Viajeros de Mundo Conocido

Este blog pretende poner al seguidor de El Heredero de los Seis Reinos en contacto con los personajes, territorios, historias y tramas que envuelven esta saga de fantasía. Con una periodicidad semanal se subirán relatos y leyendas que tendrán como protagonistas a personajes y hechos que irán apareciendo en las novelas de forma secundaria. Sin duda, el blog Historias de los Seis Reinos será siempre un punto de referencia al que acudir.

domingo, 24 de marzo de 2013

Relato nº 6 Una fantasía hecha realidad


Los cúmulos de blancas nubes sobre la lejana Kalandrya presagian el comienzo del ciclo solar superior. Pronto el frío llegará y las primeras nieves cubrirán las cimas de las Montañas Sonoras. Los árboles del Bosque de las Melodías dejarán caer sus hojas fabricando el manto que durante la estación gélida envolverá el suelo de la inmensa arboleda y el colorido que las flores aportan a las llanuras de Myrthya se apagará como la llama que no consigue resguardarse del viento. Los campos se ararán para volver a ser sembrados y los frutales dormirán a la espera de brisas más suaves. Pero esos cambios están por venir y todavía es posible disfrutar en el reino del arco iris de la calidez de un clima envidiado en todo Mundo Conocido.
Y precisamente disfrutar y divertirse es lo que mejor sabe hacer el joven Cóyal. A sus dieciséis años, es un auténtico espíritu nervioso incapaz de mantenerse quieto ni un solo instante. Su mente siempre viaja medio día por delante de sus acciones y la palabra sosiego no forma parte de su vocabulario. Vive con su familia en una pequeña granja junto al río Kivolea, entre la aldea de Ilurbia y la ciudad de Kur-Lantadia. Es el mayor de tres hermanos y en estos días se encuentra solo en casa ya que su familia al completo ha acudido a Myrthelaya para participar en los Juegos de la Memoria. Dos semanas enfermo lo han dejado muy débil, impidiéndole competir este año en el evento más importante de todo el reino. No ha tenido más remedio que quedarse al cuidado de los animales mientras sus hermanos y sus amigos se divierten en el castillo del rey Tarákil.
La tarde comienza a refrescar y el joven acaba de guardar dos enormes bueyes en el establo. Al salir se topa de bruces con Adnya, una hermosa mujer de ojos claros y curvas exuberantes que vive muy cerca de la granja. Su marido e hijo también han viajado a Myrthelaya.

¿Cómo estás, Cóyal? pregunta amablemente la campesina. ¿Has tenido noticias de tus padres? ¿Necesitas algo?

Estoy bien, gracias contesta formalmente el muchacho. Aún no han regresado de los juegos, supongo que tardarán todavía un par de días más. 
Con una sensual sonrisa, la mujer se despide y prosigue su camino en dirección al río. En una de sus manos lleva una cesta por la que asoma, a través de un pequeño agujero del lateral, la manga de un vestido blanco. En la otra porta un pequeño ramillete de flores lilas que va recogiendo en los márgenes del sendero.
        Cóyal se queda junto al establo observando el contoneo de aquellas espléndidas curvas. Sabe perfectamente a dónde se dirige. La había visto hacer ese camino en muchas ocasiones y siempre había fantaseado con sus amigos con la idea de seguirla y espiarla. Pero ahora no hay amigos, ni familia, no hay nadie. El joven entra en casa con celeridad y se cambia de blusón. Luego atraviesa a la carrera un campo de cebada y en menos tiempo de lo que se tarda en llenar un cubo de leche recién ordeñada se encarama a lo alto de un frondoso roble junto a una pequeña cala escondida en la orilla derecha del Kivolea.

