dónde están todos?-, pregunté.
El hombre no cesaba en su cántico ni apartaba la mirada del firmamento. Estaba sumido en alguna especie de trance y obviaba totalmente nuestra presencia. Puse una de mis manos sobre su hombro intentando llamar su atención y elevé mi tono de voz.
            - ¿Y el resto de tu pueblo? ¿A dónde ha ido?-
De repente el anciano del manto de oso dejó de cantar y se incorporó fijando sus ojos en los míos. Su mirada estaba vacía como si el alma se hubiera escapado por aquellos dos luceros. Cogió mis brazos con fuerza y me dijo:
- La luna bajó y se los llevó… La luna bajó y se los llevó… La luna los guarda y los cuida-.
No mencionó nada más. Soltó mis brazos, se sentó en el suelo y miró hacia arriba entonando de nuevo aquel cántico que resonaba en todo el valle…



Relato perteneciente al conjunto de leyendas del reino blanco narradas por bardos y aedos.

lunes, 13 de mayo de 2013

Relato nº 13 La recompensa


El viento que azotaba el valle hacía que la nieve del suelo se elevara golpeando con fuerza el rostro de Bárgan, que apenas podía mantener los párpados abiertos. De reojo miraba a sus oponentes, dos a la derecha y tres más a su izquierda. Él era el más  enclenque de todos los participantes en aquella prueba y partía con desventaja, pero sin duda el premio final merecía correr el riesgo. Cerró los ojos visualizando en su mente la imagen de la colina que debería escalar para conseguir el más preciado de los botines. Un primer tramo de suave pendiente dónde la nieve alcanzaba un espesor capaz de ocultar al más fornido de los guerreros. Luego una zona de riscos en cuyos recodos el hielo realizaba caprichosas esculturas de contornos afilados y, por último, una empinada ladera dónde varios árboles sin hojas asomaban estáticos cubriendo con sus sombras la nieve recién caída.
Una multitud expectante se agrupaba vitoreando y aclamando a los seis aspirantes. Limuj, un joven al que un oso había arrancado una pierna dos años atrás, levantó una vasija metálica y con todas sus fuerzas la lanzó contra una piedra cercana haciendo que rebotara con un estruendoso ruido que marcó el comienzo de la prueba.
Bárgan se deslizó colina arriba con la velocidad máxima que sus piernas le permitían. En cada paso que daba hundía sus extremidades hasta la altura de las rodillas, lo que dificultaba aún más la carrera. Tenía delante a dos de sus oponentes mientras que los otros tres marchaban tras sus huellas. Su garganta estaba seca y el frío intenso le impedía respirar por la nariz. Utilizaba las manos para apartar la nieve del suelo y subir más rápido. Un grito le hizo levantar la vista con el tiempo justo para apartarse y ver como uno de sus contrincantes caía colina abajo girando sobre sí mismo como si de una bola de nieve se tratara. En su accidentada bajada golpeó y se llevó por delante a otro de los participantes que no pudo esquivarlo. Mientras observaba ambas figuras rodar colina abajo, no se percató de que otro de sus rivales había llegado dónde él se encontraba y, sin tiempo para que Bárgan pudiera reaccionar, le lanzó al suelo hundiendo su cabeza en la nieve y clavando la rodilla sobre su espalda. Cuando el joven se incorporó dolorido, marchaba en último lugar y tenía por delante a los otros tres adversarios, que acababan de entrar en la zona de los riscos helados. 
Con un grito de rabia y apretando los dientes con fuerza, Bárgan aceleró su marcha con la mente puesta en la recompensa final. Tenía que conseguirlo, debía ser él, y no otro, quién lograra aquel premio. Conforme se acercaba a la cima, la ventisca se hacía más fuerte. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Con uno de los brazos cubría su rostro, mientras con la otra mano se impulsaba descargando parte de la presión que ejercían sus piernas. El más alto de sus rivales cayó exhausto sobre la nieve rindiéndose ante la adversidad del clima y la falta de fuerzas. Momentos después, un crujido, como el de la rama de un viejo árbol que se parte separándose para siempre del resto de su existencia, precedió a un alarido de dolor. Bárgan pudo observar como la pierna de Reivenj, uno de los dos contrincantes que quedaban en la carrera, se partía al resbalar y golpearse contra una gran piedra semienterrada por la nieve.
-        ¡Ya sólo queda Tivurz!-, pensó.
Los dos oponentes llegaron al unísono a la parte alta de la colina. Allí,  a poca distancia, con la visión borrosa por culpa de la combinación de nieve y viento, vislumbraron el objeto que debían alcanzar para conseguir la merecida recompensa. Y a unos pasos del preciado botín, justo frente a ellos, una pareja de lobos descansaba al abrigo de un grupo de árboles junto a tres cachorros de pelaje gris plata. El más grande de los animales se incorporó ante la presencia de los contendientes mostrando sus puntiagudos colmillos mientras dejaba escapar un desalentador gruñido.


Ambos rivales se miraron durante un breve instante intentando escarbar en los pensamientos del contrario, buscando ese resquicio de duda o temor que lo llevara al abandono. Finalmente fue Tivurz quien agachó la cabeza y se retiró lentamente sin perder de vista los colmillos de aquella bestia.
Por primera vez desde que inició la escalada, Bárgan sintió miedo. Se encontraba solo en lo alto de aquella colina muy lejos de poder pedir o recibir ayuda. Tan sólo el recuerdo de la recompensa que lo esperaba al volver lo hizo seguir adelante. Miró fijamente los ojos del lobo mientras con paso muy lento comenzaba a rodearlo. Despacio, marcando suavemente sus huellas sobre la nieve, controlando la respiración y los latidos del corazón. Mostrando descaro a la vez que respeto fue bordeando el área dónde se encontraba la manada hasta llegar al otro lado. Se agachó lentamente mientras sacaba de entre las pieles que cubrían su cuerpo un pequeño cuchillo. De un solo movimiento y sin perder de vista al lobo, que continuaba mostrando altanero sus colmillos, cortó un pequeño tallo que rápidamente guardó con recelo. Luego se incorporó y regresó sobre sus pasos alrededor del extrañado animal que había comenzado a relajarse escondiendo parte de esa mueca de ferocidad.
Una vez se hubo alejado de los lobos, Bárgan comenzó a correr colina abajo tan rápido como sus piernas podían llevarlo. Al entrar en la zona de rocas, el joven resbaló y cayó clavándose un afilado fragmento de hielo que asomaba entre dos riscos. A pesar de la herida y la sangre que de ella brotaba, Bárgan no paró hasta llegar al poblado dónde lo esperaban exultantes el resto de sus amigos. Cansado, dolorido, herido y exhausto, el niño, que el día antes había cumplido nueve años, se fue abriendo paso entre la multitud hasta llegar a una hermosa muchacha de cabellos rubios y ojos verdes. Luego rebuscó entre sus ropajes y sacó una pequeña flor de color violeta, la flor del hielo, que sólo crecía en Kalandrya durante la temporada de más frío. Extendió su mano y se la entregó a la joven, que correspondió el regalo con un beso en la mejilla de Bárgan. Todos los presentes vitorearon la acción mientras el héroe del momento agachaba la cabeza sonrojado y cruzaba sus manos tras su espalda haciendo dibujos en la nieve con una de sus botas. 
Sin lugar a dudas, el esfuerzo y los peligros sufridos habían merecido la pena por tan maravillosa recompensa.




lunes, 6 de mayo de 2013

Relato nº 12 Murmullos en la oscuridad


Un leve siseo llegó hasta mis oídos claro como la luna plateada que ilumina las noches sin nubes. Miré a mi compañero y vi que permanecía dormido con la cabeza apoyada sobre una fría y dura piedra. Me incorporé y permanecí en silencio mirando hacia la oscuridad que no atrapaba la luz de las antorchas. De nuevo aquel murmullo en la misma dirección. Agarré con fuerza mi hacha y sin perder de vista el manto negro tejido por la noche me acerqué hasta Drávorj dándole un leve puntapié mientras le susurraba:
            - No hagas ruido. Hay algo oculto ahí delante. Lo he oído dos veces. Coge tu espada y la antorcha y sígueme-.
Drávorj se levantó con un movimiento ágil y silencioso y sujetó su espada con firmeza. En la otra mano portaba una tea a medio consumir. Nos dirigimos lentamente hacia los dominios de la oscuridad. Nuestras pisadas quedaban marcadas sobre la capa de nieve que cubría el suelo. Sólo nuestras respiraciones, tensas y controladas, rompían el sosiego de aquel momento.