Adnya aparece instantes después. Pasa por debajo del árbol en cuyas ramas aguanta la respiración el joven y se arrodilla en el margen del río. Uno a uno se desabrocha los botones de la blusa que cubre su torso. Una vez abierta, empapa una fina gasa de seda y comienza a pasarla por su cuello. Las gotas de agua resbalan por su pecho mojando la camisa. Poco después, la hermosa doncella se despoja de toda la ropa dejando su cuerpo completamente desnudo. Cóyal cree estar en un sueño. Ni en la más recóndita de sus ficciones de entre sábanas había podido imaginar semejante situación. Es incapaz de apartar la mirada de aquella escultura de placer. Su corazón late al ritmo que marcan las gotas de agua resbalando por el cuerpo de la mujer. Sueña con acariciarla, con sentir en sus mejillas el calor de aquella piel morena ahora humedecida, con rozar con las yemas de sus dedos todos los rincones de aquel maravilloso cuerpo, con besar esos labios carnosos que seguro sabían mejor que el más delicioso de los manjares.
Adnya se adentra en el río. Con la suavidad de quien mece a un recién nacido va mojando todas y cada una de las partes de su cuerpo. Su largo cabello color oscuro roza la zona baja de su espalda. Sus manos se deslizan por sus piernas de abajo hacia arriba. Sus tobillos, sus rodillas, sus muslos…
Una vez concluido el placentero baño, sale y comienza a secarse con un trozo de tela naranja que se torna transparente al contacto de su cuerpo mojado. Luego se viste despacio, como quien no quiere acabar nunca de hacerlo, recoge en el interior de la cesta todos los ropajes que se había quitado y se encamina hacia el sendero que la llevará de regreso a su morada. Al pasar por debajo del árbol donde se encuentra encaramado un atónito Cóyal, Adnya se detiene y deja caer de forma casual la blusa húmeda que llevaba puesta cuando comenzó el remojón, lanza un suspiro al aire que impacta de lleno en el excitado muchacho y prosigue su caminar con una espléndida sonrisa picarona dibujada en su hermoso y relajado semblante. 



lunes, 18 de marzo de 2013

Relato nº 5 La canción del Soplón Mudo



        ¡Canta algo, maldito juglar!
     El grito llegó a Frábero acompañado de un aguacero de cerveza caliente mezclada con babas, que empaparon el pelo del prudente bardo. Las risotadas de la mayor parte de los presentes inundaron el salón de la taberna El Soplón Mudo, sin duda uno de los antros más sucios y detestables de todo el reino de Myrthya. Un refugio de cazadores, tramperos, mercenarios y sufridos campesinos situado en la pequeña aldea de Ilurbia.
         — ¡He dicho que cantes o te clavaré ese trasto que llevas en el mismísimo culo! repitió desde una de las mesas centrales un tosco y barbudo gigantón borracho y pestilente.


        Todas las miradas se clavaron en Frábero, hombre de mediana edad y apariencia débil que un buen día, muchos  años atrás, decidió hacer de la música y de la poesía su razón para existir y desde entonces viajaba acompañado de un viejo laúd y una extraña flauta de una a otra esquina de Mundo Conocido cantando y recitando sus composiciones. El temeroso aedo apartó con delicadeza la silla en la que estaba sentado y se apoyó sobre la mesa mientras afinaba las cuerdas de su instrumento. Pronto, una dulce melodía comenzó a sonar impregnando la taberna de un sosiego desconocido hasta entonces entre aquellas mugrientas paredes. Los gritos, risas, eructos y disputas disminuyeron hasta hacerse casi imperceptibles y si alguno osaba levantar la voz más de la cuenta era invitado a guardar silencio por la fuerza.
        Cuando la música se erigió conquistadora de aquellos burdos borrachos, Frábero comenzó a cantar con una voz suave y melódica.


                    Dime madre si hay en la vida
              un motivo justo por el que luchar.
              Dime madre si con mi temprana muerte
              la vida de otros conseguiré salvar.

              Dime madre, si éste es mi mundo,
              por qué el extraño lo quiere arrasar.
              Dime madre si el color de mi sangre
              es tan distinto de quien me va a degollar.

              Moriré por quien amo;
              moriré por la tierra que me vio nacer.
              Moriré luchando en vano;
              moriré por aquello que aún me queda
              por conocer.

              Dime madre que será de ti
              cuando ya no podamos conversar.
              Dime madre cual es el secreto
              para marcharme de tu lado sin suspirar.
   
              Dime madre que en tu recuerdo
              un hueco para mí guardarás.
              Dime madre que en el olvido,
              tu hijo, que te quiere, no caerá.

              Moriré por quien amo;
              moriré por la tierra que me vio nacer.
              Moriré luchando en vano;
              moriré por aquello que aún me queda
              por conocer.


Cuando la música dejó de sonar, el silencio reinó en la estancia. Sólo el sonido de una silla al caer y de la puerta de la taberna cerrándose con un golpe seco rompieron el sosiego que reinaba en el salón. Fuera, en la oscuridad de la noche, las antorchas sujetas en las paredes de las casas dibujaban una enorme sombra que se movía con velocidad hasta entrar en una morada situada no muy lejos del local. Allí, una anciana remendaba unos destartalados calzones sentada en una mecedora. La silueta se abalanzó sobre la mujer y la abrazó con fuerza mientras le daba un tierno beso en su frente. Luego, con la misma rapidez que llegó, el tosco y barbudo gigantón, borracho y pestilente, salió de la cabaña en dirección a la taberna dejando tras de sí a su sorprendida y sonriente madre.






La balada pertenece al cancionero del antiguo mundo recitado por bardos y aedos.