La noche era apacible, hecho que no era muy normal en el reino de Kalandrya durante el ciclo solar superior. El día anterior estuvo nevando sin parar y la fuerte ventisca nos obligó a permanecer encerrados. Ahora el viento había calmado sus ansias de batalla y nos concedía una tregua. Arriba, en el firmamento, las estrellas nos brindaban guiños de complicidad rozando con sus puntas las cimas de las montañas más altas. Hoy no me tocaba a mí vigilar esta puerta. Uno de mis hermanos de la Guardia del Témpano había tenido problemas con su vakhali y nuestro capitán me ordenó ocupar su lugar.
-        ¿¡Quién anda ahí?!-, grité con firmeza.
No hubo respuesta, sólo un nuevo siseo, pero esta vez detrás de nosotros. Drávorj se giró y tiró al suelo la antorcha mientras asía con fuerza su espada entre sus dos manos. Yo cogí mi hacha dispuesto a atacar. Allí, justo en medio de la puerta que teníamos que vigilar, había una extraña silueta inmóvil. Tenía apariencia humana, aunque no conseguíamos ver ninguna de sus extremidades. La cabeza estaba oculta tras una capucha que formaba parte de una túnica color morado que cubría el resto de su cuerpo. Lentamente nos fuimos acercando a aquel enigmático ser mientras nos íbamos separando para rodearlo.
-        ¿Quién eres? ¡Identifícate!-, volví a gritar levantando más la voz.
La singular figura no contestó. Permanecía allí, quieta, como si de una estatua se tratara. Drávorj y yo nos íbamos acercando y la teníamos a pocos pasos. Podíamos verla con claridad gracias a las antorchas situadas sobre los muros de la fortaleza. Mantenía la cabeza agachada y su rostro estaba hecho de sombras, como si un pedazo de la noche se hubiera instalado bajo aquella capucha. La túnica cubría completamente sus pies… Sus pies. A su alrededor no había huellas en la nieve, pero, entonces, ¿cómo había llegado hasta allí? De repente, el desconocido alargó uno de sus brazos en dirección a Drávorj. La manga de la túnica se plegó al realizar este movimiento y unos alargados y esqueléticos dedos aparecieron de repente. De nuevo un siseo salido de las entrañas de aquel ser y mi compañero cayó al suelo de rodillas soltando su espada. Su largo cabello amarillento comenzó a menguar mientras adquiría un tono blanquecino. La joven piel de su rostro se comprimió y cientos de arrugas brotaron de la nada cubriendo sus manos y su cara. Dravorj me miró desconcertado sin llegar a pronunciar palabra. Luego agachó la cabeza y permaneció allí, sin moverse, sin respirar, sin vida.
Con un impulso guiado por la rabia que recorría mis venas, levanté el hacha y me dispuse a cargar contra lo que fuera aquella cosa. Cuando quise darme cuenta no estaba frente a la puerta, había desaparecido. Desde una de las torres escuché las voces de varios de mis hermanos de la Guardia del Témpano que, alertados por los ruidos, se dirigían hacia mí. Pronto aparecieron en el patio interior, al otro lado de la puerta. Yo permanecía quieto junto al cuerpo de Drávorj mirándolo con incredulidad. Uno de los guardias que se aproximaban al lugar dónde me encontraba gritó:
- ¡Cuidado, a tu espalda!-



            Tuve el tiempo justo de dar un pequeño salto hacia delante mientras me giraba. Frente a mí, el extraño ser estaba levantando uno de sus brazos y dejaba asomar unos sobrecogedores dedos que apuntaban a mi rostro. Una vez más se oyó aquel siseo…